En Las Montañas De Vermont: Los Exiliados En La Escuela Española De Middlebury College (1937-1963)

Capítulo 5: Juan Centeno—Tercera Parte: 1943-1949

1943

Es precisamente la marina de guerra la que causaría otro gran cambio en la vida de la Escuela el verano de 1943. En abril de ese año, Middlebury fue uno de los muchos colleges y universidades que se incorporaron a un programa de las fuerzas armadas estadounidenses para preparar oficiales rápidamente y en grandes números. En julio, quinientos estudiantes de la llamada “unidad V-12”  comenzaron su preparación en materias que ayudarían al esfuerzo bélico, como matemáticas y física, sin dejar de lado su entrenamiento militar. De Middlebury, los aspirantes a oficiales pasarían a escuelas más especializadas en la parte militar de su preparación. Para cuando se cerró el programa al terminar la guerra, 1.200 futuros oficiales de la marina de guerra, provenientes de 20 estados, habían estudiado en el campus de Middlebury (Stameshkin 76).
Como las clases se impartían en tres semestres con pocas vacaciones entre ellos, las residencias no quedaban libres para las escuelas de lengua en el verano y por eso hubo que redistribuir su localización. La Escuela Alemana fue trasladada al pueblo de Bristol, y la Escuela Española, mucho más grande, tuvo que mudarse al campus de Bread Loaf, que se encuentra en las montañas al este y a una media hora de Middlebury, pasando los pueblos de East Middlebury en las faldas, y ya en la montaña propiamente, el pueblo de Ripton. Bread Loaf es el campus de la Escuela de Inglés y de la famosa “Writers’ Conference”, y a partir de ese verano y hasta el final de la guerra, estas dos instituciones tuvieron que aplazar sus reuniones hasta que finalizara la sesión de la Escuela Española. Como sus edificios de madera y no habilitados para el frío no tenían capacidad para acomodar al número de estudiantes que habían venido el verano anterior, se aceptaron solamente 200. A pesar de eso hubo que albergar a algunos en el pueblo de East Middlebury, así como en casas particulares en la montaña.

Ese primer verano en Bread Loaf no comenzó bien. A finales de la primavera y principios del verano, los campos de Vermont albergan un tipo de insecto conocido como “black fly” (mosca negra), cuya picadura puede causar irritaciones y escozor en la piel. Freeman escribe que “las moscas negras tenían una feroz apetencia por la sangre española”. Sin embargo, sigue escribiendo Freeman: “La Escuela Española disfrutó de Bread Loaf [...] y para el final de la primera semana todos se habían reconciliado con el nuevo local, y para el final de la sesión, todos se habían vuelto entusiastas de Bread Loaf” (1975, 103).  Si para los profesores que venían de ciudades como Nueva York y Madrid, Middlebury resultaba un entorno rural, al menos estaba en un pueblo al que se podía ir caminando y donde había un cine, una estación de trenes que conectaban con el resto del país, algunas tiendas y restaurantes, etc. En Bread Loaf no había (ni hay todavía) nada, excepto las instalaciones necesarias para albergar a los estudiantes y para satisfacer sus necesidades más básicas (cocinas, comedores, lavanderías). El pueblito más cercano, Ripton, cuenta con una pequeña tienda donde se vende lo necesario, y una escuela primaria, y está a 4,5 kilómetros (2,8 millas) en una empinada carretera. Como en esa época pocos tendrían autos, la estancia en Bread Loaf y el aislamiento deben haber sido difíciles de aceptar al principio, como explica Freeman. Sin embargo, su localización entre las suaves cimas de las Green Mountains, la belleza circundante, las temperaturas bonancibles y la tranquilidad más absoluta parecen haber acabado por ser aceptadas como ideal para la distención y el descanso. Y el lago Dunmore quedaba cerca y se prestaba a excursiones.
 
Freeman menciona (60) a los dos profesores que vinieron patrocinados por el Departamento de Estado norteamericano, Samuel Ramos, mexicano, y Daniel Samper Ortega, colombiano. Ramos era un profesor de filosofía que ya había escrito el libro por el que se daría a conocer, El perfil del hombre y de la cultura en México, publicado en 1934, y que se convirtió en referencia obligada para los estudiosos de la cultura de ese país hasta que fue substituido en ese sitial por el libro escrito por alguien que ocuparía el puesto de Ramos en Bread Loaf dos veranos después. Samper Ortega, por su parte, era historiador, novelista, profesor, y además había sido por varios años director de la Biblioteca Nacional de Colombia. Lamentablemente, a su regreso del verano en Bread Loaf, murió en su ciudad natal de Bogotá cuando solo tenía 47 años.

Otros dos importantes intelectuales latinoamericanos en el profesorado ese verano vinieron por iniciativa de Juan Centeno: Alberto Gerchunoff y Mariano Picón Salas. El argentino Alberto Gerchunoff no aparece en el catálogo de ese verano, por lo que es de suponer que se encontraba en Bread Loaf como conferenciante invitado en el momento en que se hace la foto. Su obra más conocida es la colección Los gauchos judíos, una recopilación de sus artículos sobre los inmigrantes judíos a las pampas argentinas publicados en el periódico La Nación, de Buenos Aires, colección que fue aumentando con las nuevas ediciones. Según la Encyclopaedia Judaica, ese libro, primeramente publicado en 1910, “fue el primer relato latinoamericano de la emigración al Nuevo Mundo y también la primera obra de valor literario escrita en español por un judío en tiempos modernos” (Goldbeg).

El otro profesor fue Mariano Picón Salas. Escritor, pedagogo y diplomático venezolano, se encontraba de agregado cultural en la embajada de su país en Washington y de profesor visitante en la Universidad de Columbia ese año. En Nueva York, y luego en Bread Loaf, escribiría un libro que luego se volvería de obligada lectura en muchos programas de estudios de español de universidades estadounidenses, De la conquista a la independencia: Tres siglos de historia cultural latinoamericana, publicado al año siguiente de su verano en Vermont, en 1944. En el prólogo al libro (o “Advertencia”, como lo llama el autor), escrito en enero de 1944 en la universidad de Columbia, dice Picón:

Rememoro, al ofrecer al público este manojo de cuartillas, las horas de estimulante diálogo con excelentes maestros, animadores y compañeros con quienes alterné durante mi trabajo universitario en los Estados Unidos: don Federico de Onís, don Tomás Navarro Tomás y don Ángel del Río de Columbia University; don Juan A. Centeno de Middlebury College y los poetas Pedro Salinas de John Hopkins University y Jorge Guillén de Wellesley College […] Debo a tan buenos amigos y maestros más de una sugestión provechosa. (Picón Salas 10)

Cuando Picón menciona a Middlebury en el prólogo al libro, es posible imaginar las conversaciones que tendría su autor con Samuel Ramos, cuyo libro trataba un tema similar, aunque circunscrito a México. Los cursos de ambos ese verano tienen temas que reflejan los de sus libros, cuyos títulos el boletín del año traduce como Evolution of the Culture of Mexico, el de Ramos, y Determining Elements in the Cultural History of Hispano-America, el de Picón Salas (Middlebury College Bulletin 1943 72, 74). Este último solamente habría tenido oportunidad de hablar por extenso con Salinas y Guillén en Middlebury, pues él vivía en Nueva York y los otros en Baltimore y Boston, respectivamente. Otros que menciona en su prólogo eran sus colegas en la Universidad de Columbia.
Tanto Ramos como Samper vinieron a Middlebury patrocinados por la Division of Cultural Relations del Departamento de Estado. La política del Buen Vecino y la ayuda de Richard Pattee comenzaba a tener buenos resultados para la Escuela (Middlebury College Bulletin 1943 60, 72, 74).

1944

La Escuela siguió en Bread Loaf el verano de 1944. La foto del grupo (que como recordaremos aparece en el Bulletin del año siguiente, 1945) muestra en el sitio reservado para invitados especiales, o sea, el centro de la primera fila, a José María Chacón y Calvo. Su nombre no aparece en el Bulletin para ese verano, lo que puede indicar que o fue un nombramiento tardío del Departmento de Estado (estos nombramientos se hacían por lo general después de que el Bulletin ya estaba en prensa), o fue una sustitución de profesores que por dificultades causadas por la guerra no pudieron venir ese verano (Freeman 1975, 100). Chacón y Calvo, que había sido embajador de Cuba en Madrid, estaba enseñando en la Universidad de Columbia ese año pero había vivido en España en la década de los años veinte, trabajado con Ramón Menéndez Pidal, y colaborado en su Revista de Filología Española, como tantos otros que luego serían profesores de la Escuela (Chacón y Calvo). En 1922, durante una visita a Sevilla para la Semana Santa, había conocido a Federico García Lorca, con quien entabló una gran amistad que mantuvo a partir del regreso de ambos a Madrid. Centeno pudo haberlo conocido entonces. El cubano fue uno de los organizadores de la exitosa visita del poeta español a Cuba en 1929, y uno de los primeros promotores de su obra en la isla (Gibson 114).

También parece haber sido un nombramiento de última hora, después de la publicación de Bulletin, el de otro poeta cubano (aunque nacido en España), Eugenio Florit, igualmente profesor de Columbia, y gran admirador de la obra de Federico García Lorca. Chacón y Calvo y Florit habían hecho posible la efusiva recepción que recibió García Lorca en Cuba donde, después de su estancia en Nueva York, estuvo tres meses. De ello da cuenta la siguiente cita:

En 1926 Chacón da a conocer por primera vez en Cuba la poesía de Lorca en la revista Social y en 1928, el poeta hispanocubano Eugenio Florit firmó un entusiasta artículo en la Revista de Avance con motivo de la aparición del Romancero gitano recién publicado en España, y de nuevo la revista Social reprodujo “Romance de la luna, luna” y “La casada infiel”, poema este último que causó furor en La Habana y que Lorca dedicara a Lydia Cabrera y su negrita (Carmela Bejarano). Y en 1929 el crítico cubano [sic] Antonio Oliver Belmás, al tiempo que da noticias del agotamiento del Romancero gitano en las librerías habaneras, publica en la Revista de Avance un amplio ensayo sobre Gerardo Diego y García Lorca  [. . .].  La llegada a La Habana el 7 de marzo es anticipada por la prensa cubana, que no vacila en calificarlo como “el más eminente poeta español del momento”. Acuden a recibirlo al puerto, por supuesto Chacón y Calvo, y algunas de las figuras más relevantes de la cultura cubana, entre ellos el joven poeta Juan Marinello y el profesor Féliz [sic] Lizaso. (Serrano)

Chacón se encontraba en Madrid al estallar la Guerra Civil, y su generosidad hacia sus amigos tendría, en una instancia, una fatal consecuencia: “José María Chacón y Calvo vivió hasta el final de sus días con la pesadumbre culposa de haberle facilitado a Federico las 250 pesetas para pagar el coche-cama que lo conduciría a la muerte” (Serrano).

Chacón y Calvo
 tiene el raro privilegio de haber sido, que sepamos, el único miembro del profesorado de la Escuela con título nobiliario. Había nacido en 1892 en un hermoso pueblo de la provincia de La Habana que habían fundado sus antepasados, Santa María del Rosario. Cuba era todavía colonia española, y varias familias cubanas ostentaban títulos. Chacón y Calvo era el sexto Conde de Casa Bayona y, como murió sin descendencia, fue también el último (Chacón y  Calvo).

Fue un verano donde coincidieron varios poetas. Y al menos dos de ellos tuvieron la suerte de conocer al poeta “oficial” de Bread Loaf, Robert Frost, quien enseñaba en la Escuela de inglés y tenía una pequeña cabaña entre los montes. Como escribe Freeman, “Robert Frost tomó un interés generoso en la Escuela y recibió la visita de varios miembros del profesorado, especialmente Casalduero y Florit” (1975, 103). Pero no fue sino hasta el verano de 1945 cuando se daría su encuentro con otro poeta de la Escuela Española quien dejó constancia escrita de su visita.

1945
Aunque ya el final de la guerra se acercaba, la Escuela pasó otro verano en Bread Loaf, y contaba con la presencia como profesor de un joven poeta mexicano, Octavio Paz, otro futuro ganador del Premio Nobel de Literatura, el segundo que la Escuela Española cuenta entre sus antiguos profesores. La estancia de Paz en Middlebury la recuerda el propio poeta en una larga carta del 30 de agosto de 1982 al poeta catalán Pere Gimferrer. Cuenta Paz que se encontraba en San Francisco tratando de sobrevivir con “empleos pintorescos” cuando:

Un buen día [. . .] recibí un telegrama de un profesor Zenteno [sic] (algún día te hablaré de él: vale la pena) que me invitaba a dar un curso durante unas semanas del verano de 1944, en Middlebury College. No sé quién me recomendó con él [. . .]. Allí conocí a Jorge Guillén y a don Fernando de los Ríos. (Memorias 229)

A casi cuarenta años de los hechos, la memoria de Paz sobre los mismos no es precisa en algunos detalles. Algunos ejemplos: Freeman escribe en su libro (101) que Paz fue enviado por el Departamento de Estado, pero Paz no menciona esa conexión. En cuanto al año que Paz recuerda en su carta a Gimferrer como 1944, la foto de grupo del Bulletin de 1946 es indudablemente del profesorado de 1945, y ahí está el joven poeta.

Tampoco tenemos noticia sobre cómo estableció contacto con Robert Frost, pero es de esperar que fuera un tema de conversación entre los poetas que se encontraban en la Escuela ese verano. Paz cuenta a Gimferrer detalles de la visita:

A unos pocos kilómetros, en una casita de madera despintada [. . .] vivía Robert Frost [. . .] Me contó del primer poema que había escrito, aún adolescente, sobre la caída de México-Tenochtitlán y me contó que era un gran lector de Prescott. (1999, 229)

Sobre la visita a Frost hay un artículo que Paz escribió para la influyente revista argentina Sur y que había publicado unos pocos meses despúes, en noviembre de 1945 (Paz, 1945), pero en la misma carta a Gimferrer, al comentar sobre el artículo, Paz reconoce: “Ahora, al releerlo, temo que le atribuí [a Frost] algunas de mis preocupaciones de entonces” (1999, 229).

Sobre lo que no cabe duda es que la relación de Paz con Centeno tiene que haber sido muy buena y de mutua admiración. Ya hemos visto que Paz habría querido hablar de ella con más detalle. Y es obvio que Centeno también veía méritos en Paz, pues llegó a ofrecerle un trabajo permanente en Middlebury. Esto tuvo como consecuencia que el poeta tomara una decisión que cambiaría su derrotero artístico y existencial. Al final de ese verano, Paz volvió a Nueva York, donde trabajaba en doblaje de películas para la Metro Goldwyn Mayer. Un amigo le invitó a solicitar entrada en el Servicio Exterior mexicano y Paz y el amigo fueron a Washington a tramitar el asunto. La oferta desde México coincidió con la de Middlebury y escribe Paz:

Dudé, pues precisamente antes de salir de Nueva York había recibido un telegrama del providencial [énfasis mío]  Zenteno ofreciéndome un puesto de profesor de literatura española en Middlebury College [. . . ] Si yo hubiera aceptado el ofrecimiento de Zenteno (que era lo más cuerdo) mi vida habría sido totalmente distinta. Mi evolución poética habría sido diferente. En lugar de haber sido amigo de los surrealistas [. . .]  habría conocido a los poetas norteamericanos de mi generación. Todos ellos vivían en el Este y todos ellos frecuentaban el mismo mundo universitario al que yo estaba destinado. ¿No te parece extraño? Y algo más: en el fondo yo estaba más cerca de ellos que del surrealismo.  (1999, 230-231)

En otra carta, Paz describe con claridad retrospectiva el futuro que le hubiera esperado si hubiera aceptado la oferta de Centeno y se hubiera incorporado al grupo de poetas norteamericanos que menciona:

Releí a los poetas de esa infortunada generación: Lowell, Berryman, Roethke, Schwartz, Jarrell y su discípula y víctima: Sylvia Plath [. . .] Elizabeth Bishop (para mi gusto ella escribió los poemas más perfectos de esa generación) [. . .]  Todos ellos vivieron sus infiernos privados en términos psicoanalíticos. Freud no los curó pero les dio un vocabulario y una sintaxis [. . .]. El destino de estos desdichados poetas me ha hecho palpable el desarraigo del hombre moderno [. . . .]  Por primera vez estamos de verdad solos. (999, 224-225)

Este tema de la soledad lo exploraría Paz en profundidad en un libro de ensayos publicado en 1950, cinco años después del verano en Bread Loaf. El laberinto de la soledad sería una indagación del alma mexicana que profundizaría en el tema abordado por Samuel Ramos:

La soledad, el sentirse y el saberse solo, desprendido del mundo y ajeno a sí mismo, separado de sí, no es característica exclusiva del mexicano. Todos los hombres, en algún momento de su vida, se sienten solos [. . .] La soledad es el fondo último de la condición humana. (Paz 1959, 175)

El origen de esta indagación se remonta a los años que pasó el poeta en los Estados Unidos antes y después de su verano en Middlebury, como Paz mismo reconoce:

Basta [. . .] con que cualquiera cruce la frontera para que, oscuramente, se haga las mismas preguntas que se hizo Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México. Y debo confesar que muchas de las reflexiones que forman parte de este ensayo nacieron fuera de México, durante dos años de estancia en los Estados Unidos. (Paz 1959, 11-12)

Paz sugiere que, de haber aceptado la oferta de Centeno, habría acabado como varios de los poetas norteamericanos con quien tenía tanto en común, o sea, alcoholizado y, podríamos agregar, quizás suicida, como al menos tres de ese grupo que menciona. Providencialmente, no sucedió así y la próxima visita de Paz a Middlebury fue durante el verano de 1992 para recibir un doctorado honoris causa, dos años después de haber ganado el Premio Nobel de Literatura.

De la familia de los Ríos-García Lorca, solamente vinieron ese verano Fernando de los Ríos e Isabel García Lorca. El resto debe haber permanecido en Nueva York, pues Laura estaba por dar a luz a su primera hija, Gloria, lo que ocurrió en septiembre. A los pocos días, el 30 de ese mes, murió el patriarca de la familia, don Federico García Rodríguez (Poco a poco 253). Otro gran ausente ese verano fue Pedro Salinas, quien había pedido licencia a la Universidad Johns Hopkins en 1943 y se había ido a enseñar a la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, donde permanecería por tres años. Allí el poeta vivía, como describe en carta a Centeno, “entregado a una vida regular, casi monótona, pero deliciosa. Se me pasan las horas sentado en una terraza mirando al mar, leyendo, escribiendo, ganduleando” (Salinas 1991,120). [Para leer un testimonio de una estudiante de los veranos en Bread Loaf hacer click en el enlace: 44-46 Sp Sch Alumna Enid Hyde]

1946

Terminada ya la guerra, vuelve la Escuela al campus de Middlebury en 1946. La familia Salinas regresó al completo. Jaime había pasado parte de la guerra en Europa como miembro del servicio de ambulancias del American Field Service. Su trabajo ese verano era el de siempre, el transporte al campo de los que llegaban a la estación de trenes, el correo y la librería de la Escuela. Solita, que ya había terminado la universidad y había comenzado a enseñar en Vassar, comenzó también a enseñar en la Escuela. Y en la foto del grupo se la ve junto a quien pronto sería su prometido, Juan Marichal. Era éste un joven español exiliado que hacía su doctorado en Princeton con Américo Castro. Parece haber sido uno de tantos profesores contratados en último momento, pues su nombre no aparece en el boletín publicado en marzo de ese año. Quizá fue también uno de los recomendados por Pedro Salinas, aunque Marichal contaba con otros posibles referentes. Según Jaime Salinas, María Díez de Oñate, quien en esos años estaba de profesora en un colegio cercano a Princeton, propició el romance entre Solita y Juan, pues se conocieron en su casa. Una recomendación suya a Centeno no pasaría desapercibida. En un detalle de la relación no estamos de acuerdo con la fecha que propone Jaime Salinas en su libro: “La primera vez que vi a Juan Marichal debió de ser en Middlebury en el verano de 1945. Estaba tumbado en el césped al pie de Hepburn Hall con mi hermana. Tenía pocos años más que yo, era bien parecido [...] Mi hermana me lo presentó” (344). En el verano de 1945, como ya hemos visto, la Escuela todavía estaba en Bread Loaf, y Jaime no regresaría de Europa hasta agosto (302).

Los criterios que utilizaba Centeno para encontrar a los profesores de su Escuela no distan mucho de los que todavía hay que tener en cuenta. No era solamente cuestión de la capacidad académica de los posibles profesores, sino el saber si podrían soportar los rigores de convivir con estudiantes y con colegas, compartir con ellos todas las horas del día, al igual que baños, comedores, espacios comunes, etc. Como todo director, pediría recomendaciones o preguntaría a profesores de la Escuela y a amigos y conocidos en el campo de la educación universitaria, y una vez conseguidos los nombres, tendría que advertir a todo aspirante de las condiciones que encontraría en las residencias, lo cual no debe haber sido del agrado de todos. De una u otra manera, se las arreglaba Centeno para reunir a un personal que, directa o indirectamente, o era de gran renombre en la cultura española e hispanoamericana o pronto llegaría a serlo, o tenía relación de familia con los que ya se encontraban aquí, como veremos en dos casos de profesores en la sesión de 1946.

Pilar de Madariaga había comenzado a venir en 1932, el último año de Samuel Gili Gaya como director y con Centeno ya a cargo de la decanatura. Aunque Pilar había completado estudios en la Universidad de Madrid, se había doctorado en Química y quizá Centeno la hubiera conocido en esos momentos cuando él estudiaba Medicina. Otro posible contacto puede haber sido Salvador de Madariaga, el hermano de Pilar, gran admirador de las ideas de Giner de los Ríos, de la Institución, y de la Residencia de Estudiantes (González Cuevas 150). Salvador de Madariaga fue por siete meses de 1931 embajador de la República en Washington (161), antes de ser destacado en París y acabar, como su hermana, exiliado en los primeros años de la Guerra Civil. De 1930 a 1932, Pilar se encontraba en Vassar y la Universidad de Columbia, ampliando sus estudios en la especialidad de espectrocopía. Debe haber sido entonces cuando Centeno la contrató. Pasó unos años en España, durante los cuales, entre otras cosas, trabajó en el equipo de investigadores del prestigioso científico Miguel Ángel Catalán, yerno de don Ramón Menéndez Pidal. Al exiliarse en Estados Unidos y comenzar a enseñar lengua y literatura españolas en Vassar, Pilar sacó la maestría en Middlebury y enseñó en la Escuela por varios veranos hasta la década de los cincuenta (Peyrot Marcos).

Otro ejemplo de interés es el de Cecilia Ingenieros, quien aparece en la foto de grupo inmediatamente detrás de Casalduero. El padre de Cecilia, José Ingenieros, había sido médico, filósofo positivista, y autor de nacionalidad argentina, aunque nacido en Italia. Su libro, El hombre mediocre, fue lectura casi obligada de la juventud hispanoamericana de la década de los años veinte. La especialización de Cecilia era la danza y aunque su nombre aparece en la lista de profesores del Bulletin para ese año, lo cual indica que no fue un contrato de última hora, no figura como enseñando curso alguno. Esto podría indicar que su trabajo era desarrollar actividades co-curriculares. Pero no hay mas detalles sobre las razones que Centeno tendría para invitarla ni la manera en que supo de ella—quizás las amistades que tenían en común en Nueva York la recomendaron. Porque Cecilia parece haberse encontrado en Nueva York para escapar de una oferta de matrimonio de nada menos que Jorge Luis Borges. De manera similar a lo ocurrido con Octavio Paz, cuya vida se desenvolvió de la manera ya vista por no haber aceptado la invitación de Centeno a enseñar en Middlebury durante el año académico, la de Borges hubiera sido muy distinta de haber permanecido Cecilia Ingenieros en Buenos Aires y no haber venido a Nueva York y Vermont. En su artículo “Las novias de Borges”, Mario Paoletti relata lo siguiente:

 [Borges] la conoció en 1939, en una reunión de la que salieron juntos por casualidad. Descubrieron que eran vecinos y que les gustaba caminar. La pretendió entre 1941 y 1943. “Yo estaba perdidamente enamorado de ella y las cosas marchaban bastante bien. Juntos planeamos un viaje a Europa. Nos casaríamos allí; esa era la idea. Pero un día nos encontramos en una confitería del Centro y Cecilia me dijo: “Dentro de dos semanas me voy a Europa”. “Nos vamos, querrás decir”, la corregí yo. “No, me voy sola. He decidido no casarme con vos”. Y allí se acabó el noviazgo. Cecilia, que era bailarina, se fue a EE.UU. a estudiar con Martha Graham. (Paoletti)

Regresó a Buenos Aires y fundó la primera compañía de danza contemporánea en Argentina (Mazzaferro) Es difícil imaginar lo que hubiera hecho como escritor un Borges casado y en Europa en los años duros de la posguerra, pero es indudable que no hubiera seguido la trayectoria que el permanecer en Buenos Aires le dio a su obra. De la corta relación entre la bailarina y el escritor queda un importante referente literario, pues fue durante ese período que Cecilia Ingenieros sugirió a Borges la trama de “Emma Zunz”, uno de sus cuentos más antologizados.

Ese verano otro poeta se unió a los veteranos Pedro Salinas y Eugenio Florit. Antonio Sánchez Barbudo, a quien y conocemos por la correspondencia que citamos entre él y Navarro Tomás sobre los últimos días de Antonio Machado, era un joven poeta español y uno de los fundadores de la revista Hora de España, que se publicó primero en Valencia y luego en Barcelona, según el gobierno republicano cambiaba de sede ante el avance de los franquistas.

La influencia de Salinas queda patente en la invitación a uno de sus colegas en la facultad de John Hopkins. El austriaco Leo Spitzer, gran filólogo especializado en las lenguas romances y una de las figuras cimeras del campo en toda Europa. De hecho, Salinas lo cita como una de las causas de su decisión de ir a Baltimore en carta a Alfonso Reyes del 5 de mayo de 1940, donde escribe: “Ya me he decidido a aceptar, por fin, la cátedra de Johns Hopkins, que entre otras cosas me hará estar junto a Washington, y tener de compañero a Spitzer” (Salinas, 1991, 108). Spitzer visitó la Escuela durante la estancia en Bread Loaf para dar conferencias, y Freeman quedó muy impresionado con ellas (103). El College le dio un doctorado honorífico en 1946.

Muchos otros profesores ese verano fueron igualmente destacados. El resumen que de esos años hace Freeman refleja que estaba consciente de que la Escuela Española contaba en ese período con un profesorado que era, sin duda, el más brillante de todas las escuelas de lengua de Middlebury, e incluso de cualquier escuela graduada en el país:

En esta media docena de años, de 1941 a 1946, la Escuela Española de Middlebury era el foco y el lugar de encuentro para intelectuales y estudiosos de la cultura hispánica, hombres y mujeres, más destacados del mundo. En ningún otro lugar del mundo, particularmente después de la Guerra Civil española, podían poetas, autores, profesores, y diplomáticos españoles reunirse en ambiente tan informal y estimulante con sus contrapartes en Hispano América [. . .]  Aquí encontraron hombres y mujeres de igual calibre, y un grupo de estudiantes atentos y alertas. Aquí encontraron con quien congeniar, y también una atmósfera relajada pero intelectualmente sólida, una oportunidad para conversar, escribir, pensar. La mezcla de acentos, el intercambio de ideas y de puntos de vista representativos de todo el mundo hispánico tuvo lugar en el campus de Middlebury. Para aquellos afortunados que participaron de eso, fue una experiencia inolvidable. (1975, 101)

La fecha límite de 1946 que pone Freeman a esta época nos parece apresurada. La lista de extraordinarios profesores continuaría por varios años más. Lo que disminuiría, como era de esperar, y eso paulatinamente, sería la presencia de los exiliados de la Guerra Civil. Cuando comenzó a ser obvio que los vencedores de la guerra contra Hitler y Mussolini no tenían intención de derrocar a Franco por métodos bélicos, y que el dictador se preparaba a quedarse con el poder de por vida, algunos de los exiliados, aunque no todos, comenzaron a regresar a España, al menos los veranos. Por otra parte, resultaba más fácil para los directores de la Escuela traer a profesores radicados en España, al igual que de Hispanoamérica.

Lamentablemente, estos momentos de gran brillantez en la historia de la Escuela parecen haber transcurrido justo cuando para todos en ella era obvio que el protagonista de todo eso estaba enfrascado en una lucha contra la enfermedad que acabaría con sus días. Al menos desde 1942 ya se sabía el diagnóstico de la causa de sus síntomas, y era la tuberculosis (Garrido Domínguez 182 y ss). En medio de la pesadumbre que esto causaba, hay una buena noticia de la que Jorge Guillén da cuenta a Salinas en una carta desde Wellesley el 16 de febrero de 1946: “Otra noticia, universitaria también: Catherine va a tener una criatura el próximo mayo ¡Juanito se encuentra mejor!” (Salinas 1992, 375). La buena noticia del embarazo de Catherine tiene como contrapunto otra menos agradable sobre el hermano de Juan. En esa misma carta, y a continuación de las noticias sobre Juan y Catherine, Guillén continúa:

(Vi a Augusto [Centeno] en Washington. No volverá a Princeton. Está esperando su divorcio, y el comienzo de una “nueva vida”. De un egotismo —no encuentro término más elegante— que llega a límites increíbles. Es ya un caso extremadamente penoso. ¡Qué lástima! El energumenismo hace estragos entre estos terribles solitarios españoles. . .). (Salinas 1992, 375)

No dice más, pero la cuestión de cómo el “energumenismo” y el “egotismo” de Augusto se relacionan con la salud de Juan queda sin aclarar.

A pesar de la enfermedad, tanto Salinas como Guillén continúan enviando cartas a los Centeno con peticiones de trabajo o de recomendaciones o de libros de la biblioteca de Middlebury en casi todas las cartas que les envían: “El preocupante estado de salud del rondeño”, escribe Garrido Domínguez (180), “ni siquiera es óbice para que se dé un respiro al número de recomendaciones que recibe (...) Salinas no ceja tampoco, aunque en su descargo hay que decir que él es únicamente transmisor de las que le llegan”. [Para más información sobre este tópico hacer click en enlace: Salinas-Spitzer-visit.a.Midd]

1947

A partir del verano de 1947, los Centeno pudieron contar con la ayuda de Samuel Guarnaccia. Como hemos visto, conocía Middlebury desde adentro, por así decirlo, pues había recibido tanto su licenciatura como su maestría aquí; desde 1940 era profesor en el departamento y, en lo que se refiere a la parte administrativa, había trabajado en la de la Escuela el verano de 1942. De regreso de la guerra, asumía ahora el cargo de decano de la Escuela, que desempeñaría por muchos años. Su presencia se volvería referencia obligada de estudiantes y profesores que tuvieron la suerte de conocerlo y que lo recordaban, y todavía lo recuerdan, con cariño. Uno de ellos, Paul Smith, ha aportado una dotación para establecer la Conferencia Guarnaccia, que permite traer a un distinguido visitante al campus todos los veranos.

El grupo de ya veteranos ese verano incluía a Navarro Tomás, la familia de Salinas, que incluía a su esposa, sus hijos Jaime y Solita y el esposo de ésta, Juan Marichal; también estaban los Casalduero. La presencia de otro destacado lingüista, además de Navarro, fue notable en 1947. En la lengua española, el diccionario de etimología de referencia obligada se conoce con el nombre de “el Corominas” por su autor, el catalán Juan (Joan) Corominas, otro prestigioso exiliado, que en la década de los años veinte había sido estudiante de Ramón Menéndez Pidal y beneficiario de una beca de la Junta para Ampliación de Estudios que le permitió estudiar en Zúrich y en París (Corominas). Se dio a conocer en el mundo académico aún antes de terminar el diccionario y al comienzo de su exilio había fundado un importante centro de investigación lingüística en Cuyo, Argentina. En 1946 había recibido una cátedra en la Universidad de Chicago y ya para el verano del año siguiente se encontraba en Middlebury. No aparece en la foto del grupo, pero el Bulletin de las Escuelas ese año publica su biografía y lo incluye como profesor de un curso, “Sintaxis y Estilística Españolas” (Bulletin 1947 84).

Corominas es uno de los principales defensores, tanto en el plano lingüístico como en el político, de Cataluña y la lengua catalana, y en ese quehacer encontraría personajes afines en Middlebury. Es notable el buen número de profesores de la Escuela en estos años que habían participado en la vida política de sus países. Ese verano de 1947 en particular, había dos que podrían ser considerados como reformadores o incluso refundadores de su nación. De España era Emilio González López, que había sido profesor de ciencias sociales en varias universidades de su país y había participado en el gobierno de la República con varios cargos, entre ellos la elaboracion del estatuto de autonomía de Galicia, de donde era natural. Carlos Blanco Aguinaga, con quien coincidiría en 1956, lo describe en sus memorias como: “Un gallego muy especial [...] quien pretendía nada menos que organizar contra Franco a TODOS los gallegos de América, desde Nueva York hasta Buenos Aires, adonde viajaba a menudo, según contaba asombrado Paco García Lorca” (121). En el exilio neoyorquino, González López se había dedicado a la literatura, sobre todo la de su Galicia natal. Llegaría a ser director del programa graduado de la City University of New York, y director de la Escuela Española en los años posteriores a los de este recuento (Vallejo, José).

De Hispanoamérica llegó alguien igualmente implicado. Se trata del cubano Jorge Mañach, quien había sido uno de los redactores y signatarios de la constitución cubana de 1940, la que años después sería derogada por Fidel Castro (Constitución cubana de 1940), y quien llegó a ocupar dos cargos ministeriales. Mañach era un caso excepcional en la historia de la Escuela porque era alguien personalmente conocido por Stephen Freeman, quien escribe en su historia que el profesor cubano había sido “compañero de promoción en Harvard”. y que se sintió “particularmente contento” por su nombramiento como visiting professor (1975, 103).

Cuando era adolescente, Mañach había venido a los Estados Unidos a acabar su bachillerato en la Cambridge Latin School en Massachusetts, donde su trabajo le valió una beca en la Universidad de Harvard, de la que se graduó magna cum laude, lo que a su vez le valió otra beca, esta vez para hacer estudios de Derecho en París. Volvió a Cuba, continuó sus estudios en la Universidad de La Habana y al terminarlos entró de lleno en la vida cultural y política del país (Segreo 43-44). Fue en esta década de los veinte cuando, con un grupo de amigos, fundó la influyente Revista de Avance, que dio un buen recibimiento a Federico García Lorca durante su visita en 1930. De la ceremonia organizada al final de esa visita nos informa el biógrafo de Lorca, Ian Gibson:

Poco antes de que Lorca, Salazar y Luis Cardoza y Aragón dejaran Cuba, sus amigos en la Revista de Avance dieron una comida en su honor en el Hotel Bristol. Hubo discursos y el pintor [sic] Jorge Mañach expresó la tristeza de todos por la partida de los tres escritores, cuya presencia en La Habana había sido tan estimulante. (300)

La amistad con el poeta granadino unía a Mañach con muchos otros profesores de la Escuela, pero es quizá su presencia en la Universidad de Columbia lo que lo acercó a Centeno, quien usaba la universidad neoyorquina como cantera de profesores. Durante la década de los treinta, una dictadura en Cuba había hecho que Mañach se exiliara en Nueva York: “Se incorporó como profesor a la Facultad de Lengua y Literatura Hispánicas de la Universidad de Columbia [. . . ]. Es designado director de Estudios Hispánicos en el Instituto de las Españas de esa universidad. Formó parte del cuerpo de redactores de la Revista Hispánica Moderna [. . .] a la que contribuyó numerosos artículos” (Segreo 46). Regresa a Cuba, lo cual no impidió que en 1947 pasara el primero de varios veranos en Middlebury como profesor.

Otro cubano, esta vez adoptivo, también estuvo ese verano. Se trata del dominicano Max Henríquez Ureña. Lo había precedido en veranos anteriores su hermana, Camila, quien también volvería en el futuro. Como sabemos, la familia se había exilado en la parte oriental de Cuba, específicamente en Santiago de Cuba, capital de la provincia de Oriente, ciudad que por su proximidad a Santo Domingo había dado refugio a muchos exiliados de ese país. Fue en Santiago de Cuba, y en su gestión como presidente de la rama local de la Institución Hispanocubana de Cultura, donde Max llegó a conocer a Federico García Lorca porque patrocinó la visita de éste durante la estancia del poeta en Cuba en 1930. Federico había sido invitado por Max a dar una charla a finales de mayo, y en esa visita el poeta encontró la inspiración para su poema “Son de los negros de Cuba” o “Son de Santiago de Cuba” (Serrano). Max, como su hermano Pedro, viajó mucho por toda América y fue autor de numerosos estudios de historia literaria, el más conocido de los cuales es la Breve historia del modernismo, texto de obligada consulta para los estudiosos de ese período de la historia literaria en Hispanoamérica que va aproximadamente desde 1888 hasta 1916. Después de la caída de la dictadura de Trujillo, Max regresó a la República Dominicana y allí murió siendo profesor en una nueva universidad que lleva el nombre de su hermano, Pedro Henríquez Ureña (Henríquez Ureña).

1948
Además de los profesores que ya formaban un grupo casi permanente, el invitado de renombre para ese verano fue el poeta Luis Cernuda. Su nombramiento, según el biógrafo de los hermanos Centeno, fue una “apresurada sustitución de Jorge Guillén, que se recuperaba de una operación de la vista” (Garrido Domínguez 25). La información tiene que haber llegado con tiempo suficiente para que apareciera el nombre y la foto de Cernuda en el catálogo (Middlebury College Bulletin 1948) de las Escuelas, pero igual hay cierta confusión sobre esto en los que recuerdan la época, como veremos. Cernuda era también un exiliado español, algo más joven que Salinas, de quien había sido estudiante en Sevilla. Era una persona de difícil trato, sobre quien varios se pronuncian de manera defensiva. Jaime Salinas, por ejemplo: “Cernuda ni era tan difícil ni tan huraño como decían” (379). Pero el testimonio de Isabel García Lorca es muy diferente:

Conocí a Luis Cernuda en Middlebury. Nunca he visto a nadie que se sintiera peor en aquella escuela de Nueva Inglaterra que el pobre Luis Cernuda. ¡Qué capacidad tenía para el desprecio!¡Qué poco reconocía lo que a su lado hubiera de positivo! Sentía desprecio incluso por la gente que le admiraba como poeta y que buscaba su trato y su amistad. (233)

El libro de Isabel García Lorca nos ayuda a resolver un misterio. En las memorias de Jaime Salinas la cronología es confusa: en la página 370 escribe que Solita esperaba su primer hijo a principios de 1948, y efectivamente, Carlos nació el 10 de marzo (Marichal Salinas). En la página 379 escribe Jaime que “en 1949” Solita “esperaba otra criatura”, don Pedro “marchaba a Carolina del Norte para impartir unos cursos en la Universidad de Verano de Duke”, y Margarita, su esposa, volvería a Europa a visitar a la familia que no veía desde 1937. “Los demás saldríamos para Middlebury. Aquel verano Cernuda fue profesor visitante”.  

En el Bulletin para 1948 Juan Marichal aparece en la lista de profesores, dos veces en la lista de cursos, y en la foto del grupo (que aparece, recordemos, en 1949). Como Jaime menciona haber conocido a Cernuda en Middlebury, tiene que haber sido durante el único verano que estuvo Cernuda en la Escuela, que fue en 1948, como ha investigado a conciencia el profesor José Teruel (Teruel). Pedro Salinas no aparece ni en la foto ni en la lista de profesores de 1948. Tampoco aparece un curso con su nombre como profesor, pero es indudable que, después de pasar parte del verano en Duke University, fue a Middlebury a ver a la familia y a dar dos conferencias, como dice en carta a Guillén del 27 de junio de 1948: “Yo daré dos conferencias; aún no he decidido los temas”, y añade: “Tengo ganas de ver al joven Cernuda ” (Salinas 1992, 447).

De la estancia de ambos, Cernuda y Salinas, queda corroboración en el libro de Isabel, aunque ella dice que Salinas ofreció dos cursos: “Aquel año estuvo en Middlebury Pedro Salinas dando dos espléndidos cursos”. (237) Ya hemos visto que Salinas no aparece ni en la lista de profesores ni tampoco en la lista de cursos del Bulletin de 1948. Probablemente en vez de “cursos”, quiso Isabel decir “conferencias”. Isabel nos da descripción detallada de un encuentro entre los dos poetas que nos dice mucho de sus personalidades:

A Salinas, Cernuda no lo podía soportar [. . .]. Un buen día Salinas nos invitó a los dos a su cuarto a tomar café y unos fiambres y quesos que había comprado, porque las cenas de Middlebury eran bastante malas. Allí nos fuimos. Don Pedro nos leyó un artículo de su libro El defensor. Cernuda se comió casi todo lo que había por delante y no despegó los labios. Con manifiesta mala educación no dijo ni me gusta, ni no me gusta. Nada. Yo, al salir, le dije que no comprendía su actitud, que por lo menos debía haber dado las gracias por la invitación. “Es que todo me ha parecido malo, Isabel”. Y, mientras salíamos del edificio, iba negando una y otra vez que Salinas fuera poeta. Para él sólo se le podía considerar periodista. ¡Qué barbaridad! (237-8)

Salinas, por su parte, no se dio por enterado porque Cernuda no le dijo lo que en realidad pensaba de él. Por eso puede escribir a Guillén:

Para mí sigue siendo el mismo muchacho, en carácter, tímido, afectuoso, de pronto, un rato, luego resguardándose en sus pinchos, que no hieren. Conmigo se rompió el hielo, aunque antes nos entendíamos muy bien, al final de mi conferencia, cuando se me acercó, muy emocionado, y me dijo con voz temblorosa: “Está visto que sólo los poetas deben hablar de los poetas”. (Salinas 1992, 459)

No era Salinas el único blanco de los desplantes de Cernuda, según Isabel:

Uno de los profesores que verdaderamente intentó ser su amigo y se mostraba con él abierto y cariñoso fue el poeta Eugenio Florit. Era encantador, como lo suelen ser los cubanos. Pero nada. Cernuda se presentaba siempre como un auténtico muro infranqueable. (235)

Y, por último, tenemos una foto en que aparecen todos los mencionados:
Otro de los visitantes ese verano puede haber sido Rafael Lapesa, aunque de nuevo no queda constancia específica en el Bulletin, pero sí en el capítulo dedicado a Salinas en los recuerdos autobiográficos del propio Lapesa:

La Guerra Civil y la segunda mundial interrumpieron durante doce años nuestra comunicación con Salinas. Se reanudó con nuestra larga visita a los Estados Unidos en los años 1948 y 1949. Don Américo [Castro] me había invitado a enseñar en la Universidad de Princeton durante los cuatrimestres de primavera y otoño del 48; Amado Alonso hizo lo mismo para el curso de verano en Harvard; por consejo de Dámaso Alonso, Robert Seldon Rose me ofreció enseñar en Yale durante la primavera del 49; y César Barja y Erasmo Buceta me brindaron a continuación un curso de verano en Berkeley [. . .]. Salinas enseñaba entonces en la Johns Hopkins University de Baltimore; allí fuimos a visitarle desde Princeton. Con él coincidimos en Middlebury College; y en septiembre del 48, cuando Pilar tuvo que operarse en el Johns Hopkins Hospital, don Pedro y Margarita tuvieron para con nosotros no ya continuadas atenciones, sino asidua y confortante compañía. (Lapesa 126)

Esta larga cita muestra que Middlebury seguía siendo lugar de encuentro para el gran número de exiliados en el este del país. Es muy probable que la visita de Lapesa fuera en el verano anterior a la operación de Pilar, su esposa, en 1948, pues durante el semestre de primavera había estado en Princeton y lo haría de nuevo en el de otoño, lo que le dejaba el verano libre, mientras que en la primavera de 1949 estaría en Berkeley y el verano de ese año en Harvard. No se menciona la visita de Lapesa a Middlebury en ningún otro lugar que tengamos noticia, pero es de esperar que viniera a visitar amigos e incluso a dar una conferencia. La red de amistades que existía en Madrid se extendía en Norte América no solamente en la costa este, sino hasta California, e incluso en el “MidWest”, pues Lapesa enseñó también en Wisconsin, donde García Solalinde, el filólogo que había encarrilado a Juan Centeno hacia la enseñanza de la lengua y la literatura, había dejado escuela, como luego haría su discípulo en Middlebury.

Hacia el final de la sesión, las noticias que tenemos de Centeno no son buenas. Salinas le escribe a su amigo Guillén una larga carta que da cuenta de los hechos:

Juanito sigue lo mismo. La niña encantadora. No habla, pero es muy expresiva y graciosa. Yo antes de irme quiero hablar con Catherine. Casalduero se encastilla en su delicada abstención. Yo estoy decidido, aunque peque de indiscreto, a hablar claro con Catherine, con el tacto debido, por supuesto. Pero no puedo resignarme a aceptar esa atmósfera de derrotismo, de rendición, que se ha creado en torno al caso de Juanito, en que se da ya por seguro que no hay nada que hacer, más que dejarle. Aún no ha querido aceptar el cheque del Homenaje, que sube a 6.400 dólares, y que les serviría de algo. Tuvimos Navarro y yo una conversación con él, y creímos dejarle convencido. Pero todavía no ha contestado definitivamente. Es pura quijotería. (Salinas 1992, 452-453)

En esta cita se dejan entrever varios hechos. Primeramente que ya había nacido la hija de Centeno y que pronto quedaría huérfana de padre. Luego, que todos en la Escuela deben de haber estado al tanto de la situación de salud de Juanito y de las estrecheces económicas que la misma debe haber conllevado. La mención de un “Homenaje” en el que se recaudó lo que en esa época representaba una buena cantidad de dinero (hoy seria el equivalente a $64.700) así lo indica.

1949
Unos días antes de que se iniciara la sesión de 1949, el 19 de junio, Juan Centeno murió en el sanatorio del pueblecito de Pittsford, al sur de Middlebury. Tenía apenas 45 años. El 27 de febrero, Salinas le había escrito a Guillén lo siguiente:  “Centeno sigue mal. Escríbele, le alegrarás. Yo lo hago a menudo, aunque él no pueda contestar” (Salinas 1992, 485). Y en carta de junio, el mismo mes de la muerte de Centeno, otra vez escribe Salinas a Guillén:

Lo que me tiene muy apesadumbrado es lo de Juan Centeno. Me escribió Catherine una carta que me destrozó: no quiere vivir, eso es todo. Ya le han llevado al sanatorio, ni duerme ni le acepta el cuerpo alimentos. Él mismo confiesa que es víctima de una melancolía depresiva. Y mi obsesión es siempre la misma: ¿hemos hecho todo lo posible, los amigos? Me obsesiona la idea de que ha habido un momento, una coyuntura en que se les pudo haber sacado de allí, haber probado algo. Claro, hay una persona a la que no querría ni mentar, porque me parece el mayor monstruo, el hermano. De ese hermano podía y debía haber recibido Juan aliento de vida. No es cosa delicada entrar en tales materias, pero para mí acaso el motivo más hondo de la desesperación de Juan sea ese desengaño. ¡Y con lo que le ha querido, siempre! (504)

De nuevo otra carta que da lugar a nuevas preguntas. No queda claro lo que quiso decir Salinas con “se les pudo haber sacado de allí”, si se refería a Juan y a Catherine o si el lugar del que querría sacarlos era Middlebury y por qué consideraba importante “sacarlos de allí”. En cuanto a la relación entre Juan y Augusto, tal parece que cualquiera que fuera la causa de la desavenencia, Salinas no tiene la menor simpatía por Augusto, y al parecer, tampoco la tenía Guillén, como vimos en su carta del 16 de febrero de 1946, casi tres años antes de la muerte de Juan.

El sentido de que había habido una gran pérdida era compartido por muchos. Freeman dedica una página en su historia a describir y homenajear a su viejo amigo:  “Centeno dirigió una escuela caracterizada por una tranquila seriedad y una alta resolución de dedicarse al servicio del estudiante y a representar con dignidad la cultura española” (1975, 104). El abatimiento en la Escuela fue abrumador: “La gran pena que causó su muerte da idea del gran amor que sentían por él. Ese verano aun las otras escuelas de lengua que no lo conocían estaban conscientes de que el College había sufrido una dolorosa perdida” (1975, 105).

Para Salinas, Juan era alguien excepcional: “De las personas que no conocía antes de venir aquí, Juan es el alma más fina, delicada y modesta que he conocido” (Salinas 1992, 504). Salinas acabaría dedicándole un poemario suyo, Confianza, que Guillén publicó en 1955, tres años después de la muerte del poeta, y seis de la de Juan. Y el propio Guillén escribió un poema titulado “Juan Centeno”:

Se nos fue según vivía:
sin pedir al mundo nada,
quieto en su melancolía

¡Era de tal señorío
contemplando desde el puente
cómo pasa y pasa el río!

Elegante hasta en el modo
de parecer tan humano
mientras renunciaba a todo.

¡Cuánta su delicadeza
para quedarse detrás
cuando la función empieza!

Así fue don Juan Centeno.
Una sola pulcritud:
exquisito de tan bueno (García Vellido).

Y todavía en una carta a Emilio Prados de 1961, escrita en Roma, Guillén recuerda: “Me causó tanta alegría con tristeza ver la fotografía de la Residencia en la que estás con Federico, Vicens, otro a quien no conozco y Juanito Centeno. ¡Juanito, entonces tan risueño! Hombre admirable. De los españoles de más calidad que he conocido en mi vida” (Guillén, Jorge “Carta . . “.).
El poeta cubano Eugenio Florit, que había sido profesor de la Escuela por muchos años, dedicó también un poema a la memoria de Centeno:

Si parece mentira...
Todo está igual. Los viejos y los nuevos...
Cuando se vive, como tú, en la obra,
La muerte no separa de la vida.
Cuando se deja, como tú, la obra
Los tuyos, por tu amor, van a seguirla. (Freeman 1975, 336)

Joaquín Casalduero, en unos elocuentes párrafos dando la noticia al mundo académico en el Modern Language Journal, hace igual referencia a la dedicación de Centeno a su “obra”:

En pleno goce de su salud y enfermo, vivió constantemente y por entero dedicado a la Escuela. La Escuela era para él algo más que la enseñanza del español y de la civilización y las literaturas hispánicas [. . .] le preocupaba establecer un equilibrio entre la enseñanza práctica [. . .] y el estudio de las grandes literaturas y de la historia de la cultura; pero esto era únicamente el comienzo de su cuidado. Lo que quería era hacer de la Escuela un centro espiritual y profundo y esencialmente humano. Hasta el punto que es posible realizar un ideal, se puede afirmar que Juan Centeno consiguió lo que se proponía [. . .]. En Catherine Centeno encontró la mayor devoción para sus ideales. Quiso rodear su obra de modestia y de silencio, lo cual no hará que se olvide su nombre. La Escuela, sus amigos, sabemos lo que hemos perdido. Recoger su labor, continuarla, será la mejor manera de recordarle. (Casalduero 1950, 73)

Tal como lo vaticinaron Florit y Casalduero, la obra continuó, lo cual fue reconocido por Freeman en su Story: “El caracter de la Escuela Espanola es todavía en su mayor parte producto de la creación de Juan Centeno” (1975, 105). El personal de 1949 estaba compuesto mayormente por profesores y familias que ya habían estado, los “old faithfuls”, como los llamó Freeman (1975, 104), y esto puede haberse debido en parte a que Centeno había dejado todo organizado. Ya desde hacía algunos años no enseñaba durante el año escolar y concentraba sus esfuerzos en la Escuela Española con la ayuda de Catherine y de Sam Guarnaccia. El verano de 1949 fue el último que se debe a su iniciativa exclusivamente.

Centeno dejó escuela en todos los sentidos de la palabra, porque después de su muerte se sucedieron años de extraordinario esplendor bajo el patrocinio de dos de sus amigos que él había conocido en la Residencia de Estudiantes, Ángel del Río y Francisco García Lorca. Constituyen ellos la etapa que podría llamarse “columbiana” o neoyorquina de la Escuela, porque ambos eran profesores de la Universidad de Columbia y llegarían a ser jefes de su departamento de español. Mientras tanto, para ese primer verano sin Centeno, Joaquín Casalduero aceptó ser director en funciones, pero solamente hasta que se encontrara un director permanente.

Antes de continuar con este recuento hay que saldar una deuda: otra razón, y quizás la más importante, por la que la vida en Middlebury durante los veranos era tan atractiva para los profesores que de ella dejaron constancia, fue el trabajo de la esposa del director, Catherine Centeno. Freeman ofrece un homenaje breve pero entusiasta, a Catherine: “[Ella] se había hecho cargo de todo el trabajo de una secretaria y de todo el papeleo de la oficina sin compensación alguna. La mayor parte del trabajo lo hacía por las noches [Catherine enseñaba en el departamento durante el año]. Se buscó ayuda secretarial extra, pero esta fue limitada a lo mínimo” (101). Para dar una idea de la cantidad de trabajo que eso implicaba, mencionemos que en 1942, por ejemplo, el número de estudiantes llegó a ser 326, y el de profesores y ayudantes, 46, distribuidos entre dos enormes edificios, Hepburn y Gifford, y varias residencias de fraternidades y hermandades femeninas. La cantidad de correspondencia que debe haber manejado Catherine para procesar solicitudes y visados, y para preparar y mantener con cierta comodidad a casi cuatrocientas personas utilizando solamente máquinas de escribir, papel carbón, y mimeógrafos, debe haber sido abrumadora. En la actualidad dos personas con empleo permanente manejan cifras no tan altas, ayudadas por todo tipo de departamentos administrativos del College y utilizando los equipos de organización y comunicación más modernos. Los exiliados que escribieron sobre sus experiencia en Middlebury fueron muy acertados en su reconocimiento de esa labor y nunca dejaron de mencionar a Catherine, como hemos visto.

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