En Las Montañas De Vermont: Los Exiliados En La Escuela Española De Middlebury College (1937-1963)

Capítulo 6. Ángel del Río: 1950-1954

1950

En la página de la red de la Fundación Federico García Lorca hay una cronología de la vida del poeta, y en ella, para el año 1919, encontramos lo siguiente:

Convence a su padre para que le permita trasladarse a Madrid, adonde llega en la primavera con cartas de presentación a Alberto Jiménez Fraud, director de la Residencia de Estudiantes, y Juan Ramón Jiménez, entre otros. Encuentro con sus amigos de Granada José Mora Guarnido y Ángel Barrios, instalados con anterioridad en Madrid, quienes lo introducen en los ambientes literarios. Frecuenta el café Gijón y trata a Ángel del Río, Guillermo de Torre, Adolfo Salazar, Gerardo Diego, Pedro Salinas, José de Ciria y Escalante. Vive primero “de pensión” en la calle San Marcos y en la calle del Espejo, hasta que, a primeros de octubre, se instala en la Residencia de Estudiantes, calle Pinar n. º 21, en los Altos del Hipódromo. (García Lorca, Federico)

Ángel del Río es, por tanto, una de las primeras personas que Federico conoce al llegar a Madrid, casi al mismo tiempo que a Pedro Salinas. Del Río había nacido en Soria (1901), en el corazón de Castilla. En esos años vivía allí el poeta Antonio Machado, que enseñaba francés en el colegio de segunda enseñanza de la ciudad, donde Del Río fue su discípulo (Río 1963, II, vi). Se traslada a Madrid para hacer sus estudios universitarios y allí conoce a todos los jóvenes poetas de su generación. Tan pronto termina sus estudios sale de España para enseñar en Francia; pasa luego a Puerto Rico, y en 1926, a los Estados Unidos, donde se incorpora al grupo de profesores que Federico de Onís reúne en Columbia University. Cuando en 1929 Federico García Lorca viene a Columbia ostensiblemente a estudiar inglés, es Ángel del Río con su esposa puertorriqueña, Amelia Agostini, quien con de Onís y su esposa le dan al joven poeta calurosa acogida.

En el pie de la foto 52, consultada en la página de la red de la Fundación Federico García Lorca, se dice de ella: “Federico García Lorca y Ángel del Río, fotografiados a través de un ventanal en el Central Park de Nueva York, en 1929”. Más bien que a través de un ventanal, parece que la foto fue sacada con una cámara de la época, en las que había que pasar a mano el rollo del negativo después de sacar una foto, pues de no hacerlo se superponía una foto sobre otra, como parece haber ocurrido aquí. Nótese que en la esquina inferior derecha aparece un bebé durmiendo, que bien puede haber sido el hijo de Ángel y Amelia Agostini, Miguel Ángel, a quienes vemos claramente en la foto de abajo, sacada en la casa de verano de los Del Río en las montañas Catskill, al noroeste de la ciudad de Nueva York, donde tenían una cabaña.

Sería Del Río, según Gibson, quien “en 1935 publicaría el primer estudio completo sobre su amigo [Federico García Lorca], aún valioso a pesar de las muchas lagunas y silencios” (248). En Columbia permanecerá Del Río, con algunos períodos de trabajo en otras universidades estadounidenses, hasta su muerte en 1962. Una larga excepción son los años de 1950 a 1954, durante los cuales enseñará en New York University. Durante este intermedio fuera de Columbia comienza su actividad de director de la Escuela Española, pero Columbia lo reclamará pronto para asumir la jefatura del departamento, del Instituto Hispánico y de la Revista Hispánica Moderna.

El primer verano de Del Río como director, el profesorado consistió, en casi su totalidad, en aquellos que ya habían estado en veranos anteriores. Del Río no había enseñado antes en la Escuela, aunque es muy probable que hubiera ido a visitar a amigos y conocidos, por lo que es lógico que en su primer verano quisiera continuar en la trayectoria trazada a través de los años por Centeno y mantenida por Casalduero. Francisco García Lorca (Paco para los amigos) también venía como profesor por primera vez, pero recordaremos que su familia había estado viniendo a Middlebury los veranos por una década, y él mismo se había casado con Laura de los Ríos en el campus en 1942. El nombre de su hermana, Isabel García Lorca, está en la lista de profesores para ese verano del Bulletin correspondiente (64), pero no la vemos en la foto del grupo porque había decidido regresar a España, según su sobrino, Manuel Fernández-Montesinos, cuando describe en sus memorias su estancia de 1951 en Middlebury:

Mi tía Isabel había pasado varios meses del verano anterior [o sea, 1950] en España, la primera vez que volvía desde 1938, y en las conversaciones cada vez aparecía con más frecuencia el tema del regreso. Siempre había estado en el aire, claro está, como en todo exilio, pero había dejado de ser un desiderátum irrealizable; ahora era una posibilidad real. Insistía, por un lado, en la pobreza, la omnipresencia policial, eclesiástica y militar [. . .] ; por otro lado, pensaba [. . . ] en la mayor soltura económica que tendríamos. (Fernández Montesinos 152)

El profesor invitado fue el joven investigador español José Manuel Blecua, que en 1950 todavía enseñaba a nivel secundario en su país, pero quien ya había establecido una excelente reputación como investigador y editor. Cuando aún era estudiante universitario, en 1933, había ganado una beca que lo llevó a la universidad de verano establecida por Salinas en el palacio de La Magdalena. Allí conoció además de a Salinas, a Navarro Tomás, a Guillén, a Federico García Lorca y a muchos más. Durante la Guerra Civil fue destinado al servicio de sanidad militar debido a la sordera que desde joven le aquejaba. Ya en 1946 su labor investigadora le había ganado un sillón en la Real Academia Española (Ramos Nogales). Su visita ahora a Middlebury le sirvió para re-establecer contactos personales con antiguas amistades. En un artículo publicado en el periódico español El País del sábado 22 de marzo de 2003 se narra el simpático re-encuentro con Salinas:

Salinas ya no debía acordarse del Blecua jovencísimo que había conocido en Santander en 1933, de modo que le preguntó: “¿Usted es Blecua? Yo creía que era usted más viejo, calvo, regordete y con gafas”. Blecua respondió enseguida: “Lo siento, don Pedro. Ese retrato corresponde a Dámaso Alonso”. (Llovet, “¿Usted es Blecua?”)


Y efectivamente el poeta y filólogo Dámaso Alonso era tal como lo describió Salinas.

El reencuentro entre ambos amigos tuvo otras felices consecuencias. Entre los poemas inspirados por la estancia en Middlebury de los poetas que vinieron los veranos que nos ocupan, o escritos durante la misma, se encuentran los ya citados a la memoria de Centeno, de tono luctuoso, como era de esperar. El verano de 1950 produjo otros totalmente distintos. En el mismo artículo que narra el re-encuentro de Salinas y Blecua que citamos arriba, su autor, Jordi Llovet, informa de unos poemas jocosos que Salinas escribió para celebrar el final del curso y despedir a su no tan nuevo amigo. Escribe Llovet:

El último día de la estancia de Blecua en Middlebury se celebró una fiesta de final de curso que se convirtió en una despedida entrañable y una juerga. Ésta fue la ocasión en la que Salinas leyó en alta voz unas aleluyas que había escrito en honor de Blecua, y que éste decía “guardar como oro en paño”.

Aquí las transcribimos con las notas de Llovet. El chotis es para ser cantado con la música del chotis “Pichi”, de la zarzuela Las Leandras

Llorando de erudición
nace Blecua en Aragón.
Aún andar no se le ve
y [ya] pone notas al pie.
(Que con la pelota, antes,
juega con las variantes.)
Sus juguetes favoritos,
[infolios] y manuscritos.
Sus pasos los dirigía
todos por cuaderna vía.
Le llaman, por darle mimo,
tetrástrofo monorrimo.
Su abuelita, en vez del coco,
dice: "Que viene el barroco".
Si a un perro le ofrece pan,
le dirá: "Tomad, Boscán".
Ingresa en el Instituto
y aprende el anacoluto.
Se pasa varios milenius
leyendo glosas de Xenius.
Se pone por penitencia
leer a Hurtado y Palencia.
Arma una marimorena
por un Juan de más o Mena.
En Madrid o en Zaragoza
oscuros textos desbroza.
Acaba su vida errática
en profesor de gramática.
Le atiza un sobresaliente
al que sabe a Gil Vicente.
A este, dice, no le paso;
no conoce a Garcilasso.
A ese: vuelva en setiembre,
no sabe el verso bimembre.
Ignorante tan intonso,
que lea a Dámaso Alonso.
Antologías escribe [t]
famosas hasta en el Tíbet.
Edita a los Argensola
sin sola una coca-cola. (1)
Transportado en avïón,
llega a orillas del Hudsón.
En las tiendas de juguetes
gasta dimes (2) y diretes.
Llama la atención su pinta
elegante por la Quinta.
Luego a Middlebury arriba
y zumos de lata liba.
[Anda el dinámico Blecua
siempre, aquí, de Ceca en Meca.]
A las horas de comer
se le ve palidecer.
De pena se queda mudo
ante menú tan menudo.
[La mirada le retoza
al ver a una buena moza.]
Y ahora a castigar la glotis
ofreciéndole este chotis.

[El juglar de Maryland]

1. Nota de Blecua: [Barbaridad]. De hecho, los dos versos de Salinas, corregidos por aquél, dicen: "Y sin beber cocacolas / se edita a los Argensolas." 2. Nota de Blecua: [Moneda de 10 centavos].

CHOTIS

Blecua
es baturro que castiga,
del Pilar a Middlebury
no ha quedado una cantiga
a que no le saque miga
con estilo y con primor.
Blecua
coge silvas y soneptos
y les saca los conceptos
y entre comidas de bote
él aclara a Don Quijote
y dolora a Campoamor.
Blecua
o comenta a Juan de Mena
castigándose la glotis
o se agarra a una morena
para marcarse unos chotis
que ni el mejor Cejador.
Blecua
con su sordera y su labia
tiene a las chicas en Babia.
Si echa mano a la estilística
no hay una que se resística
a su verbo arrollador.
Duro con él,
dale a Gracián,
José Manuel.
Anda que te ondulen
con la pelmanén
y pa suavizarte, que te den Rubén.
Se lo pués pedir a Jorge Guillén
porque a don Ramón
no ha nacido quién.

[El anónimo de Baltimore]
(Llovet 2003b)

Blecua, quizá por temor a que poemas tan cómicos fueran a desprestigiar la obra de Salinas, se negó a dar a conocer las aleluyas y el chotis, que fueron publicados después de su muerte. Los poemitas ilustran el ambiente de distensión y descanso que tanto atraía a los que enseñaban en Middlebury.

El verano parece haber estado lleno de alegre compañerismo. Otro ejemplo de ello lo encontramos en una obrita de teatro escrita y presentada el 4 de agosto y de la que da noticia Eugenio Florit en una semblanza que escribió sobre Tomás Navarro Tomás en ocasión de la muerte de éste:

Siempre recordaré una noche en que representábamos un graciosísimo trabajo a propósito escrito por Paco García Lorca y Jorge Mañach, y que sus autores llamaban “farsa”, titulado “Consonancias peligrosas o el triunfo del Hispanismo”. Eso fue el 4 de agosto de 1950. Algunos de los personajes e intérpretes eran: Doña Métrica, Amelia [Agostini de] del Río; don Hispánico, Emilio González López; Modernisto, Ángel del Río, y Ultraísto, Francisco García Lorca. También hacía un papel Pilar de Madariaga, entre otros amigos más. La obra estaba basada en las pasadas contiendas entre el Modernismo y el Ultraísmo (o vanguardismo) en nuestras literaturas, con algunas bromas muy oportunas sobre los libros de fonética de Don Tomás, que a él mismo le hacían mucha gracia. (Florit)

Fue en esta obrita donde Blecua y Florit intervinieron con un diálogo que llegó a hacerse famoso entre la concurrencia. Otra vez citamos a Florit:

Donde yo he visto reír con más entusiasmo a Navarro fue en una escena “ad libitum” que hicimos José Manuel Blecua y yo, en nuestros desgraciadamente verdaderos papeles de sordos —Blecua mucho más sordo que yo, desde luego. Entramos a escena a decirnos veinte tonterías, sin entendernos, y con aquello de “¿Vas a la biblioteca? --No, voy a la biblioteca. –Ah, yo creía que ibas a la biblioteca”, don Tomás se reía que daba gusto verle. (Florit)

La comicidad fue compartida por todos los asistentes. Un estudiante que estuvo presente en la representación, Robert Morrison, ha donado a la biblioteca de Middlebury College, entre mucho otro material, el programa de mano que también tiene todo el texto de la obrita. En una nota que añadió a la página donde aparece el elenco, escribe: “The names of the actors of Scene 6 were not included here. Their scene was the highlight of the performance, as poet Eugenio Florit and scholar José Manuel Blecua made fun of their limited ability to hear clearly” (Robert Morrison).


La obrita tenía muchas referencias a los profesores que se encontraban en la Escuela. A juzgar por la “Escena cuarta” ese verano muchos profesores se enfermaron, y eso, con visión retrospectiva, nos da una nota preocupante:

Segundino (interpretado por Manuel Fernández Montesinos): ¿Qué te ha pasado a vos, Modernisto, que paresés un caballo cojitranco?
Modernisto (Ángel del Río): No es nada. Un lumbago suave, de pausados giros…
Segundino: Pues con Margot (posiblemente Margarita de Pombo), Amelia (Agostini de Del Río), Don Pedro (Salinas) y vos, ché, ¡esto parese un hospital no más! (Robert Morrison 6)

Era obvio, por tanto, que la salud de Salinas comenzaba a desmejorar.

La puesta en escena de obras de teatro ha sido, desde el principio de la Escuela Española, una actividad co-curricular muy favorecida por todos. Dramas, comedias, obras musicales, juegos florales --todo tipo de representaciones encontraron participantes y público entusiastas de profesores y estudiantes. Manuel Fernández-Montesinos recuerda la experiencia y en sus memorias incluye una foto de varios actores en “Consonancias peligrosas” vestidos para la puesta en escena:

Ese primer verano de Del Río fue, en palabras de Freeman: “Un gran verano, incluso un verano inolvidable [. . .] Ni siquiera en España hubiera podido encontrarse una reunión de hombres y mujeres como éstos” (1975, 338).

1951
La foto de Salinas tomada en Middlebury el verano de 1951, y que aparece en el libro que celebra su centenario publicado por el Ministerio de Cultura español, nos deja ver a un don Pedro cansado, sentado en una mecedora como si no esperara visitas, sin corbata, pero muy abrigado para una tarde de verano.

El trasfondo de esta foto lo encontramos en la autobiografía de Jaime Salinas. En ella describe cómo durante el año académico 1950-1951 de la Universidad Johns Hopkins, en la que don Pedro era profesor y Jaime terminaba sus estudios de licenciatura, su padre fue llevado al hospital donde le diagnosticaron un fuerte ataque de ciática que lo obligó a usar un bastón (443). Y continúa:

Cuando se anunció la fecha de la ceremonia de graduación, la salud de mi padre no había mejorado. Se decidió que mi madre y mi hermana [Solita] —Juan [Marichal, ya para entonces en Harvard] llevaría a los pequeños desde Cambridge— pasarían el verano en Middlebury con mi padre, donde podría disfrutar de la compañía de los amigos. Unos días antes de su marcha para Vermont tuvo una recaída, pero se insistió en que hiciera el viaje. Hubo que llevarle en ambulancia a la estación, pero a los pocos días estaba sentado en el jardín de la casita que habían alquilado, jugando con sus nietos y recibiendo al atardecer la visita de los amigos. (445)

En el boletín para el programa de verano de 1951 de la Escuela, no figura ni Salinas, ni Marichal, ni ningún otro miembro de esa familia, lo que sugiere que Pedro Salinas y Margarita Bonmatí habrían ido a Middlebury solamente como lugar de descanso y con la esperanza de mejoría para lo que aquejara a don Pedro. No ocurrió así:

Al terminar el curso en Middlebury, en vista de que mi padre no mejoraba, aconsejados por unos y por otros, se decidió que no regresara a Baltimore, sino a Cambridge, para ponerse en manos de los médicos del Massachusetts General Hospital.

Ya en Cambridge, don Pedro y su esposa estaban cerca de Solita y Juan, que vivían allí con sus dos niños. Jaime escribe:

Lo que nos tenía más desconcertados es que no había manera de que los médicos nos dijeran con claridad lo que le ocurría a mi padre. Se había descartado la ciática, pero de ahí no pasaban. Sólo a principios de noviembre recibimos una llamada telefónica de Puerto Rico del doctor Olleros [Giral 237] en la que daba por supuesto que nos habían comunicado que lo que padecía era una enfermedad entonces desconocida: cáncer de la “médula ósea”, en su caso en un estado muy avanzado. (446-47)

Don Pedro falleció el 4 de diciembre, en Boston, pocos días después de haber cumplido los 60 años. Con él desaparece uno de los más importantes enlaces entre la Escuela y la comunidad de exiliados (o desterrados, como prefería Isabel García Lorca) de la Guerra Civil y la dictadura del general Franco.

La presencia de estos exiliados continuaría y ese año de 1951 casi todos repetían estancia. Incluso el profesor visitante de España, Manuel García Blanco, ya había enseñado en Middlebury en tres ocasiones aun antes que Salinas, en 1932, 1935 y 1936. Era de Salamanca y había estudiado en su universidad con Unamuno, y luego en Madrid con Menéndez Pidal y Américo Castro. En 1934 regresa a Salamanca a ocupar la cátedra de Historia de la Lengua que antes había sido de don Miguel de Unamuno (García Blanco). En Middlebury, coincidiría en el profesorado con la hija de su antiguo maestro, María de Unamuno. Freeman toma nota de la presencia de García Blanco y escribe en su historia: “Enseñó cursos sobre el romancero y los dialectos antiguos y modernos del mundo hispánico. Su generoso interés en el proyecto de Middlebury en España, y su vigorosa y simpática personalidad como colega y como maestro fueron apreciados por toda la Escuela” (1975, 340).

El “proyecto” al que se refiere Freeman fue el programa graduado en España. En el capítulo de su libro dedicado a la “Graduate School of Spanish in Spain, 1951—” (1975, 237-246), Freeman describe con lujo de detalles los esfuerzos que se hicieron para establecer el programa. Ángel de Río y Sam Guarnaccia figuran como protagonistas. De acuerdo con Freeman, fueron ellos los que, desde 1949, comenzaron a mencionar la posibilidad de un programa en España. Del Río viajó a Madrid a iniciar los contactos a principios de 1951, y ya para octubre de ese mismo año, comenzó a funcionar la Escuela. La idea original era que los estudiantes pasaran el primer cuatrimestre en la Universidad de Madrid, y el segundo en la de Salamanca. Durante su estancia en Middlebury ese verano García Blanco, quien también era secretario de la universidad, había coordinado todo con Del Río. Una vez en Madrid, sin embargo, fue obvio que, después de pasar un primer semestre acostumbrándose al ritmo de una nueva cultura, una nueva universidad y una nueva ciudad, los estudiantes estaban reacios a repetir el proceso en Salamanca, y esa parte del programa no se implementó. “El Dr. García-Blanco fue muy comprensivo y razonable”, escribe Freeman (1975, 241).

El programa, que comenzó adscrito a la universidad de Madrid, pronto se independizó y todas sus clases comenzaron a darse en locales alquilados al Instituto Internacional, en la calle Miguel Ángel, 8. Varios de los profesores que fueron contratados para enseñar no podían incorporarse a las facultades de la universidad por razones políticas, de modo que el programa en Madrid se convirtió, como el de Middlebury, en una especie de refugio para este otro tipo de exiliados, los del “exilio interior”. Isabel García Lorca (225), que como hemos visto había vuelto a España con parte de su familia, comenzó a enseñar en el programa en Madrid, y cuando Paco decidió que podía regresar, pudo asumir la dirección del programa el segundo semestre del curso 1963-1964 (Freeman 245). Igualmente, varios de los profesores de Madrid vendrían a Middlebury los veranos, invitados por los directores. Se estableció así un fructífero intercambio que continúa hasta nuestros días.

La familia García Lorca está representada en la foto de grupo por la “Sra. de Montesinos”, o sea Concha, hermana del poeta y viuda del asesinado Manuel Fernández Montesinos Lustau. Este sería su último verano en Middlebury, pues pronto volvería a España con su madre y sus hermanas. También están su hermano Paco García Lorca y la esposa de éste, Laura de los Ríos.

Como ya hemos visto, la puesta en escena de obras de teatro había sido, desde el principio de la Escuela Española, una actividad co-curricular muy favorecida por todos. El hijo de Concha, Manuel, a quien ya hemos encontrado como actor en Doña Gramática el verano anterior, destaca en sus memorias del verano de 1951 la importancia del teatro en la vida de la Escuela y su función como actividad co-curricular:

Además del trabajo, las clases y la música en la pradera, ese año estuvo lleno también de representaciones teatrales [. . . ]. Las funciones, atiborradas de expectante público siempre, se celebraban los viernes. En las seis semanas del cursillo hicimos tres funciones distintas, el 6 y el 13 de julio y el 3 de agosto. Entre la función del 6 y del 13 tuvimos solamente una semana para preparar la última velada, incluido realizar los decorados y el vestuario. La más sonada y la que cerró el ciclo fue el sainete El santo de Isidra, de Carlos Arniches, en el que hacía de protagonista femenina la mismísima Isidra, tía Laura. Mi madre era La Señá Ignacia; tío Paco, Epifanio; Ángel del Río, el Señor Eulogio; mi hermana Conchita hacía de Baltasara y yo, de Pérez, un “sorchi” que pretendía a La Cirila, encarnada por la guapísima Carmen del Río. En esta función mi hermana Tica también hizo un papel, y como el reparto era numerosísimo, nada menos que veintitrés actrices y actores, se echó mano de hasta ocho estudiantes del cursillo con sus graciosísimos acentos. En cada una de las dos primeras funciones se estrenaron dos piezas en un acto del escritor y académico mexicano Emilio Abreu Gómez  [sic. El nombre de pila del autor es Ermilo y enseñó varios veranos en la Escuela (1951 Bulletin, 53)].  Además se escenificaron Rosina es frágil, de Martínez Sierra, Sangre gorda, de los Quintero, que hacíamos Conchita y yo, y Del secreto bien guardado, de Casona.  (Fernández-Montesinos 157-58)


Era una actividad teatral muy intensa y para dar una idea de esa intensidad copiamos un programa de mano de una función típica en 1954, donde vemos que las obras podían también ir acompañadas de intermedios musicales.

Tal ritmo de actividad teatral no hubiera sido posible sin la participación de las esposas de muchos de los profesores, y sobre todo de Laura de los Ríos de García Lorca y Amelia Agostini de Del Río, quienes fueron actrices, directoras y, en general, animadoras de todo el programa teatral durante sus veranos en Middlebury, como también lo eran en Barnard College en Nueva York durante el año escolar. Eran, además, profesoras en ambos sitios.

Otro profesor español que no aparece en la foto del grupo aunque sí en la lista de profesores, y que no había estado antes, fue Diego Catalán (Sánchez Ron). Su institucionismo le venía de nacimiento, por así decirlo, pues su abuelo fue don Ramón Menéndez Pidal, y su madre, Jimena Menéndez Pidal, quien había sido, en palabras de la nota necrológica de Rafael Castillo en el periódico El País: “Alumna de la Institución Libre de Enseñanza [. . .]  de las últimas personas que habían recibido directamente el magisterio de Giner de los Ríos y de Manuel Bartolomé Cossío” (Castillo). Las ideas institucionistas que había recibido Jimena directamente de los fundadores de la Institución, las pasó a su hijo Diego, de quien fue maestra. Ya en la posguerra, Jimena volvió a darle vida a las escuelas primaria y secundaria que antes de la guerra había establecido la Institución Libre de Enseñanza, esta vez bajo el nombre de Colegio Estudio, que todavía continúa su misión educativa en las afueras de Madrid. Del estudiantado y profesorado de ese Colegio Estudio han salido varios profesores que enseñarían en la Escuela Española muchos años después. El padre de Diego, Miguel Ángel Catalán, había sido el científico en cuyo laboratorio había trabajado Pilar de Madariaga antes de la Guerra Civil.

El año 1951 marca el último verano en Middlebury de los García Lorca como gran grupo familiar. Cuando Isabel finalmente convenció a su madre, a su hermana Concha y a los tres hijos de ésta para regresar a España en 1950 y establecerse en Madrid, Paco, Laura y sus hijas, nacidas en los Estados Unidos, decidieron quedarse. Como escribe su sobrino Manuel: “A mis tíos, sobre todo a tío Paco, se les hacía muy cuesta arriba volver a pisar España” (Fernández Montesinos 174). Por eso durante el verano de 1953, la primera reunión de la familia ya en España con la de los Estados Unidos sería en una casa que alquilaron en la Costa Azul, cerca de Cannes, en Francia (174).
 

1952


El profesorado del verano de 1952 sigue el patrón ya bien establecido de combinar un buen número de veteranos con varias novedades que al menos en algunos aspectos, no lo eran del todo, como es el caso de uno de los nuevos, José Fernández Montesinos, que no era ni nuevo ni profesor. Su nombre no está en la lista de profesores del Bulletin de 1952 ni en la de cursos ofrecidos ese verano; sí figura, sin embargo, en la foto del grupo aunque solamente se le identifica como “Sr. Montesinos”. Su apariencia en casi todo corresponde con la descripción que de él hacen sus colegas en la Universidad de California en la nota necrológica que le dedicaron casi exactamente 20 años más tarde: “Nadie despertó más la curiosidad del campus de Berkeley que José Fernández Montesinos, con su pelo plateado y despeinado, un lente negro en sus gafas, las manos enlazadas a la espalda, la nariz levantada para escapar de al menos parte del humo de su eterno cigarro” (Morby, Askins, Herr). Fernández Montesinos, granadino y compañero de Federico García Lorca en la universidad en esa ciudad, había estudiado en Madrid en el Centro de Estudios Históricos, donde su maestro fue Américo Castro. Su hermano, Manuel, fue el alcalde de Granada asesinado al principio de la Guerra Civil, lo que hacía de José cuñado de los García Lorca. Ese verano, sin embargo, era él el único representante de la familia en el profesorado, pues ni Isabel ni Francisco estuvieron en Middlebury en 1952. El hecho de que no aparezca Fernández Montesinos como profesor de ningún curso puede indicar que estuvo solamente para dar algunas conferencias. Su esposa era profesora en Bennington College, a unas dos horas al sur de Middlebury, y allí venía él a pasar los veranos. No es de extrañar que visitara a amigos y parientes en Middlebury en ésa y otras ocasiones, y que diera algunas conferencias.

No faltaban amigos de la extensa “familia” García Lorca ese año. Entre ellos cabe mencionar a Miguel Pizarro, otro granadino y estudiante del Centro de Estudios Históricos. Había sido profesor en Japón, en Rumanía, y al igual que Paco García Lorca, fue diplomático para la República durante los años de Guerra Civil, y hacia el fin de la misma era consul de España en San Francisco. También como Paco, acabó enseñando en universidades de la ciudad de Nueva York, entre ellas Brooklyn College y The New School. Ya había venido a Middlebury durante el verano de 1942 (Middlebury College Language Schools Bulletin 1952 53). Sobre él escribe muchas sentidas páginas Isabel García Lorca en sus memorias, en las que vemos la estrecha amistad entre los García Lorca, Pizarro y Montesinos:

A Guillén le gustaba referir que de los tres compañeros de universidad —Pizarro, Pepe [José] Fernández Montesinos y mi hermano Federico — se decía “Uno es el guapo, el otro (por Pepe), el listo, y el otro, ¡pobre!, nada”. Y se reía y abría los brazos como diciendo: ¡Qué barbaridad! Para él era el mejor comentario que se había hecho nunca sobre Federico. “Nada”. (239).

Del Río pudo haber propiciado así otra reunión de familia. Otro profesor “de la casa, de la familia” invitado por Ángel del Río ya había estado en Middlebury, en 1947. Se trataba de Augusto Centeno, a quien como ya hemos visto en la correspondencia entre Salinas y Guillén, Salinas consideraba como posible causa de la mortal melancolía de Juan Centeno. Quizá del Río no supiera ese detalle porque la correspondencia entre los dos poetas amigos no se publicaría hasta muchos años después, en 1992. Ya para 1952, Augusto Centeno había dejado Princeton y se encontraba en la Universidad de Colorado. Y de nuevo vino Camila Henríquez Ureña, profesora los veranos de 1942 y 1943, que seguía en Vassar durante el año.

Continuando la tradición de la Escuela de traer a dos destacados profesores invitados, uno de España y otro de Hispanoamérica, Del Río contrata a Aníbal Sánchez Reulet, filósofo y hombre de letras argentino, quien en aquellos momentos era jefe de la sección de Filosofía, Ciencias y Letras de la Unión Panamericana de Washington, DC, y más tarde sería miembro de la facultad en el departamento de Español y Portugués de la UCLA. Como muchos de los profesores de la Escuela, era también exiliado, pero esta vez por causa de la dictadura de Juan Domingo Perón en Argentina (Benítez).

De las obras de teatro de ese verano sabemos por Freeman que hubo cuatro pero solamente nos da el título de dos sin más detalles excepto que fueron dirigidas por Amelia Agostini de Del Río (Nos consta que Freeman asistía a las presentaciones teatrales de la Escuela Española, y que siguió haciéndolo después de jubilarse y casi hasta que murió, en 1999, a la edad de 101 años).
Una de las obras fue “una muy cuidada presentación” de Doña Clarines, de los hermanos Álvarez Quintero, de 1909. La otra obra era de mucho más reciente factura, La fuente del arcángel, pues su autor era Pedro Salinas y había sido puesta en escena por el grupo dramático del Departamento de Español de Barnard College, con el autor en el público, el 16 de febrero de 1951. Algunos de los miembros del elenco en el estreno pueden haber participado en la presentación en Middlebury: Concha García Lorca de Fernández-Montesinos, Carmen del Río (hija de Ángel del Río y Amelia Agostini), Isabel García Lorca de los Ríos, Amelia Agostini, Eugenio Florit, Manuel Fernández-Montesinos García, Concha Fernández-Montesinos García (Salinas 1991, 154). La estrecha relación que existía entre la Escuela Española y los departamentos de Español de Columbia University (Barnard College, Columbia College, School of General Studies, the Graduate Faculties) se nota en las presentaciones teatrales. La obra de Salinas ese febrero de 1951 compartió el programa de Barnard con la obra Ligazón, de Ramón de Valle Inclán que se había representado en Middlebury durante el anterior verano de 1950, a no dudarlo con similar elenco (Freeman 1975, 340-1).

De la intensa actividad teatral ese verano queda una no muy buena foto en la que vemos al director Ángel del Río, a la izquierda, y a Eugenio Florit, a la derecha, con una actriz desconocida (pero que bien pudiera ser la hija de Del Río, Carmen), en una obra de título también desconocido.

También marca 1952 el último verano de don Tomás Navarro Tomás. Sería uno de los exiliados que morirían sin haber vuelto a España. Su trabajo académico había continuado en el exilio, y tanto en la investigación como en las clases, dejó en este país una prueba más de la influencia que la Institución Libre de Enseñanza había tenido y seguiría teniendo (Navarro Tomás).

1953

El de 1953 fue, en palabras de Freeman, “a brilliant summer”. (1975, 341) Para el que sería su último verano como director, Del Río invitó a uno de los intelectuales más importantes del exilio, antiguo profesor suyo y de muchos que habían enseñado en la Escuela y todavía lo hacían. Se trataba de Américo Castro, el mismo del que Isabel García Lorca había dicho que Juan Centeno no habría invitado otra vez por haber hablado en inglés con los estudiantes en una visita anterior en 1941, cuando vino a dar un ciclo de conferencias (235). Ahora volvía para dar cursos, cargado de títulos honoríficos, incluyendo la Legion d’Honneur francesa, destacados en un currículo que ocupaba media página del Bulletin para ese verano de 1953.

Volvían tambien a reunirse las “familias” en la Escuela, incluyendo padres e hijos. Jorge Guillén regresó de visita, y coincidió con su hijo, Claudio, quien con su nuevo doctorado de Harvard enseñaba en la Escuela. También enseñaban el amigo de Claudio, Jaime Salinas, y el cuñado de éste, Juan Marichal, esposo de Solita y padre de los dos nietos de don Pedro, Carlos y Miguel, que tanto le habían alegrado su último verano en Middlebury. Los Baralt, los Álvarez Morales, profesores en Cuba, y Eugenio Florit, tambien cubano pero profesor en Barnard College, eran ya veteranos de varios años, como lo era casi todo el resto del personal, incluyendo el indispensable Joaquín Casalduero.

La actividad teatral, organizada por Amelia Agostini de Del Río durante la jefatura de Ángel, fue muy lucida ese verano. Queda constancia fotográfica de dos de las obras presentadas, La zapatera prodigiosa, de Federico García Lorca:

De la otra obra, el entremés de Miguel de Cervantes, El juez de los divorcios, no tenemos lista de intépretes:

Desde el comienzo de la Escuela, las obras se habían presentado mayormente en el teatro del College, el Playhouse, una estructura algo alejada de las residencias, en la calle Weybridge. El 23 de diciembre de ese año de 1953, el Playhouse fue destruido por el fuego. Tardaría cinco años para que fuera substituido por el teatro Wright. Durante el período de construcción se hizo uso del escenario en el antiguo gimnasio de McCullough, y de otros lugares que se prestaban a representaciones, incluyendo algunas al aire libre.
A muchos debe haber sorprendido la intención de Del Río de renunciar a la dirección de la Escuela. Freeman la aceptó “con gran pesar” y escribe que del Río era alguien “con quien daba gusto trabajar” (1975, 342). Los años de Del Río como director correspondieron con los que dejó su larga asociación con Columbia para ir a enseñar en New York University. Ahora Columbia lo quería de vuelta como profesor, jefe del departamento, director de la Casa Hispánica, del Hispanic Institute y de sus publicaciones. Esa fue una de las razones que dio para dejar la dirección, como le comunica Freeman al presidente Stratton en su informe del 1 de octubre sobre el verano de 1953: “La presión de sus obligaciones en Columbia University, a la que regresa después de tres años en New York University; y las obligaciones personales que lo llevarán con más frecuencia a él y su esposa a España durante los veranos” (Informe 1953). Del Río oficialmente estaría de sabático el verano de 1954: “Nos ha indicado su deseo de continuar como Director durante el invierno, y de supervisar los planes, la contratación de profesores, y la organización de los cursos para el verano de 1954”, escribe Freeman, y sobre todo:

Hemos hablado de varias posibilidades para el director en funciones durante el verano de 1954 [. . . ]. Se contempla que recomendaremos al Dr. Francisco García-Lorca, miembro de nuestro cuerpo de profesores en 1951 y 1953, visiting lecturer en New York University, como director de la Escuela Española de verano a partir del 1 de octubre de 1954 [. . . ]. [ El Dr. García Lorca] está dispuesto considerar el nombramiento, pero no puede aceptarlo para 1954 porque tiene compromiso de regresar a España ese verano. (Informe 1953)

Es obvio que se volvía más fácil el regreso de los exiliados a España, a lo cual sin duda contribuía la distensión en las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos que culminaría con la firma del tratado que pondría en España varias bases militares norteamericanas para combatir al enemigo común en la guerra fría. Ya vimos que Isabel García Lorca había regresado con varios otros miembros de la familia en 1950, y Jorge Guillén y otros volverían de visita. Los cambios en la situación política comenzaban a manifestarse en la Escuela de dos maneras: por un lado, ahora ya era más fácil para los exiliados el regresar a España los veranos, lo que dificultaba contratarlos; por el otro, era también más fácil contratar a profesores residentes en España. Por el momento, el problema más urgente era encontrar a alguien que asumiera la dirección en lo que llegaba Paco García Lorca.

1954
Al rescate vino Joaquín Casalduero quien de nuevo, como en 1949, asumió las responsabilidades de la dirección interina durante el verano, aunque eso no incluía la contratación de profesores, pues había sido responsabilidad de Del Río. Casalduero representaba la historia viva de la Escuela. Su presencia en ella, según consta en el Bulletin de 1954 (53), se remontaba a la década de los 30: 1932-1933, 1935-1949, 1951, 1953. La capacidad de trabajo de Casalduero era notable. El verano de 1954 también enseñó dos cursos, y durante casi toda la década de los 40, buena parte de cuyos veranos pasó en Middlebury, publicó un libro casi cada dos años, cuatro de ellos sobre la obra de Cervantes. De él ha escrito Gonzalo Sobejano:

Si Casalduero fue el primero en proporcionar a los españoles el breviario que necesitaban para entender derechamente a Galdós, también ha sido el primero [. . .] en analizar la forma y sintetizar el sentido de cada una de las obras de Cervantes, el primero en explorar por completo el Cántico de Guillén, el primero en dedicar a Espronceda y su mayor poema libros al fin dignos de tan gran lírico y de tan malentendida obra, el primero en reconocer a Gabriel Miró su categoría de novelista [. . .]  y el primero en caracterizar la estructura de la comedia del Siglo de Oro de modo que puedan reconocerse con nitidez sus hábitos constitutivos. Esto quiere decir que ha hecho verdadera labor de adelantado en muchos campos, sin imitar a nadie, talando lugares comunes y rompiendo criterios petrificados.
     Lo notable del caso es que toda esta actividad, tan renovadora en la evaluación de obras y autores como en los procedimientos, haya ido desarrollándose tranquilamente, no inadvertida, pero más eludida o silenciada que expuesta a los vapores de la propaganda o al tronido de la polémica. (Sobejano)

Esta valoración de Sobejano de la manera de trabajar de Casalduero corresponde con la preparación de éste, quien como hemos visto antes en este recuento (21), era producto de la Institución Libre de Enseñanza. También de cierta manera lo eran los profesores invitados ese verano, Aurelio Viñas, de España, y Raimundo Lida, de Argentina. Con estos nombramientos, quizás intencionalmente pero más bien inevitablemente, demostraba Del Río la gran difusión del institucionismo, sobre todo, su Centro de Estudios Históricos, de su director, Ramón Menéndez Pidal, y los que con él trabajaron.
Aurelio Viñas, historiador, había sido uno de ellos. Graduado en la Universidad de Madrid, en 1923 fue a la Sorbona, la universidad de París, y en 1929 fue co-director fundador de su Institute d’Etudes Hispaniques, donde formó a numerosos hispanistas franceses. Permaneció en Francia hasta después del fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando volvió a España, primero a la Universidad de Sevilla, desde donde vino a Middlebury, y luego a la de Valladolid. Como su antiguo colega, Américo Castro, también había recibido la Legion d’Honneur (Aubrun  137-8).

Los lazos que unen a Raimundo Lida con el institucionismo no son tan directos. Lida era de padres judíos oriundos de una ciudad en lo que hoy es Ucrania. Emigraron a Argentina en 1908 cuando Raimundo todavía no había cumplido un año (Barrenechea 517). La lengua de la casa del que sería uno de los lingüistas más destacados del español fue el yidis (Gómez Bravo 723). La trayectoria de la escolarización de Lida muestra el alcance transoceánico de las ideas institucionistas. En Buenos Aires, Lida fue estudiante y colaborador del filólogo y crítico español, Amado Alonso. Esto apunta a un importante paralelo: de manera parecida a lo ocurrido cuando el presidente de la Universidad de Columbia aceptó la recomendación dada por Ramón Menéndez Pidal para que Federico de Onís dirigiera el programa graduado de español de esa universidad, que tuvo como consecuencia la creación del influyente Hispanic Institute, fue también por recomendación de don Ramón que la Universidad de Buenos Aires nombró a Américo Castro en 1923 como fundador de su Instituto de Filología, y como su sucesor en 1927, a otro institucionista, Amado Alonso (Clara Lida). Llegan así las ideas y métodos del Centro de Estudios Históricos a ambas Américas casi a la vez, y vuelven de nuevo a reunirse los propulsores de las mismas en la América del Norte, pues Raimundo Lida enseñaría en Harvard, donde ya se encontraba Amado Alonso (ambos exiliados por la dictadura de Perón en Argentina), a quien también seguiría en la jefatura del departamento de esa Universidad. En el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, Lida también había trabajado con Pedro Henríquez Ureña, cuyo hermano, Max, había sido profesor de la Escuela Española el verano de 1947, y cuya hermana, Camila, había venido por varios veranos. Es evidente que Del Río había contratado a Lida para enseñar cursos de lingüística hasta entonces a cargo de Tomás Navarro Tomás.

Otra ocasión de continuidad en el personal, esta vez la de la familia Salinas, la daban Jaime, el hijo del poeta, y su cuñado, Juan Marichal, que enseñaba en esos momentos en Bryn Mawr pero pronto regresaría a Harvard. Jaime, por su parte, había tenido una vida muy azarosa, que narra en su autobiografía, Travesías, libro que en lo que respecta a la cronología de sus estancias en Middlebury hay que leer con cuidado, como hemos visto en el caso de Cernuda. Él mismo lo reconoce en la página 483: “Han sido tantos los veranos que pasé en Middlebury que me es muy difícil diferenciarlos o reconstruir su orden cronológico. De ese verano de 1952 recuerdo que pasé a formar parte del profesorado y a percibir un sueldo de doscientos cincuenta dólares”. Y tampoco estuvo Jaime en Middlebury como profesor en 1952, sino en 1953 y 1954. Lo que Jaime nos deja son impresiones, opiniones, recuerdos muy valiosos sobre los personajes que conoció durante sus veranos en Middlebury. Ejemplo de esto son sus notas para el verano de 1954, cuando le tocó compartir una suite en Hepburn Hall con Raimundo Lida, de quien da una semblanza muy emotiva que citamos en casi su totalidad:

Me molestaba tener como compañero de suite a un personaje mítico del que había oído hablar en casa con sumo respeto y admiración. Pero desde el primer día descubrí que era una persona de una delicadeza y bondad extraordinarias [. . .]. Siempre demostró un paternal interés por mí. Comprendía mis tribulaciones, mis dudas y mi desorientación acerca de mi futuro. Me escuchaba con paciencia, sin darme consejos facilones, y consiguió que me sintiera cómodo y protegido.
Una de esas tardes compartidas, llamaron a la puerta de la habitación. Alguien me entregó un telegrama abierto. Era de Tata Andrea y me decía que la noche anterior, mientras dormía pacíficamente, mi madre había muerto. Sólo se me ocurrió entregarle el telegrama a Lida, que me cogió en sus brazos. Estuvimos un rato sin decir palabra. Su abrazo, tan cálido, tan lleno de sabiduría, se lo agradeceré toda mi vida. Sin una palabra, sin una lágrima, todo estaba dicho. (489-90)

Jaime Salinas y su hermana Solita y el amigo de ambos, Claudio Guillén, representaban la generación que había salido de España cuando eran niños y habían hecho su escolarización en los Estados Unidos. Un grupo aun mayor de exiliados había ido a México, y sus hijos se habían educado allí, al menos en parte. Juan Marichal era uno de ellos. Ahora, en 1954, llegó otro de esos miembros de la “segunda generación”, Roberto Ruiz (Madrid, 1925). Era hijo de españoles que se habían exiliado en México cuando Roberto era niño, y allí había hecho sus estudios. En 1959 comenzó a enseñar en Middlebury durante el año académico. Su trabajo incluiría el teatro y la música. Su labor narrativa comenzó también en esos años y ha escrito varias novelas sobre el exilio (Piña Rosales).

En el informe anual del director, Casalduero hace notar otras novedades. En primer lugar, que había 15 estudiantes menos que el verano anterior. Lo atribuye a que había mucha competencia por parte de otros programas en Estados Unidos, Hispanoamérica e incluso España. Propone como solución que, en el futuro, la publicidad para la Escuela enfatizara la calidad de la enseñanza en el programa de verano y el éxito de los programas de maestría y doctorado que Middlebury tenía en Madrid, que atraían a muchos estudiantes y estaban ya en su cuarto año de funcionamiento (Report). Esto le parece a Casalduero un gran logro del College, que desde el punto de vista del programa académico era muy cierto, pero que no tomaba en cuenta el hecho de que los estudiantes graduados que iban a España podían acabar con todos los cursos necesarios para la maestría en un año. En consecuencia, no tenían que venir cuatro veranos a la Escuela sino solamente uno, lo que obviamente afectaba el número de estudiantes en Middlebury. El problema, desde entonces y hasta el presente, es que el número de estudiantes reclutados tiene que ser suficiente para abastecer a dos (o más) centros de instrucción. Esto se logró el año siguiente.

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