Entrevista con Verónica Muñoz

Por: Rebeca Moreno

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¿Dónde naciste y creciste?, ¿dónde estudiaste? y ¿cuáles son tus temas de interés?

Nací en Buenos Aires, en pleno centro de la ciudad, sobre la calle Corrientes en el cruce con la Avenida Callao. Le decimos calle, si bien ya desde 1936 cuando se la ensanchó, quedó mucho más grande y pasó a tener estatus de “avenida”. Y dicen que donde uno nace, se hace. La calle Corrientes es la histórica zona de los espectáculos, una suerte de Broadway/Soho porteño, donde la cultura argentina se palpa en los teatros, se escucha en las orquestas y bandas, se huele en las chocolaterías y cafés históricos, se saborea en las pizzerías, se ve y se lee en las librerías tradicionales y de libros usados o novedades culturales, mientras vibra la calle con el subterráneo debajo. Y todo eso fue lo que me crió. De chica, iba con mi padre a Corrientes y Rodríguez Peña, a comer los famosos helados Cadore, que hacen su sabor acaramelado con dulce de leche artesanal. Y de adolescente, me escapaba de mis tres hermanos varones para ir a los viejos cines Loire, Loria y Lorraine de Corrientes, con maní y con chocolate en los bolsillos. Cuando elegí estudiar una carrera, debo confesar que las tablas del teatro me llamaban pero, como buena niña, me quedé con las ficciones en papel. Hice la carrera de Letras en la Universidad Católica Argentina, también el profesorado de inglés en el Joaquín V. González, luego en los Estados Unidos pude cruzar el jazz y Julio Cortázar en mi maestría, para regresar a los cuentos y relatos fantásticos en mi doctorado, en la Universidad de Maryland, College Park. ¿Qué me gusta? Los libros, el teatro, la música, el cafecito especiado del Gato Negro, la pizza, el helado de dulce de leche, la magia de un Buenos Aires que nunca duerme (ni siquiera en la pandemia)… en suma, me gusta mi calle Corrientes.

¿Cómo fue tu primer vínculo con esta Escuela?, ¿Cuándo empezaste a ir a Vermont?

En 2008, llegué por primera vez a Middlebury. Venía de la Universidad de Maryland; ya hacía 6 años que residía en los Estados Unidos, pero nunca había vivido en un dormitorio universitario. Nada más lejos de mi calle Corrientes: la luz prendida toda la noche, el baño público dentro de tu propio departamento, ir a comer a un lugar llamado Proctor (la única referencia a la palabra que tenía era proctólogo…), todo auguraba una experiencia aciaga. Y justo entonces, ¡ocurrió el milagro! Las risas con Paco y Jorge en ese Proctor cuando almorzábamos; los cruces de habitación en habitación por Miliken, Kelly y Hadley, invitaban siempre a la sorpresa y al encuentro con amigos. Las charlas de café en las sillas exteriores con Esther, Noro, Liria, Paco y Armin, y tantos otros. Las aventuras teatrales con Haris y los “Panchis”. Cocinar de todo menos pizza con Fanny, Marta, Alicia, Mariángeles. Las paellas mágicas de los amigos españoles. Los libros que se leían, compartían, discutían y prestaban en charlas, y en los pasillos nomás. La sutileza musical de don Camacho, siempre y jazzísticamente presente. Todo esto hizo que, conforme pasaban los años, Middlebury fuera también mi Calle Corrientes. Cuando en 2015 Liria me propuso ser parte del programa en Buenos Aires, se me pintó un lagrimón, como dice el tango, pero también toqué el cielo con las manos. Por primera vez podía llevar a Middlebury a mi calle Corrientes —y siempre me gustó recibir a la familia y a los amigos en casa. Middlebury en Buenos Aires es mi pequeño paraíso en julio cada año, me enorgullece ser parte de una comunidad de colegas que, llanamente, se pone codo a codo a estrechar lazos de altísimo respeto profesional y profundo compromiso humano con la tarea docente y con cada proyecto personal de los estudiantes graduados.

¿Cómo describirías la experiencia de enseñar en el programa de Middlebury? y ¿cuáles son algunas ventajas de la experiencia de Middlebury ahora que es en formato virtual?

Enseñar en Middlebury es siempre un desafío —por eso me gusta, porque me mantiene despierta, me hace pensar y cuestionarme, me obliga a sacar lo mejor de cada cosa. Disfruto hacer los cursos de ficciones urbanas, porque las historias que leemos se acompañan de recorridos y mapas que vamos trazando al caminar juntos por la ciudad de Buenos Aires. De allí salió, por parte de los estudiantes, la propuesta de pensar una pedagogía de la literatura, donde el enseñar recupere la dimensión vital y se abra a lo insospechado que puede emerger en cada esquina. Por eso se trata de un desafío, porque siempre interpela, y aún cuando la forma de caminar juntos esté hoy mediada por la tecnología, las sorpresas van a ocurrir e invito a mis estudiantes graduados (que son maestros y colegas) a animarnos a jugar y a dejarnos asombrar. ZOOM, Canvas, Youtube, son herramientas, embalajes para que llegue el regalo de la literatura a un lector ávido por recuperar en la ficción los mundos posibles y sostenerse de alguna esperanza. No minimizo las herramientas, las respeto, más bien. Pero lo que se pone en juego en el espacio que construimos es la literatura, y el enseñar la literatura. Como afirma el pedagogo brasilero Pablo Freire, el enseñar no existe sin el aprender. Y nuestro desafío es animarnos a recorrer los caminos de la curiosidad, pero juntos.

Para cerrar, ¿qué mensaje, consejo o reflexión quisieras compartir con la comunidad en general de la Escuela?

Si somos estudiantes, nos preguntamos acaso, ¿qué le enseñamos al profesor cuando estamos en clase de lectura y escritura? Si somos docentes, ¿nos detenemos en lo que aprendemos de nuestros estudiantes en las clases de lectura y escritura? Middlebury tiene, desde sus inicios, un proyecto educativo sólido que acompaña a cada estudiante en su experiencia personal (y profesional) con el español. Y también es MUCHO MÁS. Las actividades diarias, el cine, la cocina, la radio, los talleres de artes y escritura, un sinfín de oportunidades que, aún desde el Zun-Zun y el Canvas, nos permiten dejarnos sorprender en cada esquina virtual. Y nuestro desafío, como estudiantes y docentes, es animarnos a perdernos por lo vericuetos de la curiosidad, ya que SIEMPRE y para TODOS va a haber una mano amiga tendida desde la Escuela de Español.