En Las Montañas De Vermont: Los Exiliados En La Escuela Española De Middlebury College (1937-1963)

Capítulo 7. Francisco García Lorca: 1955-1963

1955

Cuando Francisco (Paco) García Lorca asumió de lleno la dirección de la Escuela, el número de estudiantes había subido a 154, lo cual debe haber causado gran alivio a la administración central, porque el programa de español era fuente de ingresos que suplementaba el de las escuelas menos numerosas. Así lo reconoce Freeman:

El costo de la unidad de instruccion por estudiante ha sido siempre más bajo en la Escuela Española que en las otras escuelas. Por tanto exhorté que no se cortara el presupuesto cuando la matrícula había bajado porque quería que el Dr. García-Lorca tuviera una oportunidad de mantener la calidad del profesorado. El grupo de 17 que convocó en 1955 fue muy bueno y los resultados justificaron nuestra confianza. (1975, 345)

El profesorado tenía algunas caras nuevas, como Anna y Luke Nolfi, quienes pusieron en marcha un programa de metodología, con clases magistrales y recopilación de material de instrucción, todo ello preparado para satisfacer el nuevo interés a nivel nacional en el programa FLES (Foreign Language in the Elementary School). De la “segunda generación” volvió solamente Claudio Guillén, pues Jaime Salinas ya se encontraba en Europa.  Raimundo Lida regresó, y en la lista de profesores y la foto de grupo aparece su esposa Denah Lida con su nombre de soltera, Levy. Denah había asistido a la Escuela como estudiante en la sesión de 1948, y fue directamente a cursos avanzados por ser considerada hablante nativa, ya que hablaba “sefardí”.  Como estudiante ese verano siguió el curso de poesía del romanticismo dictado por Luis Cernuda. Al final del verano de 1955, Sam Guarnaccia la invitó a enseñar en el College, pero ella decidió regresar a Boston, donde llegaría a ser profesora en Brandeis University, y una de las primeras mujeres en recibir permanencia, y la primera en ser miembro del senado universitario (Lida, Denah, entrevista con el autor, 18 mar. 2005).

También vuelve Jorge Mañach, otra vez como profesor invitado. Como ya hemos visto, Mañach había sido profesor en la Escuela los veranos de 1947 a 1950. Ahora, en 1955, se encontraba de nuevo implicado en la política de su país, Cuba, donde en ese momento gobernaba un general del ejército que había asumido el poder por medio de un golpe de estado en 1952. Contra esa dictadura, un joven abogado, antiguo estudiante de Mañach, según algunos, había lanzado un ataque a un cuartel de provincias en julio de 1953. Desde la prisión en que lo habían confinado, ese joven, Fidel Castro, había puesto por escrito los argumentos que había usado en su defensa durante su juicio y que convirtió en alegato contra la dictadura. Ese libro o panfleto, La historia me absolverá, se convertiría en texto fundacional de lo que luego se llamaría la Revolución Cubana. Jorge Mañach había escrito la introducción a la edición clandestina del libro después de haber hecho una revisión completa del texto, nos dice la página de la red de un organismo oficial de Cuba (Ortiz). Mañach regresó a Cuba en 1959 al ser derrocada la dictadura del General Batista, pero apenas un año después, en 1960, tuvo que volver a exiliarse, esta vez perseguido por la dictadura de ese joven abogado y ahora comunista militante, Fidel Castro, cuyo primer libro había corregido y presentado. Otro dato curioso sobre su vida: Mañach, cuyo apellido materno era Robato, era primo por parte de madre de Edelmira Sampedro Robato, la hermosa cubana cuyo matrimonio con el heredero al trono español, Alfonso de Borbón y Battenberg, hijo del exiliado rey Alfonso XIII, había cambiado la línea sucesoria al trono de España. Por no ser Edelmira de sangre real, el rey depuesto hizo que su hijo renunciara a sus derechos sucesorios, los cuales pasaron, tras otras peripecias, al que sería abuelo del hoy rey de España (de la Cuesta).

El otro profesor invitado, Vicente Llorens, de Valencia, se había también beneficiado con las becas de la Junta para Ampliación de Estudios, que le permitieron ir a Suiza y por último a Alemania, donde estudió y luego trabajó con Leo Spitzer. Allí permance hasta 1933, cuando a petición de Pedro Salinas regresa a Madrid para trabajar en el Centro de Estudios Históricos con Menéndez Pidal y Américo Castro, y dirigir la Escuela Internacional. Durante la Guerra Civil trabajó como traductor del ejército republicano y al finalizar la contienda se exilió, primero en Francia, luego en la República Dominicana, en Puerto Rico, y finalmente, en 1947, en los Estados Unidos. Salinas y Spitzer pueden haber sido la razón por la que Llorens comenzara a enseñar en Johns Hopkins University, donde tuvo como estudiante a Jaime Salinas. Dos años después, Américo Castro lo llevó a Princeton y allí fue profesor de Claudio Guillén, con quien coincidió en Middlebury ese verano de 1955. Cuando Claudio Guillén fue elegido miembro de la Real Academia Española en 2003, su discurso inaugural al entrar en ella lo dedicó a la obra de su antiguo profesor. Llorens llegaría a ser uno de los primeros estudiosos del exilio cultural español, que para él era una constante de la historia del país desde 1492, cuando los Reyes Católicos expulsaron a los judíos de sus reinos (Aznar Soler).

Sobre los dos profesores invitados escribe el director Paco García Lorca en su informe de final de curso al presidente del College:

Estoy muy agradecido al excelente grupo de estudiantes y a todo el profesorado, y particularmente a nuestros profesores visitantes. Es indudable que el profesor Mañach pertenece a la mejor tradición de nuestra Escuela, y que el profesor Llorens se ha adaptado tan completamente durante su primer verano que considero aconsejable el tenerlo en cuenta para el futuro. (Francisco García Lorca 1955)

En el mismo informe, García Lorca destaca con detalles la importancia de lo que hoy llamamos actividades co-curriculares:

La idea de ofreceer dos semanas de clases de baile ha sido muy bien acogida por los estudiantes, y aconsejo que se continúe en la próxima sesión [. . .] Considero que el conocimiento de canciones y bailes es parte del entrenamiento para futuros maestros de español para prepararlos a organizar actitividades extracurriculares tales como dirigir clubes de español en escuelas y universidades.

Además de las canciones populares, la Escuela desde sus principios había contado con un coro que en estos años era dirigido por Roberto Ruiz y que daba, y sigue dando, un concierto al finalizar la sesión.

La gran actividad teatral continuaba, a pesar de que un incendio había destruido el antiguo teatro en la calle Weybridge en 1953 y el nuevo teatro Wright no se completaría hasta 1958, lo que hizo que algunas de las presentaciones tuvieran que hacerse al aire libre, en el “jardín” de Hepburn; otras, en el escenario del antiguo gimnasio en McCullough Hall. Dos obras de ese verano fueron escritas por parientes de profesores de la Escuela. La primera fue una casi desconocida de Miguel de Unamuno, padre de María, profesora de la Escuela desde 1949. Según el informe del director, la escenificación de Middlebury fue la segunda ocasión en que se presentó la obra, cuyo título no ofrece, desde que se había escrito en 1926. La segunda obra fue del hermano del director, Federico, pero no proporciona el título, aunque dice que fue “un fragmento de obra”, que sin embargo tenía “unidad dramática en sí” pero que “los profesores tenían que esforzarse para seguir el nivel de los estudiantes” —suponemos que se refiere, muy delicadamente, al nivel lingüístico de los actores. Aprovecha el director para hacer notar que es necesario mejorar la compensación de los profesores: “La persona a cargo de las actividades teatrales no vendrá la próxima sesión, y tenemos que pensar en un substituto. Pienso que será difícil, porque no muchos estarían dispuestos a aceptar la compensación que se ofreció este año” (Francisco García Lorca 1955). Parece que su peticion tuvo efecto, al menos en lo que respecta al teatro, a juzgar por el buen resultado años después.

1956

Ángel del Río regresó como profesor visitante en 1956 y fue el único así designado ese verano. Parece haber habido un intento de celebrar su gestión como director, pues en la graduación al final del verano recibiría un doctorado honoris causa.

Un buen número de los miembros del profesorado era parte de “la familia” que había estado viniendo por varios años, y muchos de ellos se conocían de antes; también se encontraban algunos que eran muy jóvenes cuando estalló la Guerra Civil, pero que conservaban recuerdos vívidos de algunos incidentes en ella. Como hemos visto, ya habían comenzado a enseñar los miembros de la “segunda generación”, como Claudio Guillén, Jaime y Solita Salinas, y otros hijos, amigos o conocidos de profesores que, en buena parte, enseñaban en universidades de los Estados Unidos. Ahora se incorporaban nuevos profesores que no tenían relación de familia con nadie en la Escuela, como Roberto Ruiz, que es quien nombra a esa generación como la “segunda” del exilio (Ruiz).

Otro de ellos era Natalia Seseña. En el año 1951, cuando murió Salinas, era todavía estudiante en la Universidad de Madrid. En 1955 recibió una beca del gobierno estadounidense para estudiar en Carolina del Norte. En septiembre de ese año, en el barco que la llevó de Gibraltar a Nueva York, conoció a Pilar de Madariaga, quien muy probablemente fue su contacto con Paco García Lorca, que la contrató para el verano de 1956. Según escribió Seseña en El País, fue “uno de los [veranos] más estimulates y divertidos” de su vida. En su artículo, “La nostalgia de Pedro Salinas, autor teatral”, Seseña describe el estreno en Middlebury de una obra de Salinas, La Estratosfera, dirigida por Laura de los Ríos y Solita Salinas:

Lo que fue verdaderamente espectacular fue el reparto. Los tres amigos que juegan a las cartas fueron representados por Francisco García Lorca, Ángel del Río y Joaquín Casalduero [. . . ].  Eugenio Florit era el Tío Liborio, ciego que vendía lotería [. . . ]. Carlos Blanco Aguinaga era César, el guapo actor de cine que rueda una película y pasa a la taberna y allí encuentra a Felipa, muchacha burlada por él en un pueblo donde llegó la farándula [. . . ]. Felipa era quien esto escribe. El salvador de Felipa, el que urde su redención, es Álvaro de Tarteso, poeta bohemio, que fue interpretado por el joven profesor y buen novelista Roberto Ruiz. (Seseña)

Con un compañero de reparto, Carlos Blanco Aguinaga, el que hizo el papel de César en La Estratosfera, y a quien no conocía de antes, Seseña descubre que la unían recuerdos compartidos:

Fue, además, [ese verano] el que me devolvió la alegría infantil de aquel otro verano del 36 en Fuenterrabía, desbaratado cruelmente por la guerra civil. Precisamente, en Middlebury, Carlos Blanco Aguinaga y yo nos contábamos como [sic] habíamos vivido--niños ambos--, y desde distinta orilla, el incendio de Irún.

Blanco Aguinaga había estudiado la secundaria en México, y una beca lo llevó a Harvard. Después de recibir allí la licenciatura regresó a México y se doctoró con una tesis sobre Miguel de Unamuno, con cuya hija coincidiría ese verano en la Escuela. En el Colegio de México trabajó con Raimundo Lida, a quien Blanco Aguinaga atribuye la recomendación para enseñar en Middlebury. Blanco ya era conocido por Del Río, quien le había publicado en la Revista Hispánica Moderna que dirigía una versión abreviada del libro que había escrito sobre el poeta Emilio Prados (Blanco Aguinaga 117). Como a otros que escribieron sus impresiones de estos veranos cuarenta o cincuenta años después de los hechos, a Carlos Blanco Aguinaga le falla la memoria cuando en su libro informa que aquel verano el director era Ángel del Río. Ya lo era Paco García Lorca; Del Río era el distinguido profesor visitante.

El mismo hecho de confundir el nombre del director nos indica que aunque Paco era el director, probablemente mostraba deferencia hacia su colega y amigo que lo había precedido. Blanco Aguinaga se deshace en elogios de Del Río: “Madrileño [de adopción, al menos; había nacido y estudiado en Soria], equilibrado, sensato y generoso, autor de varias (entonces) importantes antologías, amable, inteligente, guasón, memorioso impenitente del Madrid de su juventud, rector, sin aspavientos, de todo aquel tinglado” (119). Igualmente valioso es lo que nos dice del propio Paco García Lorca, “inteligente, fino y amable —aunque siempre un tanto pesimista y oscuro— persona de quien te podías fiar absolutamente” (120). En este detalle de la descripción de la personalidad de Paco, “pesimista y oscuro”, coincide Blanco con Isabel García Lorca, cuando trata de analizar las causas de por qué ella nunca se encontró a gusto en los Estados Unidos:

Para la vida en América, o me sobraban raíces, o me faltó la vitalidad de poder convertirme en una mujer nueva [. . . ].  No creo que esto le pasara a Laura, pero estoy por afirmar que a Paco sí; a pesar de la felicidad de su matrimonio y de sus hijas, sí le pasó. Por eso no logró desarrollar toda su capacidad como crítico literario o como creador. Paco se quedó sin su mundo, perdió su vida, su círculo de amigos, la casa de sus padres. Lo habíamos perdido todo y allí estábamos, solos en Nueva York. (232)

También nuevos ese verano eran María Luisa Osorio, cubana, y su esposo, el escultor español exiliado Miguel Gusils. Habían pasado el año académico 1955-1956 en Middlebury, donde María Luisa enseñó en el College. La amistad que establecieron ese verano con los profesores que vivían en el área metropolitana de Boston se afianzó al mudarse el matrimonio a Cambridge, Massachusetts, donde entró a formar parte del grupo de amigos. Gusils esculpiría un busto de Jorge Guillén.

1957

Otro artista, un pintor y escultor gallego, Eugenio F(ernández) Granell, fue el profesor visitante ese verano. Se le considera el último surrealista, pero había sido también músico, soldado en la Guerra Civil y uno de los fundadores del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), el mismo al que se afilió George Orwell durante su participación en la guerra. Vivió el exilio en Francia, la República Dominicana, Guatemala, Puerto Rico y por fin Nueva York, donde se integró en la comunidad de exiliados, estudió para un doctorado y comenzó a enseñar literatura. Escribió crítica de arte, novelas y poemas —unos 15 libros en total. Como pintor, fue muy reconocido en la década de los cincuenta, cuando exhibió en el Museum of Modern Art en Nueva York y otras galerías. Michael Eaude, en el periódico inglés The Guardian, dice de él que tenía un “talento explosivo, multifacético” (Eaude). A su esposa, Amparo Segarra, que estaba con él durante el verano en Middlebury, la conoció en el tren que los llevaba al que sería el último barco que pudo salir de Le Havre con destino a Chile antes de que la invasión alemana de Francia cerrara el puerto (Blanco, “Desde Francia al Caribe”).

El otro invitado fue Antonio Alatorre, de México, donde trabajaba en el Colegio de México y era redactor de su Nueva Revista de Filología Hispánica, que Raimundo Lida contribuyó a fundar cuando llegó exiliado de Argentina. Alatorre era, pues, otro de sus recomendados. Aunque era un gran lingüista, también enseñaba literatura y además fue traductor de importantes libros. Ya cuando vino a Middlebury había traducido el indispensable Erasmo en España, de Marcel Bataillon, con quien había estudiado en Francia. En 1955 publicaría la traducción de otro libro capital en la historia cultural europea, Literatura europea y edad media latina, de Ernst Curtius. Su colaboradora en ésta y otras traducciones fue su esposa, Margit Frenk, quien también vino a Middlebury ese verano para enseñar un curso de composición avanzada y hacerse cargo del teatro (Montaño Garfias).

Frenk tenía lo que podríamos llamar “abolengo middleburiense” por haber sido estudiante de José Fernández Montesinos. Había nacido en Hamburgo, Alemania, en 1925, pero ya desde los cinco años pasó a México, donde estudió hasta la licenciatura. Luego, y en sus propias palabras:

En 1946 me fui por un año con una beca a Bryn Mawr College, cerca de Philadelphia [. . . ]. En seguida conseguí una beca-empleo de “Teaching Assistant” en la Universidad de California en Berkeley, donde, además de enseñar español y de tomar clases de italiano, estudié literatura española con profesores como Griswold Morley, Erasmo Buceta, William Entwistle y, sobre todo, el republicano español José F[ernández] Montesinos, gran especialista en Lope de Vega y también en Galdós, quien llegó a ser un verdadero Maestro para mí. (Frenk)

Al volver a México siguió su educación con Raimundo Lida y Jorge Guillén, entre otros, y comenzó su trabajo de traductora. Del inglés tradujo en 1952 un libro de Stephen Gilman, antiguo estudiante de la Escuela y casado con Teresa, hija de Jorge Guillén. De una de las obras que Frenk dirigió queda rara constancia fotográfica en los archivos de Middlebury. Se trata de una comedia de Víctor Ruiz Iriarte, El landó de seis caballos, que se había estrenado en Madrid apenas siete años antes.
Entre los de la “segunda generación” ese verano se hallaban los ya veteranos Claudio Guillén y Juan Marichal, y uno nuevo, Joaquín Gimeno Casalduero, sobrino de Joaquín Casalduero. Gimeno Casalduero había nacido en 1931, cuando ya su tío se encontraba en los Estados Unidos; “tío y sobrino habían estado muy unidos por cartas, y Gimeno Casalduero había aprendido de Casalduero leyendo sus obras” (Díez de Revenga). Inmediatamente antes de venir a los Estados Unidos, Gimeno Casalduero había trabajado en Madrid en el Seminario de Lexicografía de la Real Academia Española, junto a Samuel Gili Gaya, antiguo director de la Escuela Española, y Rafael Lapesa, que había estado en 1948 (Lapesa 126). Harvard había invitado a Gimeno Casalduero a ser “instructor” por tres años y es de esperar que Lida lo hubiera recomendado a Paco García Lorca, quien le asignó un curso de fonética. Sería de esa manera el cuarto, con Blanco, Alatorre y Frenk, de los relacionados con Lida que enseñarían en la Escuela ese verano.

1958

Paco García Lorca otra vez decidió ausentarse este verano para comenzar a escribir un libro sobre su famoso hermano y para visitar a su familia que veraneaba en un pueblo cerca de Madrid. Dejó todo preparado, y para sustituirlo en la administración de nuevo llenó la brecha Joaquín Casalduero —la tercera vez que ayudaba a la Escuela de esa manera.

Casalduero, que había estado viniendo casi ininterrumpidamente desde 1932, enseñaba en universidades y colleges de Estados Unidos desde su llegada, lo cual no fue obstáculo para que desempeñara una labor crítica cuantiosa y sobre todo, valiosa, como ya hemos notado. Carlos Blanco Aguinaga, cuyo trabajo coincidía en algunos de sus temas con los de Casalduero, no sentía mucha simpatía, como veremos luego, por el grupo generacional del 27 exiliado en Estados Unidos y al que se afiliaba Casalduero. Sin embargo, cuando llegó a conocer a éste cuando coincidieron en Middlebury en 1956, escribió sobre él:

Y ahí estaba Joaquín Casalduero, “don Joaquín”, brillante, irónico, sutil y demoledoramente esquinado cuando así quería; uno de aquellos intelectuales españoles progresistas becados en su juventud en Europa por la Junta para la Ampliación de Estudios, conocedor del alemán (y casado con una alemana, Sasha) y de muchas cosas más, hombre de izquierdas con ribetes de anarquismo estetizante, escritor sobrio y preciso que, entre muchas de sus obras, nos dejó un Cervantes y un Galdós que algunos critican [. . .] pero que ya quisiera más de un crítico literario actual poder firmar. (Blanco Aguinaga 119)

El profesor visitante de España fue Francisco Ayala. Había nacido en Granada, como los García Lorca, en 1916, y se benefició de becas que lo llevaron, como a muchos otros, a Alemania. Allí conoció a una chilena que sería su esposa y regresaron a España. Al comienzo de la Guerra Civil, su padre fue asesinado por los nacionalistas. Ayala fue diplomático y soldado de la República, y al fin de la guerra consiguió establecerse en Argentina.  Luego pasó a Puerto Rico y por último a Estados Unidos. A pesar de sus constantes viajes mantiene el contacto con los exiliados y por invitación de Vicente Llorens, pasa a enseñar en Princeton. Es notable que la preparación y ocupación de Ayala había sido en lo que hoy conocemos como las ciencias sociales, pero a la vez escribía ficción, y ya al final de su vida, cuando regresó a España, recibió múltiples premios por su labor literaria, como el Cervantes y el Príncipe de Asturias (Ayala).

De España también eran Carmen Bravo Villasante y Joaquín González Muela. El nombre de Bravo Villasante no aparece en el Bulletin de 1958 por lo que debe haber sido contratada después de que estuviera en prensa. Bravo Villasante pronto se establecería como una autoridad en la literatura infantil y en la literatura escrita por mujeres. También fue profesora en la Escuela de Madrid por muchos años (Freeman 1975, 245). González Muela se había graduado de la Universidad de Madrid en 1946, pero inmediatamente salió del país y enseñó en universidades europeas hasta que en 1958, y después de pasar el verano en Middlebury, comenzó su larga carrera en Bryn Mawr. Fue un experto en la literatura medieval y escribió libros y artículos sobre Guillén, Salinas y otros de esa generación y las siguientes (González Muela).

Con el rango de profesora invitada de Hispanoamérica regresó de nuevo Camila Henríquez Ureña para el que sería su último verano. Al final de ese año, el dictador Batista abandonaría Cuba, y Camila volvería a la isla para incorporarse a la facultad de la Universidad de La Habana. Es muy probable que haya sido ella, como jefa del departamento en Vassar, quien recomendara a uno de los profesores que acababa de contratar para el año escolar 1958-1959. Dicho profesor parece haber causado muy buena impresión, a juzgar por lo que escribe Freeman:

El foco de mucha actividad fue un joven de Vassar, Néstor Almendros, especialista en medios audio-visuales y ahora un gran camarógrafo en Francia. Enseñó a los estudiantes nuevos medios y nuevas técnicas en las artes, particularmente el cine y el teatro, que él dirigió. (1975, 346)

Almendros había nacido en España, pero su padre se exilió en Cuba al finalizar la Guerra Civil y el resto de la familia le siguió poco después. Néstor hizo sus estudios universitarios en La Habana en Filosofía y Letras porque no había escuela de cine, que era su verdadera pasión. La Habana en esos años era el lugar ideal para satisfacerla, según relata en su autobiografía:

Cuba era en aquel momento un lugar privilegiado para ver cine. En primer lugar, no se conocía el doblaje, como en España; todas las películas se exhibían en versión original con subtítulos. En segundo lugar, como había mercado abierto, sin controles estatales, las distribuidoras compraban toda clase de películas. Allí podía ver todas las producciones americanas, hasta las de serie B, que no llegaban a otros países fácilmente. También podía ver todo el cine mexicano y mucho cine español, argentino, francés e italiano. Se importaban alrededor de seiscientas o más películas al año, incluyendo títulos de la URSS, Alemania, Suecia, etc. (37)

Para escapar de la dictadura del general Batista, Almendros fue a estudiar cine a Europa; al terminar sus estudios no quiso regresar porque el dictador seguía en el poder, pero no pudo encontrar empleo en Europa. Oyó de un puesto en Vassar College, al norte de la ciudad de Nueva York, para alguien que supiera cómo manejar los nuevos equipos audiovisuales que comenzaban a usarse en los laboratorios de lengua. Solicitó el trabajo y fue aceptado y él y Camila Henríquez Ureña, su nueva jefa, vinieron a enseñar en Middlebury ese verano.

Almendros, como ha indicado Freeman, se hizo cargo de la actividad teatral. Los archivos guardan fotos de ese verano con su nombre escrito a mano al dorso. Son de una de las obras que dirigió, de Federico García Lorca, El amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín.

Hay una foto, igualmente con el nombre de Almendros escrito al dorso, de otra obra presentada ese año, Rosina es frágil, de Gregorio Martínez Sierra. Como ambas obras son breves, es muy probable que se presentaran en una misma función.

1959
Almendros regresa a dirigir teatro, y como un anticipo de lo que sería su carrera futura, dejó constancia fotográfica de las obras que presentó ese verano, pero esta vez, bien documentada con un sello al dorso:

La obra en cuestión fue un ambicioso montaje de la ópera en un acto El retablo de maese Pedro, del compositor español Manuel de Falla, basada en un episodio de Don Quijote. Se presentó en el nuevo teatro Wright, que se construyó para sustituir al de la calle Weybridge, que se había quemado la Navidad de 1953.
Keith McDuffie, estudiante ese verano y quien interpretó el personaje de Don Quijote en la obra, nos dice que la parte musical estaba basada en un disco LP y que los actores hacían doblaje en la escena (McDuffie). El profesor McDuffie llegaría a ser jefe del departamento de español de la Universidad de Pittsburgh.

Debe haber sido este año de 1959 cuando también se presentó la obra del español Jacinto Benavente, ganador del premio Nobel de Literatura en 1922, La Malquerida, y no en 1958, como parece implicar Freeman (1975, 346). En la foto de la obra incluida en el Bulletin de 1960 (61), vemos a Laura de los Ríos de pie, con las manos cruzadas, y sentados a la mesa a Amelia Agostini de Del Río y Rodolfo Cardona. Los tres se encontraban en Middlebury el verano de 1959 pero no el de 1958.

Y, efectivamente, Paco García Lorca, de nuevo a cargo del verano, regresa acompañado de su esposa y de muchos de los ya habituales, como los Casalduero, los Nolfi, los González López, los Ruiz, los Álvarez Morales, etc. Amelia Agostini de Del Río volvió para enseñar y participar en la obra de teatro.

Almendros, por su parte, como Camila Henríquez Ureña, también regresaría a Cuba pero pronto volvería a exiliarse y dedicarse exclusivamente al cine. En su trabajo en los Estados Unidos ganaría el Oscar en cinematografía por Days of Heaven (1978) y su labor en otras películas como Kramer vs. Kramer, Sophie’s Choice y The Blue Lagoon recibiría nominaciones para el Oscar y otros premios de la crítica. En Francia, sería el cinematógrafo favorito de los directores de la “Nueva Ola”, como Eric Rohmer y François Truffaut. Por su cinematografía en la película Le dernier métro, de Truffaut, Almendros ganó el César, versión francesa del Oscar.

Hay nombres nuevos en el profesorado. De España viene un geógrafo, Manuel de Terán, el primero en su disciplina en enseñar en la Escuela, porque aunque ya en 1917 el panfleto que anunciaba la primera sesión de la nueva Escuela decía: “Los cursos están dirigidos a maestros y estudiantes de español y a otros que quieren conocer mejor el comercio, la geografía y las instituciones de Latino América” (Middlebury College. Modern Language Schools), no se contrató a un especialista en esas disciplinas para enseñarlas. Manuel de Terán era institucionista por partida doble, por entrenamiento y por lazos de familia. Su institucionismo se plasmó durante los años de la década de 1920-30 por contacto con la Residencia de Estudiantes y su Museo de Ciencias Naturales y por una beca para estudiar en París otorgada por la Junta para Ampliación de Estudios. Estos vínculos se fortalecen con lazos familiares al casarse con Fernanda Troyano de los Ríos, sobrina de Fernando de los Ríos, lo que hace a Terán primo político del director, Paco García Lorca. Su formación se destaca en un artículo escrito a raíz de su muerte, en 1984, por dos de sus discípulos, quienes citan a un colega que escribe: “Terán transmitió desde la primera a la última generación de discípulos: ‘el espíritu que alienta desde Francisco Giner de los Ríos hasta el Instituto Escuela. Un espíritu que no conocimos explicitado a través de sus palabras, pero sí a través de su modo de vivir’ ” (Troitiño Vinuesa 13). Terán enseñó dos cursos, “Spain in its Geography and History”, y “Main Geographical and Cultural Aspects of Hispano-American Countries”. que muestran su versatilidad y el deseo de la Escuela de tener presente siempre a todo el mundo hispano.

Y como para confirmar ese enfoque, el profesor hispanoamericano ese verano fue otro Manuel, el novelista chileno Manuel Rojas, quien en muchos aspectos era el polo opuesto de Terán, y no solamente por ser del hemisferio sur, sino también por haber terminado su educación formal a los once años. Era un autodidacta que acumuló experiencia vital en una multitud de oficios:

Mensajero, pintor ‘de brocha gorda’, artista circense, electricista, estibador, cuidador de embarcaciones, obrero ferrocarrilero, aprendiz de sastre, talabartero, linotipista del diario, consueta y actor en compañías teatrales ambulantes y empleado de la Biblioteca Nacional y del Hipódromo Chile, entre otros. (Ortúzar)

Comenzó a escribir en periódicos anarquistas y fue poeta, ensayista, y sobre todo, novelista de nota. En 1957, dos años antes de venir a Middlebury, había recibido el Premio Nacional de Literatura de Chile.

Entre los nuevos se encontraba Rodolfo Cardona, un joven profesor con un reciente doctorado de la universidad del estado de Washington. Aunque costarricense, llegaría a ser una de las mayores autoridades en la literatura española de los siglos XIX y XX, particularmente sobre el novelista Benito Pérez Galdós. Otro nuevo era el cubano Roberto Esquenazi-Mayo, que había comenzado sus estudios en La Habana antes de venir a los Estados Unidos en 1941 y unirse al ejército a tiempo para estar en la invasión de Normandía como paracaidista el D-Day. Al tocar tierra se rompió una pierna, y fue rescatado por republicanos españoles que participaban en la resistencia en Francia y que hicieron que llegara a un hospital militar en el norte de África. Al terminar la guerra volvió a la Universidad de Columbia a finalizar sus estudios y luego empezó a enseñar en varias universidades pero sin abandonar el periodismo, participando en la labor editorial de la Unión Panamericana, la Organización de Estados Americanos y la Library of Congress. En 1952 fue uno de los editores que lanzó la revista Life en español, que fue muy popular en Hispanoamérica. En el campo de la literatura, sería el editor de las obras completas de Eugenio Florit, su profesor en Columbia y ahora colega en Middlebury, otra de las favorables consecuencias de la vida en “la Segunda Magdalena” (Esquenazi-Mayo).

1960

Esos veranos casi al final de la gestión de Paco García Lorca, a partir de 1958, vieron cambios en la planta del College que también cambiarían aspectos importantes en la vida de la Escuela, de hecho en todas las Escuelas de lenguas. Ya hemos visto cómo la construcción de un nuevo teatro, con nuevo equipamiento de sonido, luces, utilería, etc., permitió la presentación de una ópera. Otros proyectos se emprendieron que no resultaron tan favorables ni a corto ni a largo plazo. Esta cita de Freeman explica en parte lo ocurrido:

Fue un verano difícil [. . .] porque Hepburn Hall estuvo en obras por dos años para hacer una reforma total y necesaria de su interior. La Escuela Española de 1958 y 1959 fue albergada en Gifford, la McGilton House, más pequeña [. . .] y el Homestead en la calle Weybridge. Las comidas se servían en dos comedores de Gifford. Las residencias estaban llenas completamente. [. . .]. La dispersión de las residencias tuvo efectos negativos en la disciplina de los estudiantes [. . .] Sobre todo en 1959, el ruido y la confusión causados por tantas obras en el campus, notablemente el nuevo [Proctor] Hall, no fueron propicios al ambiente académico. (1975, 346)

El renovado y modificado Hepburn Hall hizo posible, a partir de 1960, aceptar a más estudiantes hasta un total de 253. La eliminación de los comedores en las residencias individuales y su consolidación en un nuevo comedor, Proctor Hall, permitió acomodar a toda la Escuela, de hecho a dos escuelas, pues el comedor se dividía con una mampara y de un lado comía la Española y del otro la Rusa, lo que causaba contacto entre los meseros que tenían que usar inglés. Esto se resolvería más adelante al asignar el comedor a cada Escuela a horas diferentes, y para ahorrar tiempo en los cambios pronto se eliminarían los meseros y el método de rotación de profesores y estudiantes en mesas específicas y se sustituirían con un autoservicio tipo cafetería. Se perdía de esa manera la costumbre de mesas asignadas y compartidas por profesores y estudiantes, con cambios semanales que permitían la rotación de modo que todos los participantes de una determinada sesión se conocieran, con todo lo que eso significaba para la práctica de la lengua. También se perdía la oportunidad de publicar menús como el siguiente:

Francisco García Lorca no hizo muchos cambios en el personal. Regresó su hermana Isabel, quien se reintegró al profesorado del verano después de una ausencia de 15 años, aunque enseñaba en el programa en Madrid desde 1952. Cardona repetía en 1960, como lo hicieron otros, veteranos de varios años. Ricardo Gullón fue el profesor español invitado. Era de Astorga, en León, y su contacto directo con los institucionistas era escaso, pues había estudiado Derecho en la Universidad de Madrid, y había trabajado en diversos oficios de la profesión legal en varias ciudades españolas durante la República. Al terminar la guerra, después de una “depuración”, siguió trabajando en España bajo la dictadura de Franco. Su verdadera vocación, sin embargo, eran las letras y había escrito obra creativa y de crítica literaria y había fundado una revista literaria con un amigo de Navarra, Ildefonso Manuel Gil, poeta, novelista y padre de quien durante unos años en la década de 1970 sería el director del teatro de la Escuela Española, Alfonso Gil.  Mientras vivía en Madrid, Gullón entabló amistad con numerosos intelectuales, entre ellos el poeta Juan Ramón Jiménez. En 1953, desde su exilio en Puerto Rico, Jiménez llamó a Gullón, cuya esposa, aunque hija de españoles, había nacido en la isla, para que le ayudara a poner en orden sus papeles. Al morir Jiménez, en 1958, la Universidad de Texas invitó a Gullón a editar un número de su revista dedicado al poeta. Gullón marcha a los Estados Unidos donde inicia una brillante carrera académica en Texas, primero, y luego en Chicago y la Universidad de California en Davis, entre otras instituciones. Llegó a ser elegido miembro de la Real Academia y a ganar el premio Príncipe de Asturias. Sus estudios sobre literatura de los siglos XIX y XX tratan tanto de España como de Hispanoamérica.  Middlebury lo contrata muy al principio de ese periplo, lo cual indica que su prestigio como profesor y escritor fue evidente muy temprano en su carrera norteamericana. En 1960 enseñó dos cursos sobre temas de España (Gullón).

El invitado de Hispanoamérica fue el peruano Augusto Tamayo Vargas, un prototipo del intelectual de esa parte del mundo que no tiene paralelo en los Estados Unidos. Allan Lightman, un físico que ha publicado una novela con gran éxito de ventas, y ha sido el primer profesor en MIT en tener cátedra en las ciencias y las humanidades, define al “public intellectual” de esta manera: “Una persona con preparación profesional en una disciplina en particular, por ejemplo, lingüística, biología, historia, economía, crítica literaria, y que trabaja en una universidad o college. Cuando esa persona decide escribir y hablar no solamente a colegas en su profesión sino a un público más amplio y no especiaizado, él o ella se convierte en un ‘public intellectual’” (Lightman). En Hispanoamérica, la lista de las disciplinas que menciona Lightman es mucho más amplia, e incluye a militares que han sido también escritores, como Simón Bolívar, y a escritores que han organizado guerras de independencia, como José Martí. Es común que grandes escritores hispanoamericanos hayan sido miembros de gobiernos o representantes de sus países, como dos antiguos profesores de la Escuela y ganadores del Premio Nobel, la chilena Gabriela Mistral y el mexicano Octavio Paz, o que participen muy activamente en la vida política de sus países, como el peruano y también Premio Nobel Mario Vargas Llosa, que se postuló a la presidencia de Perú. Tamayo Vargas es otro que se involucró mucho en la vida política de Perú. Antes de venir a Middlebury ya había publicado novelas, libros de poemas y varios libros de crítica literaria, lo que no impidió que trabajara para el gobierno de su país en varias ocupaciones de importancia de 1936 a 1948, y fuera nombrado Ministro de Educación, cargo que no llegó a ocupar por causa de un golpe de estado. Se dedicó a la docencia, y llegó a ser rector de la primera universidad de Perú, la San Marcos, en Lima (Tamayo Vargas). Y recordemos que otro antiguo profesor en la Escuela, el también peruano Víctor Andrés Belaúnde, llegó a la presidencia de la asamblea general de las Naciones Unidas el año anterior, en 1959.

Este sería el último verano de tres profesoras, Isabel García Lorca, María de Unamuno y María Díez de Oñate. Unamuno había estado viniendo todos los veranos, con excepción del anterior, desde 1949; en esos momentos estaba enseñado en Connecticut College, de donde era jefe del departamento Augusto Centeno (Unamuno). Díez de Oñate había venido esporádicamente:1942, 1955, 1956, pero veinte años antes, como ya hemos visto, de 1920 a 1922, había enseñado también en el winter college, lo que la hace la primera figura directamente relacionada con la Residencia de Estudiantes en enseñar en Middlebury. De su estancia en ambas ocasiones resultó la publicación en 1924 y 1955 de un Cancionero español (Vermont Printing Company) que fue utilizado por muchos años para enseñar canciones populares españolas después de la cena a los estudiantes y profesores que así lo querían, costumbre que perduró hasta muy recientemente.

La relación de María Díez de Oñate con la familia Salinas había sido muy estrecha. Cuando don Pedro la conoció, María enseñaba en Dana Hall, un colegio privado cerca de Wellesley College, y don Pedro se la describió a la familia como “una buenísima persona” (Jaime Salinas 107). Para Jaime, fue más que eso:

En aquellos años [María] daba clase en Dana Hall [. . . ] y, no sé cómo, había conseguido un pisito a dos puertas del nuestro. Se había convertido en la amiga íntima de mi madre, a la que le quedaban pocas fuerzas y menos ánimo para hacer de madre y ocuparse de mí. María desempeñó ese papel. Me invitaba a comer a su pisito, la escuchaba tocar el piano y con infinita paciencia se convirtió en mi paño de lágrimas. Llegué a adorarla casi más que a mi madre. (119-120)

Fue igual de providencial su intervención en la vida de la hermana de Jaime, Solita, como ya hemos visto. Cuando “un joven apuesto, soltero”, Juan Marichal, que había salido de España a los catorce años, llegó de México a Princeton a estudiar con Américo Castro, todos los padres de familias exiliadas con hijas casaderas prestaron atención:

María Díez de Oñate [. . .] enseñaba ahora en un college no lejos de Princeton, donde iba con frecuencia a visitar al matrimonio Castro, en cuya casa [Solita] conoció a Juan. No sé hasta qué punto nuestra amiga pensó en mi hermana, pero el caso es que la invitó a pasar unos días con ella, proponiendo, a su vez, a Juan que fuera a cenar a su casa, lo que se repitió en varias ocasiones. (345)

Como resultado de esas invitaciones de María Díez, el matrimonio Marichal-Salinas y sus dos hijos, pasarían varios veranos en Middlebury.

1961

Paco García Lorca pasó en España ese verano de 1961, habiendo dejado constituido el profesorado de la Escuela. El director interino esta vez fue Eugenio Florit. Dos nuevos miembros del profesorado contratados por García Lorca, ambos españoles, son de gran significación en la historia de la Escuela. La trayectoria de uno de ellos apunta hacia las raíces de la influencia del institucionismo, mientras que la del otro corrobora sus logros y vislumbra su enfoque futuro. Aun otro nuevo profesor, cubano, señala el inicio de una nueva ola de exiliados.

El profesor invitado español, Juan López-Morillas, era también andaluz de la provincia de Jaén, quien en 1924 había ido a Madrid a hacer sus estudios de secundaria (Fontanella). En la Universidad de Madrid, se licenció en Derecho y comenzó sus estudios en otras disciplinas, como el ruso, que dominó hasta el punto de llegar a ser traductor de obras de autores como Dostoyevsky y Tolstoy. Cuando estalló la Guerra Civil se encontraba en Colombia, y decidió no regresar a España sino irse a Estados Unidos y hacer estudios graduados en el departamento de español de la Universidad de Iowa. Al terminar su doctorado comenzó a enseñar ahí hasta que en 1943 fue invitado a trabajar en la Universidd de Brown, donde estuvo hasta 1978. Después de su jubilación obligatoria de Brown a los 65 años, fue a la Universidad de Texas en Austin, en la que enseñó hasta 1989 y donde permaneció hasta su muerte en 1997 (Marichal). Durante sus años de estudiante en Madrid, López-Morillas no parece haber tenido contactos muy estrechos con los institucionistas que ya hemos encontrado aquí, pero es evidente que sabía de ellos, y mucho.  Dedicó una buena parte de sus estudios y sus publicaciones a la historia de las ideas en la España del siglo XIX, y sobre todo las que inspiraron al fundador del institucionismo, Francisco Giner de los Ríos, cuyas obras editó y publicó. Siguieron otros estudios sobre el mismo tema. Antonio Carreño, quien durante varios años fue jefe del departamento en Brown una vez presidido por López-Morillas, escribe sobre la obra de su predecesor en el cargo:

Tales monografías, escritas con rigurosa precisión de términos y grácil estilo, escueto y preciso, marcan la gran aportación de López-Morillas a los estudios del hispanismo internacional. Delinean, definen y analizan el movimiento krausista en las últimas décadas del siglo XIX y las varias disciplinas con que se asocia dicho movimiento: pedagogía, derecho, sociología, preocupaciones éticas y estéticas. Es decir, en la historia intelectual de finales del siglo XIX, López-Morillas ocupa un lugar preeminente como estudioso de este movimiento y de uno de sus líderes: Francisco Giner de los Ríos. (Carreño)

Fue una estupenda coincidencia el que casi al final del período que comprende nuestro recuento, llegara a Middlebury un profesor que unos años después estudiaría y daría a conocer el fondo ideológico de muchos de los profesores de la Escuela, ya con la perspectiva de cincuenta años de historia.

Por otro lado, un nuevo profesor, Francisco Márquez Villanueva, marca la entrada de la nueva generación en la Escuela. Había nacido en Sevilla en 1931, lo que lo alejaba del contacto directo con el institucionimo, pues su niñez y adolescencia transcurrieron durante la Guerra Civil y la posguerra franquista.  En su ciudad natal hizo todos sus estudios hasta completar el doctorado en la universidad y comenzó a enseñar en ella, pero por desavenencias al parecer de naturaleza política con la administración de la universidad, se “autoexilió” en los Estados Unidos en 1958 cuando recibió una oferta de trabajo en Harvard. Al terminar su contrato de tres años marchó a otras universidades, pero regresó en 1978 a Harvard, donde estuvo prácticamente hasta su muerte en 2013. Llegó a ser uno de los principales especialistas del Siglo de Oro español y, sobre todo, un cervantista de nota. Aunque no había estudiado directamente en establecimientos institucionistas, siguió las ideas de Américo Castro. El novelista español Juan Goytisolo escribió de él en una nota necrológica en el periódico El País:

Decir que era el maestro de varias generaciones de hispanistas se ajusta exactamente a la verdad [. . .].  Desde su cátedra de Literaturas Románicas de la Universidad de Harvard ejerció su magisterio mediante una metodología interdisciplinaria fundada en su bien asentada convicción de que el medievalismo español debería comprender tanto lo románico como lo semítico y que no podía ni debía ignorar la tarea investigadora de los arabistas y hebraístas. (Goytisolo)

Es muy probable que durante su primera estancia en Harvard, Márquez Villanueva coincidiera con otros profesores allí veteranos de los veranos en Middlebury, como Raimundo Lida y Stephen Gilman, y que de esa manera llegara al conocimiento de Paco García Lorca.

1961 es el año en que se hace obvio a los cubanos que todavía lo dudaban que la intención de Fidel Castro era la de implantar en el país un régimen comunista. Ya lo habían anticipado algunos que, como Jorge Mañach, habían marchado al exilio el año anterior. En aquellos momentos, la isla tenía unos seis millones de habitantes, pero el número de profesores cubanos en la Escuela Española de Middlebury había sido durante varios años desproporcionadamente superior al de otros países hispanoamericanos de mucha más población. Este verano la desproporción se hizo más obvia. El propio director interino, Eugenio Florit, era cubano, y su hermano Ricardo era parte del profesorado. Aunque no aparece en la foto, Luis Baralt está en la lista del Bulletin de ese año aunque parece no haber podido venir y Ricardo Florit fue su suplente, pues se hizo cargo del programa teatral, que era la especialización de Baralt. Otros cubanos que volvieron fueron los Álvarez-Morales y los Esquenazi-Mayo.

Lo que Freeman tiene que decir sobre el programa teatral de ese verano nos da una idea de la gran importancia que tenía entre las actividades co-curriculares, y en general en la vida de la Escuela, tanto por la cantidad de trabajo que implicaba, como por su diversidad y complejidad: “El programa de teatro ofreció gran variedad [. . . .] dos lecturas dramáticas, un espectáculo de marionetas, una presentación de los estudiantes de La guarda cuidadosa, un entremés de Cervantes, y por los profesores la obra La otra orilla, de López Rubio” (348). Es evidente que las obras más largas estaban a cargo de los profesores, y las cortas, como la pieza de Cervantes, se confiaban a los estudiantes.

El profesor “visiting” de Hispanoamérica también era cubano, de apellido Piñera, pero curiosamente, dado lo que hemos visto sobre la densidad de la actividad teatral, no el dramaturgo Virgilio Piñera, también poeta y novelista, sino su hermano Humberto, prácticamente recién llegado de la isla (había salido el 25 de diciembre de 1960), donde había sido profesor de filosofía en la Universidad de La Habana. Fue uno de los fundadores de la Revista cubana de filosofía, y autor de varios libros en su disciplina (Valdés García). En la Facultad de Filosofía, en los momentos en que estuvo en ella Humberto como estudiante, enseñaban los profesores Jorge Mañach, a cargo de la cátedra de Historia de la Filosofía, y Luis Baralt, profesor de Estética. Piñera no pudo coincidir con este último en Middebury ese verano de 1961 porque canceló su participación, como hemos visto; tampoco con Mañach, pues lamentablemente ya se encontraba muy enfermo al salir de Cuba, y murió en Puerto Rico, a finales de junio de 1961, justo al comenzar la sesión. Cabe preguntarse si no sería por recomendación suya que su antiguo estudiante y colega fuera invitado a Middlebury al no poder venir él. Humberto Piñera se hizo cargo de dos cursos ese verano, uno sobre Don Quijote y el otro sobre el ensayo hispanoamericano.

El Piñera dramaturgo, Virgilio, permaneció en Cuba muy identificado con la revolución. Había sido pionero del teatro vanguardista en Hispanoamérica: Lo que se ha dado en llamar “teatro del absurdo” surge en Cuba a fines de la década de los años cuarenta con una pieza en un acto titulada Falsa alarma, de Virgilio Piñera (1914), escrita antes de que estrenara en París La soprano calva de Eugène Ionesco. (González Cruz) Al parecer las relaciones entre Virgilio y Humberto no fueron cordiales después del triunfo de la revolución, a la que Virgilio apoyaba en aquellos momentos. Entre otras cosas, Virgilio, de acuerdo con Ricardo Rojas, “odiaba a Mañach” (Rojas 29). Virgilio se quedó en la isla pero el régimen revolucionario acabaría rechazándolo por su condición de homosexual y llegó a encarcelarlo. Murió en 1979, totalmente ignorado por el régimen y sus empresas editoriales. Humberto Piñera fue profesor en New York University hasta su jubilación y pasó cuatro años dirigiendo el programa de esa universidad en Madrid.

1962

Los dos veranos siguientes marcan el fin de nuestro recuento de esta etapa tan especial en la historia de la Escuela. La larga despedida fue presidida por Francisco García Lorca, de regreso como director y con un profesorado constituido en casi su totalidad de veteranos. El único nombre nuevo ese verano fue el de Carlos Bousoño, poeta español recientemente fallecido (octubre 2015). Nació en 1923 y pertenece a lo que Francisco Ruiz Soriano llamó en el título de su libro Primeras promociones de la posguerra (Ruiz Soriano). El tema de la tesis que Bousoño escribió en la universidad versaba sobre un gran amigo de Federico García Lorca, el poeta Vicente Aleixandre, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1977, lo que enlaza a Bousoño con las generaciones anteriores. El sentido de cierre y a la vez continuidad se había ya dado cuando Bousoño enseñó en Wellesley College de 1947 a 1948 remplazando a Jorge Guillén, quien como recordaremos, a su vez había sido el remplazo de Pedro Salinas en esa cátedra (Bousoño).  La labor de Bousoño en el campo de la teoría crítica y como profesor ha tenido mucho impacto, sobre todo en las aulas del programa de Middlebury en Madrid, donde enseñó hasta muy avanzada edad.

Entre los que regresaron de nuevo se encontraba Antonio Alatorre, otra vez como profesor “visiting”, que enseñó dos cursos sobre literatura hispanoamericana. Además, según Freeman (1975, 349), hizo gala de sus conocimientos en otro campo, el de la música, pues organizó un concierto-conferencia sobre música polifónica del Renacimiento en el que participaron 25 estudiantes.

De vuelta después de casi una década de ausencia, el cubano Luis Baralt, ya exiliado y trabajando en Southern Illinois University, enseñó un curso sobre el teatro contemporáneo en lengua española y con la ayuda de su esposa, Lilian Mederos, se encargó otra vez del programa teatral. Como vimos en lo que hemos citado de Freeman sobre la actividad teatral en un verano típico, ésta incluía una lectura dramática por miembros del profesorado. No queda constancia de dónde se presentaban las obras, pero hay una foto que nos da idea de que no era algo muy elaborado.

En la foto vemos a los profesores leyendo de una edición que, por la cubierta, parece haber sido publicada por la Editorial Ebro. Esta edición en particular había sido preparada por José Manuel Blecua. Se diría que los lectores se encuentran sentados frente al púlpito de la Capilla Mead, que se usaba y se sigue utilizando como salón de actos. Los lectores son todos españoles: Pilar Martínez, que ese mismo septiembre comenzaría a enseñar en el “winter college” de Middlebury; Victor Fuentes, que en esos momentos sacaba su doctorado en New York University a la vez que enseñaba en Barnard College, donde lo habrán conocido el director y Laura de los Ríos; sería profesor de la Universidad de California, Santa Bárbara y publicaría 14 libros; Roberto Ruiz, a quien ya conocemos de otros veranos; Carlos Bousoño, casi en la penumbra.

La obra de los estudiantes sería una comedia de Enrique Jardiel Poncela, y la foto en la página 66 del Bulletin tiene los nombres de los participantes. Lamentablemente, en las imagen los dos actores a la derecha no aparecen. El señor Lassaletta ya había actuado el verano anterior en el entremés de Cervantes, lo que puede indicar que los estudiantes eran de nivel superior, y podían montar una obra de tres actos.


1963

En este último verano de Paco García Lorca, Laura de los Ríos y varios otros, no hubo muchos cambios. Joaquín Casalduero, que había faltado pocos veranos desde que llegó por primera vez en 1932, se encontraba aquí. Igualmente estaba don Emilio González López, quien asumiría la dirección de la Escuela en 1964. De México vino como “visiting” una gran investigadora y maestra, Emma Susana Speratti Piñero. Era argentina, y en Buenos Aires había estudiado y trabajado con Amado Alonso y Raimundo Lida, entre otros. Como ellos, decidió exiliarse y pasó a trabajar en el Colegio de México con su amigo, Antonio Alatorre. Es éste quien acredita que fue Speratti quien escribió la primera reseña de la primera novela de un joven escritor mexicano, la ahora clásica La región más transparente, de Carlos Fuentes; también fue ella quien convenció a Juan José Arreola para que editara el segundo libro de cuentos de un compatriota de Speratti entonces casi desconocido, Julio Cortázar. El libro era Final de juego, (Alatorre 658), y con estos dos antecedentes puede decirse que Speratti dio gran impulso al boom de la narrativa latinoamericana que comenzaba en esos años. Aunque sus trabajos críticos más conocidos son sobre el escritor español Ramón del Valle Inclán, en Middlebury ese verano daría dos cursos de tema hispanoamericano, uno sobre los cronistas de Indias y otro sobre la literatura gauchesca. No sería de extrañar que el mismo Alatorre la hubiera recomendado a Paco García Lorca.

El visiting de España es como el broche de oro de la época que hemos repasado aquí. Gonzalo Menéndez Pidal, medievalista, cineasta, historiador, cartógrafo y mucho más, era hijo de don Ramón Menéndez Pidal y María Goyri. Un libro dedicado a recordar a Gonzalo publicado por la Residencia de Estudiantes resume así, brevísimamente, el perfil de sus padres: don Ramón, “director del Centro de Estudios Históricos y de la Real Academia Española, presidente del Comité Directivo de la Residencia de Estudiantes y del Patronato del Instituto-Escuela, vicepresidente de la Ampliación de Estudios”; doña María, “una de las primeras mujeres en obtener una licenciatura en Filosofía y Letras y en doctorarse en una universidad española, formada en el ideario de la Institución Libre de Enseñanza y profesora del Instituto-Escuela” (Menéndez Pidal, Gonzalo 12). Con tan ilustre linaje, Gonzalo era el “ciudadano modelo” del institucionismo. Continúa el texto, hablando ahora de Gonzalo:

Su pluralidad de intereses y aptitudes era bien conocida: sabía de letras y de ciencias, le gustaba tanto el trabajo intelectual como el manual, era enseñante y siempre intentaba aprender de otros. […] Todo le valía y a todo le daba su utilidad. A lo largo de su vida fue reuniendo una riquísima y singular colección de objetos y materiales de todo tipo, guardando registro de todo y recogiendo muchas veces lo que otros desechaban, según sus propias palabras. (Menéndez Pidal, Gonzalo 8-9)

Un testimonio personal de esto. Recién llegados mi esposa y yo a Madrid para dirigir el programa de Middlebury en 1978-1879, Gonzalo y su esposa, Elisa Bernis, ambos profesores del programa, nos invitaron a su casa. De entre los adornos y artefactos en ella, notamos un plato en la pared, que creemos recordar era de artesanía andaluza. Con particular cuidado Gonzalo lo bajó de donde se encontraba para mostrárnoslo. Era obvio que se había roto y que alguien lo había compuesto para que se pudiera colgar. Fue así como aprendimos una nueva palabra, “lañador”, que según el diccionario de la Real Academia, “es un hombre que por medio de lañas o grapas compone objetos rotos, especialmente de barro o loza”. Nos impresionó que Gonzalo prestara tanta atención al arte del lañador que había reparado su plato. En aquel momento no sabíamos que uno de sus documentales lleva por título Se ha roto un plato.

El interés de Gonzalo por el cine y la fotografía, combinado con su familiaridad con las empresas institucionistas, las colonias en San Vicente de la Barquera, el Instituto-Escuela, el Centro de Estudios Históricos, las Misiones Pedagógicas, la Residencia de Estudiantes y sus laboratorios de investigación, se combinaron para dejar constancia gráfica de éstas, pues la curiosidad era parte de su educación. En esta foto, por ejemplo, lo vemos haciendo una película de lo que quizá fuera una de las primeras representaciones de La Barraca, el grupo organizado por Federico García Lorca (cuarto por la derecha) para llevar el teatro español a pueblos que no tenían acceso a las artes escénicas:

Uno de los cursos que Menéndez Pidal enseñó en Middlebury ese verano de 1963 se titulaba “Los caminos de España”, producto de su conocimiento de geografía y cartografía, que había comenzado a adquirir cuando en el Instituto-Escuela tuvo como maestro a Manuel de Terán, con quien luego escribiría un manual de bachillerato, Geografía histórica de España, Marruecos y colonias, publicado en 1941 (Menéndez Pidal, Gonzalo 23). De Terán, como recordaremos, había precedido a su discípulo como “visiting” el verano de 1959. En sus tiempos en la Universidad, Gonzalo fue estudiante de Américo Castro y luego trabajó con Tomás Navarro Tomás en el proyecto del Archivo de la Palabra, del Centro de Estudios Históricos, cuyo fin era grabar las voces de personajes ilustres y también las canciones populares de España (Menéndez Pidal, Gonzalo 42). El proyecto se amplió luego para incluir material filmado. En 1932, Gonzalo siguió un curso sobre cine científico en Berlín; al regresar, Pedro Salinas le animó a escribir su tesis doctoral sobre “medios de expresión en el cine”. Gonzalo comenzó a trabajar en ella pero tuvo que abandonar el proyecto debido al estallido de la Guerra Civil (Menéndez Pidal, Gonzalo 50).

La presencia de un personaje tan señalado y con tantos lazos en el entramado intelectual español de la primera mitad del siglo como lo era Gonzalo Menéndez Pidal hace que su invitación a venir durante el que sería el último verano de Paco García Lorca en la dirección de la Escuela aparezca como algo bien pensado y cargado de muchísima significación. Es obvio que se marcaba el fin de una época. García Lorca volvería a Middlebury a recoger su doctorado honorífico en 1966, Gonzalo Menéndez Pidal y su esposa Elisa Bernis regresarían en 1967, Casalduero seguiría hasta 1970. Pero ese ambiente de familia, de densidad en las relaciones tamizadas por el exilio, se había diluido, lo cual era inevitable con el paso del tiempo y el cambio de circunstancias.

Terminaba así una época y quizá ya podemos llegar a algunas preliminares conclusiones sobre su origen y su influencia en el hispanismo estadounidense.

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