«Estad quietos, y conoced que yo soy Dios»

Brianna Minatre
Nivel Graduado

“Dios decía que estuviera quieta. Mis padres decían que tenía que actuar.

Recuerdo estar de rodillas, mirando hacia el cielo entre lágrimas. No sabía qué quería que hiciera. Quería hacer su voluntad y quería que mis padres dejaran de estresarme.

Esperaba en mi Señor.

Había tanto ruido a mi alrededor y dentro de mí que no podía escucharlo.

Al comenzar el año 2025, lo primero que Dios hizo fue eliminar el ruido.”

Esta es la historia de cómo Dios se movió en ese silencio.

Nunca había pensado mucho en mi futuro hasta que asistí a una universidad en los Estados Unidos. En España, mi única preocupación era sobrevivir al instituto y graduarme para asistir a una universidad en América. Ese era mi único objetivo. Sabía que quería estudiar para ser editora de cine algún día. Me decidí por estudiar Animación, pero no llegué a pensar más allá del mundo académico.

Mis profesores universitarios americanos ya hablaban sobre la jubilación y yo solo tenía veintidós años. Parecía que todos los demás alumnos de mi clase ya tenían sus vidas en orden. Tenían coche, licencia de conducir, trabajo, vivían solos o en los dormitorios de la universidad… ¿y yo?

Yo vivía en un apartamento con mi madre y mi hermana cerca de la universidad porque mi madre no confiaba en los Estados Unidos y tenía mucha ansiedad de que alguien me raptara. Yo nunca había vivido sola antes. Mi hermana también vivía con nosotras porque ella también estaba pasando por una época difícil en su vida. Mi padre nos apoyaba económicamente desde su trabajo en España.

Así que las tres mujeres éramos como las comadres de una telenovela llena de drama y humor. Nos reíamos mucho porque el apartamento tenía unas luces reflectoras que iluminaban la mesa donde comíamos. Como mi hermana y mi madre charlaban como dos loros, siempre parecía que estábamos viendo una obra de teatro.

Una vez, una de ellas dijo en español:

—No veo.

La otra respondió:

—Es que no veo.

—¡Que no veo!

Y así siguieron hasta darse cuenta de que se estaban imitando.

Siempre se quejaban de que el apartamento era muy oscuro, de que los vecinos de arriba hacían demasiado ruido al caminar, de que no cortaban el césped cuando debían y de que querían esconderse de las chicas que administraban el complejo, que siempre iban en un carrito de golf en vez de andar. Las llamaban perezosas y chocantes.

Mi hermana y mi madre, cuando estaban juntas, empezaban a pensar y decir unas barbaridades muy graciosas. En verdad, estaban aburridas.

Durante esa etapa recuerdo sentirme muy estresada y avergonzada porque, a los veintidós años, aquellos fueron unos años muy frágiles de descubrimiento. Me sentía presionada por tener que saber qué haría después de graduarme. Además, me sentía responsable y atrapada por la situación de mi familia.

Mi madre y mi hermana no querían estar en Virginia, pero supongo que se sintieron obligadas. Yo quería estar sola, pero no sabía por dónde empezar. No tenía la confianza para enfrentarme al mundo. Necesitaba un trabajo, pero no cualquier trabajo servía. Mis padres no pagaron mi educación para que yo acabara siendo limpiadora en un hotel. No quería volver a España porque sentía que eso habría significado perder. Pensaba que no había oportunidades en España. Los Estados Unidos siempre eran la tierra de las oportunidades, pero pronto descubrí que ninguna puerta se abría para mí. Todos los trabajos a los que solicité me rechazaron. Así que no tuve otra opción que volver a España después de graduarme, en mayo de 2024.

Me sentí verdaderamente horrible y perdida. Mis amistades se fueron apagando. Tuve ataques de ansiedad. Apenas tenía energía para caminar. Mis padres se preocupaban por mí porque no entendían por qué sentía tanto miedo al mundo. Me preguntaban si Dios me había dicho algo sobre la situación. Eso me hacía sentir aún más presión porque, en verdad, no me decía nada. Solo oía silencio.

En la Biblia, el Salmo 46 dice: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios».

Dios decía que estuviera quieta. Mis padres decían que tenía que actuar.

Recuerdo estar de rodillas, mirando hacia el cielo entre lágrimas. No sabía qué quería que hiciera. Quería hacer su voluntad y quería que mis padres dejaran de estresarme.

Esperaba en mi Señor.

Había tanto ruido a mi alrededor y dentro de mí que no podía escucharlo.

Al comenzar el año 2025, lo primero que Dios hizo fue eliminar el ruido.

Primero, podó las amistades online que chupaban mi energía y me distraían. Yo daba todo de mí a mis amistades porque me importaban mucho, pero llegó un punto en que la relación estaba desequilibrada: yo daba más de lo que recibía. Esa falta de equilibrio me hacía daño mentalmente. Mis amistades se convirtieron en ídolos porque me preocupaban más que cualquier otra cosa. No eran malas personas; simplemente yo no sabía relacionarme con ellas de una forma sana.

Segundo, cortó la luz en toda España durante veinticuatro horas. Eso me ayudó a centrarme y a darme cuenta de lo desequilibrada que estaba en relación con mis amigos online. El mundo se volvió más pequeño y comprendí que lo real estaba justo delante de mis ojos. Entendí que un mundo sin electricidad empieza con lo que tienes delante de ti. Tienes amistades con personas a las que puedes ver e interactuar, no de forma abstracta, sino física. Eso también me ayudó a entender cómo se encuentra trabajo.

Soy el tipo de persona que puede perderse en su cabeza porque todo puede volverse muy abstracto, pero Dios me enseñó a regresar a mi cuerpo. Empecé a hacer estiramientos por las mañanas, a comer más proteína y a tener una rutina ayudando a mi madre a cocinar. Aspiraba, fregaba y quitaba el polvo de la casa todos los sábados. Caminaba una hora sola por el pueblo. Hacía ejercicios para ganar músculo. Dejé de beber refrescos, lo cual, para mí, fue revolucionario, porque siempre había bebido refrescos. También empecé a leer todo tipo de libros: mi Biblia, libros sobre la crianza de los hijos, sobre cómo tener más confianza y sobre cómo hablar con los hombres.

Además, RTVE ofreció un curso online de edición de vídeo en el que te devolvían el dinero si aprobabas y obtenías el certificado. Lo aprobé con sobresaliente. Eso me ayudó a tener más confianza en mi español y a darme cuenta de las oportunidades que existían en España. Nunca había visto ese programa antes.

Mi hermana pensaba que yo estaba siendo demasiado extrema con mi rutina cuando vino a visitarnos durante el verano, pero yo necesitaba demostrarme que los cambios exteriores no cambiarían mis nuevos hábitos.

Tercero, Dios me conectó con unas chicas americanas que conocí en Costco, en Sevilla. Mi madre empezó a hablar con ellas porque es muy curiosa. Yo les pregunté qué hacían en España. Me hablaron de un programa de auxiliares de conversación llamado NALCAP.

¿Y sabes qué es lo irónico? Mientras estudiaba en la universidad de Virginia, me interesó ser auxiliar de conversación de inglés en Japón con el programa JET. Mientras buscaba información sobre JET, encontré NALCAP. Pero, como no quería volver a España porque quería huir de mi familia, de mi pasado y seguir adelante, no hacia atrás, lo ignoré en 2024.

Pero, en 2025, allí estaba yo, en el Costco de Sevilla. Mientras mi familia esperaba nuestra pizza, busqué la información en el móvil. El plazo de solicitudes abría en una semana y yo ya tenía todo lo que necesitaba: una carta de recomendación, mi Bachelor’s Degree y un certificado TEFL. Solo me faltaba escribir una carta personal. Ni siquiera tenía que tener experiencia ni hacer una entrevista, y eso me hizo sentir muy vista por Dios, porque yo odiaba las entrevistas. Sufría una ansiedad terrible. Tampoco necesitaba visado porque ya tenía doble nacionalidad. Era perfecto para mí.

Solicité plaza para NALCAP en febrero y lo demás quedó en manos de Dios. Durante los meses siguientes aceptaron mi solicitud, luego me admitieron y, finalmente, me asignaron una plaza en Andalucía. Estaba muy contenta porque todo estaba fluyendo por primera vez desde que me gradué. Me sentía muy agradecida y feliz porque, por primera vez, entendí las palabras de Dios: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios». Comprendí que Él se mueve de una forma diferente al mundo.

Recuerdo que mi madre y yo dijimos que, si no me tocaba Utrera, el pueblo donde vivíamos en Sevilla, era porque Dios no me quería allí. Las chicas que conocimos en Costco nos dijeron que, si elegías Andalucía, podías escoger el colegio donde querías trabajar.

Pero entonces llegaron las noticias. A finales de julio, Andalucía canceló el programa y me colocaron en una lista de espera. Pasé de ser la primera a ser la última y sentí un escalofrío de tristeza que quiso apoderarse de mí.

Pero luego me detuve a pensar y tuve una certeza.

Aquello era la mano de Dios.

Lo sentí con total seguridad porque lo que había pasado no era normal. Simplemente dijeron que, por razones inexplicables, tenían que cerrar el programa en Andalucía. Miraba al cielo de reojo, con una expresión que parecía decirle a Dios: «¿Qué tienes pensado?»

Mi madre ya no estaba enfadada conmigo; sentía pena por mí. Todo el año 2025 había sido una puerta cerrada tras otra, pero, para entonces, yo ya sabía que Dios me estaba preparando para algo especial. El problema era que yo era la única que lo sentía así, porque, mientras pasaban los meses, parecía que a mis padres les costaba mantener la fe.

El mundo dice que hay que actuar, así que el concepto de esperar en Dios era cada vez más difícil de poner en práctica.

Sí, fue difícil.

A mi alrededor, las personas seguían avanzando. Mi hermana se casó y se quedó embarazada. Una amiga con la que había dejado de hablar tenía trabajo y también iba a casarse. El amigo del que estuve enamorada me acusó de ser espeluznante, de tener hábitos poco saludables y contó mis secretos a nuestros amigos. Un amigo de nueve años ni siquiera se molestó en decirme que había vuelto a casa de visita. Mis padres intentaban seguir teniendo fe, pero era evidente que estaban preocupados.

Mi tía de Mallorca, que nos visitó durante el verano, me ofreció buscar trabajo allí porque, si NALCAP todavía no me había contactado, lo más probable era que ya no lo hiciera. Me dijo que podía solicitar puestos de enseñanza en Mallorca. Le respondí que no tenía la experiencia necesaria y ella sugirió que mintiera. Le expliqué que sentía paz ante la situación y que sabía que Dios proveería. Se quedó cortada y me dijo que, incluso con Dios, había que actuar.

Pero eso no tenía sentido para mí.

Me hizo sentir mal y miré al cielo preguntando:

—¿Estoy haciendo algo mal?

Espera y confía.

Los meses pasaban. Seguía con mi rutina. Me sentía cada vez más integrada en España. Acepté que no conocía mi futuro, hasta que mis padres empezaron a hablar del trabajo otra vez. Quizá podría buscar empleo cuando fuera a Virginia para visitar a mi sobrina, que nacería en enero de 2026. Yo solo sabía que quería conocerla; no tenía ni idea del trabajo ni de por dónde empezar.

Otra vez me sentí agobiada y triste. Muy triste, porque no entendía por qué el ciclo repetitivo comenzaba de nuevo.

Intenté disculparme y salir de la mesa sin discutir, pero mi padre se enfadó. Se frustra cuando me encierro en mí misma y dejo de hablar. Me fui a mi cuarto y lloré.

Lloré con una desesperación arrinconada detrás de la puerta, apoyada contra la pared, en la misma postura que adoptaba de pequeña para que mi hermana no entrara cuando empujaba la puerta para pegarme. Las puertas españolas no tienen pestillo.

Salió de mí un llanto que intenté parar. No quería que nadie me escuchara.

—Dios, ¿por qué otra vez? —pregunté entre sollozos—. Eres mi Señor. No puedo hacer esto sola. ¡Habla con ellos!

Después de llorar junto a la pared, mi padre subió las escaleras y llamó suavemente a mi puerta. Mi padre no suele saber muy bien qué hacer en momentos emocionales, pero aquella vez me habló con una voz llena de cariño. Abrió la puerta y me abrazó.

Me dijo que no me preocupara, que podría conocer a mi sobrina cuando naciera y que iríamos paso a paso.

Nos sentamos juntos. Me puso los pies sobre sus rodillas, me dio un masaje e incluso intentó hacerme cosquillas entre los dedos.

Supe que Dios había hablado a su corazón y me sentí agradecida.

Octubre era la fecha de incorporación de NALCAP y todavía no sabía nada de ellos. Parecía evidente que aquella oportunidad ya no sucedería. No sabía qué ocurriría, pero sí sabía que Dios tenía un plan.

Una noche me atreví a pedirle a Dios que, si quería que yo trabajara en Virginia, hiciera llover al día siguiente. Y si no quería, que no lloviera.

Al día siguiente estuvo nublado, pero no cayó ni una gota. Sentí alivio.

Mientras caminaba con mis padres, me atreví a contarles lo que le había pedido a Dios.

Se quedaron callados durante un momento.

Mi madre preguntó:

—¿Eso se puede hacer?

—¿Por qué no? —respondió mi padre.

—No sé. ¿Y si hoy no tenía pensado que lloviera? ¿Cambiaría el clima solo por eso? Poder puede, pero… ¿lo haría?

Yo me sentí nerviosa. Una cosa es vivir algo entre Dios y tú; otra muy distinta es contárselo a otras personas.

—Si quiere, puede. No tiene que hacerlo. No me enfadaré si no lo hace. Solo quería que supierais lo que le he preguntado. Hizo algo parecido con Gedeón.

Cuando no llovió, eso confundió todavía más a mi madre.

En noviembre, mi madre y yo caminábamos solas por la mañana, como solíamos hacer. De nuevo me preguntó si tenía algún plan para el futuro.

Empezando a enojarme, le respondí:

—Sabes que no puedo hacer un plan. Cada plan que pongo en marcha, Dios lo detiene. No puedo moverme hasta que Él se mueva.

—Es que no tiene sentido —respondió mi madre—. ¿Cómo vas a ir a Virginia y no hacer nada? Ya tenemos los billetes de avión para visitar a Sara en enero y las reservas para quedarnos un par de meses. ¿Dios no quiere que hagas nada?

—¡No lo sé!

Me sentía enfadada e indignada. ¿Cómo era posible que, después de haber hablado tanto sobre esto, pareciera que volvíamos a cero y otra vez tuviera que defender mis circunstancias?

Respiré hondo y dije:

—Lo único que sé es que el mismo Dios que liberó a su pueblo de Egipto y abrió el río Jordán, el mismo Dios que creó el mundo y nos dio la vida, puede, sin ninguna duda, darme un trabajo.

Mi madre guardó silencio durante unos segundos antes de responder.

—Amén. Tienes razón. Gracias por recordármelo.

Y empezó a cantar una alabanza al Señor.

Sentí como si mi espíritu suspirara.

Cuando regresamos a casa y subí a mi habitación para coger el móvil, lo sentí vibrar entre mis manos.

Miré las notificaciones.

Y allí estaba.

Un correo electrónico de NALCAP ofreciéndome un puesto de trabajo en Santander, Cantabria.

Me quedé mirando la pantalla durante un buen rato.

Casi lloré.

Bajé corriendo para decírselo a mi madre. Sus ojos se llenaron de asombro.

—¡Tengo escalofríos! ¡Ay, ¿por qué dudé?! ¡Si acabamos de hablar de esto! ¡Pero si nos vamos a Virginia!

—Lo voy a aceptar.

No tuve ninguna duda. Sabía que quería aceptarlo. No sabía si se me daría bien enseñar. No sabía cómo íbamos a organizarlo todo. Pero sí sabía, sin ninguna duda, que aquello era lo que Dios había estado preparando durante diez meses de espera en una lista de espera, incluso después de que hubiera comenzado el curso escolar de NALCAP.

Subí de nuevo a mi habitación, fui a la ventana y me puse de rodillas. Le sonreí a Dios.

—Muchísimas gracias.

Porque Él confirmó mi fe. Porque, por fin, se movió.

Y cuando Dios por fin se mueve, no hay nada que le detenga. Es como si no le gustara el modo intermedio.

Después de aceptar la plaza de Cantabria, la semana siguiente me llegó otro correo sobre un webinar para las becas que existen para asistir a Middlebury Language Schools, en Vermont, unas becas que pueden cubrir el 100 % de la matrícula para cursar un Master’s de Enseñanza de Español.

Mi madre tuvo que sentarse.

—¡El Señor tiene un sentido del humor! —dijo, casi entre lágrimas.

—¡Lo sé! —respondí ilusionada.

—¿Tú, un máster de Español?

—¡Es muy fuerte!

Y es muy fuerte porque siempre odié el español desde niña. Me vi obligada a mudarme a España con seis años y nunca me sentí lo bastante buena en el idioma. Pero era el camino que Dios había elegido para mí, así que seguí las puertas que Él iba abriendo. Y Él proveyó.

Poco a poco, fue encajando todas las piezas que antes no tenían sentido. Fui a Virginia para conocer a mi sobrina, Elisabeth, cuando nació y, desde Virginia, volé a Cantabria para empezar el trabajo. Dios me dio una habitación con baño privado en un piso compartido con otras chicas, situado a veinte minutos de mi colegio. Me dio el dinero para poder pagar lo que necesitaba. Me dio profesores, compañeros y alumnos que me recibieron con mucha alegría. Me dio todo lo que necesitaba.

Era la primera vez que vivía sola, lejos de mi familia, y me di cuenta de que Dios había elegido una ciudad pequeña para enseñarme a desenvolverme por mí misma. No me sentí sola porque Él estuvo conmigo en cada momento del día.

También me preparó para viajar sola internacionalmente a los Estados Unidos, quedarme en un hotel y coger el autobús a la mañana siguiente a Middlebury. Además, en los tres vuelos desde Sevilla hasta Vermont, todos los asientos a mi lado quedaron vacíos, así que tuve mucho espacio para descansar.

He contado muchas cosas, pero la revelación detrás de todo esto es esta:

«Estad quietos y sabed que yo soy Dios».

Poner en práctica esa sencilla frase cambió radicalmente mi forma de ver el mundo y mi manera de vivir. Ya no soy la misma persona que se graduó en 2024. Aunque aquella fue una etapa difícil de mi vida, siempre quiero recordar todo lo que cruzamos juntos hasta llegar a donde estamos hoy.

Así es como se derrota el miedo, porque si recuerdo cómo Dios proveyó en ese momento, cuando pase otra dificultad, sabré que Él volverá a proveer.