En Las Montañas De Vermont: Los Exiliados En La Escuela Española De Middlebury College (1937-1963)

Capítulo 4. Juan Centeno—Segunda Parte: 1937-1942

1937

Ya terminada la sesión de 1936, el nuevo director tendría que haber pasado por muy malos momentos al haber recibido una noticia que le que haría sentir prematuramente los horrores que todavía estaban por desencadenarse en España. Como ya hemos visto, las fotos en que aparecen juntos Juan Centeno y Federico García Lorca durante su convivencia en la Residencia demuestran la amistad que existía entre ambos. Debe haber sido anonadante el impacto que tendría en Centeno la noticia de la inesperada y cruel muerte del poeta y del cuñado de éste. Pocos días antes del asesinato de Lorca en Granada, cuando la ciudad cayó en poder de los Nacionalistas, el recién electo alcalde de la ciudad, Manuel Fernández-Montesinos Lustau, fue también asesinado. Dejaba a tres pequeños hijos y a su esposa, Concha García Lorca (Concepción), la hermana mayor de Federico. El biógrafo de Lorca, Ian Gibson, da la fecha del asesinato del poeta como la noche del 18 al 19 de agosto de 1936, apenas tres días después de la muerte de su cuñado. La noticia no se divulgó en la España republicana y el resto del mundo sino hasta tres semanas después (Gibson 469). La primera mención, en el New York Times, es del 11 de septiembre de 1936, casi al final de un artículo enviado desde Barcelona en el que informa de la ofensiva en Teruel: “Consternation was caused here by the news that the well-known Spanish poet Frederico [sic] García Lorca had been killed. Apparently he was assassinated behind the insurgent lines” (“Bayonets are used . . .”). Pero en una carta del 17 de octubre de 1936 desde Wellesley College que escribe el poeta Pedro Salinas a su esposa, Margarita Bonmatí, le informa: “Y seguimos sin saber si a Federico le ha pasado algo o no” (1996, 88), lo que indica que la información no se había divulgado o no había sido confirmada hasta ese momento.

Sería precisamente Pedro Salinas el primero de los exiliados en ser acogido por la Escuela el verano de 1937, aunque todavía a esas alturas no sabía que se trataba del inicio de un largo exilio que duraría hasta su muerte, y que no volvería jamás a su país natal. Salinas, nacido en 1891, era siete años mayor que Lorca y a diferencia de muchos otros poetas de su grupo generacional, era natural de Madrid, donde también había recibido su educación. Los años de la Primera Guerra Mundial, 1914-1917, los pasó en París como lector de español en la universidad. En 1915 se casa con Margarita Bonmatí, hija de españoles que residían en Argelia. Al regresar a España comienza a enseñar en la Universidad de Sevilla y en 1927 se traslada con su familia a Madrid, donde enseña, y trabaja en el Centro de Estudios Históricos como director de su Sección de Literatura Contemporánea y de la revista de la misma. También dirige los cursos para extranjeros, traduce del francés y prepara ediciones de clásicos castellanos. Publica su poesía y crece enormemente su reputación como poeta, conferencista, y administrador académico. Estaba muy involucrado en las actividades de la Residencia de Estudiantes hasta el punto de haberse hecho cargo, de 1928 a 1931, de la dirección de los Cursos para Extranjeros que ofrecía la Residencia durante el verano.  Su experiencia en la gestión de este tipo de cursos fue de importancia para su siguiente proyecto cuando se estableció la República, la creación de una escuela de verano para estudiantes extranjeros de lengua y literatura españolas. Guillermo de Torre narra sus inicios: 

Otra “invención” suya, creada como resultado de su optimismo contagioso, tras una conversación con Fernando de los Ríos, ministro de la República. “¿Qué van ustedes a hacer con el Palacio de la Magdalena? [Residencia de verano de los reyes de España situada en una península de la ciudad de Santander] ¿No se les ha ocurrido convertirlo en un foco veraniego intelectual?” Y efectivamente, a los pocos meses, la máquina se puso en marcha y estudiantes y profesores de muy diversos países poblaron sus salones: las clases se abrieron en unos pabellones levantados sobre lo que antes habían sido las caballerizas reales. Y a esta península lleg[aron] un día [. . .]  Jorge Guillén y otros amigos para ver a Salinas como gran director de ceremonias y a Federico [García Lorca] con su ‘Barraca’ en el estreno de una égloga de Juan del Encina. (Salinas 1991, 65-67)

La Barraca era el nombre de un grupo teatral ambulante creado durate el gobierno de la República para llevar el teatro a lugares que no lo tenían. Federico García Lorca, que entre otras cosas era conocido autor de teatro, estaba a cargo del mismo.

En la foto vemos, segundo de derecha a izquierda a Federico García Lorca señalando con el brazo, y a su derecha, con sombrero, Pedro Salinas, Laura de los Ríos, hija de Fernando de los Ríos, e Isabel García Lorca, hermana del poeta. Con la excepción de Salinas, eran todos parte del grupo teatral quienes, con el camión que les servía de transporte, se encontraban en la provincia de Alicante en 1933.  La visita de La Barraca a La Magdalena es un indicador de la intensa actividad intelectual y co-curricular que se desarrollaba en la península santanderina durante los veranos. John Crispin dice que la universidad internacional de verano allí reunida duró poco tiempo en ese primer período, desde 1933 hasta 1936 y fue “uno de los primeros programas de verano europeo para estudiantes universitarios extranjeros [ . . . ] y bajo su dirección [de Salinas] el programa tuvo gran éxito en atraer distinguidos profesores e intelectuales de todo el mundo” (1974, 29).  

El 19 de marzo de 1936, cuatro meses antes del comienzo de la Guerra Civil, Salinas informa por carta a su amigo, el poeta Jorge Guillén, que ha aceptado una invitación para enseñar por un año en Wellesley College, en Massachusetts (Salinas 1992, 171). La invitación había llegado de la jefa del departamento de Español de Wellesley, Alice Bushee, escrita en la primavera de 1935 (Jaime Salinas 87) y Salinas la había contestado aceptando por carta el 8 de diciembre de 1935, que confirmó por telegrama al día siguiente (Salinas 1991, 78-81). Cabe preguntarse las causas de esa decisión cuando su gestión en La Magdalena marchaba tan bien, y cuando su privilegiada posición dentro del grupo de poetas más importante desde el Siglo de Oro estaba consolidada. Al irse a vivir a un país no hispanohablante estaría alejándose de su público, de su lengua, y sobre todo del contacto directo con amigos de su generación.

Salinas, de 45 años en aquel entonces y Guillén, de 43, eran los más veteranos de un grupo, de una Generación a la que se conoce con el nombre de del 27.  Los miembros de esa generación, aparte de haber nacido en fechas cercanas, tenían en común varias características que el poeta Ángel González delineó en su antología de la poesía escrita por miembros del grupo. La primera que cita es la amistad. Todos eran individuos con fuerte personalidad, con distintos estilos, que no compartían una “teoría” o programa, pero eran amigos. González cita a Jorge Guillén: “No hay programa. Hay diálogos, cartas, paseos, comidas, amistad bajo la luz de Madrid, ciudad deliciosísima” (15). La segunda es su compromiso con la educación. González los llama la “generación de los poetas-profesores” (15), y cita los nombres de Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego y Luis Cernuda, de los cuales tres enseñarían en la Escuela Española. Todos ellos o vivieron en la Residencia de Estudiantes o participaron en las actividades de ese centro, lo que lleva a González a concluir: “Del mismo modo que se ha hablado de los ‘poetas-profesores’, podría haberse hablado de los ‘poetas de la Residencia’ ” porque “la residencia [sic] constituyó el laboratorio donde todos tuvieron la oportunidad de experimentar la cultura más viva e interesante de su tiempo” (16).

Es justamente como profesor y director del programa educativo que Salinas se encuentra en La Magdalena ese verano de 1936. Ese mismo año había aparecido Razón de amor, el segundo libro de poemas de la que sería una trilogía de tema amoroso. El primero, La voz a ti debida, había sido publicado en 1933. El tercero, compuesto de poemas probablemente escritos en esa época, aparecería póstumamente bajo el título Largo lamento. Se encontraba, pues, en su plenitud artística y profesional, y cabe hacerse la pregunta de por qué decide abandonar España justamente entonces. Era un momento, como describe en su autobiografía Jaime Salinas, el hijo del poeta, “delicado” desde el punto de vista del transcurrir político para tomar una decisión así (87). Ya se encontraban todos, profesores y estudiantes, en La Magdalena para la sesión de verano cuando los ejércitos del general Franco comenzaron el asedio de Santander, lo que hacía muy difícil la comunicación por tierra de la ciudad con la zona republicana. Los estudiantes extranjeros se marcharon y era posible que hubiera que evacuar a los estudiantes españoles y sus profesores, en cuyo caso el responsable de la operación sería Salinas. Sin embargo, solicitó permiso del gobierno de Madrid para salir del país. Tan pronto como le fue concedido comenzó los preparativos para abandonar Santander y enviar a su familia a Argelia, donde vivían los abuelos maternos. El plan era que pasaran el año allá mientras se dilucidaba la situación política en España. Jaime escribe: “En aquel momento no se me ocurrió que su decisión de apelar a Madrid y acogerse a la autorización de salida podía deberse a razones más complejas que las de cumplir con un compromiso académico” (87). La verdadera razón no se conocería hasta muchos años después, y estaba estrechamente relacionada con la “razón de amor” de los libros de poemas mencionados.

Por mucho tiempo, la trilogía amorosa se creyó inspirada por un amor ideal, sin referente objetivo. Recientemente, sin embargo, el profesor Enric Bou ha publicado una colección de cartas de Salinas a una joven estudiante estadounidense que Salinas había conocido en los cursos de verano de 1932 en la Residencia de Estudiantes. Se llamaba Katherine Reding y estaba terminando su doctorado en la Universidad de California en Berkeley (Salinas 2002). Había comenzado a trabajar en Smith College, en North Hampton, Massachussets, y había ido a Madrid a perfeccionar su español (Bou 14). Katherine regresó a España durante el verano de 1933, pero esta vez como visitante en La Magdalena, donde se encontraba Salinas.  Volvió de nuevo a Madrid a pasar el año académico de 1934-1935. La intensidad de la relación entre ambos quedó aclarada por Willis Barnstone, poeta, traductor, estudiante de la Escuela Española y amigo personal de Jaime Salinas, con quien describe una conversación once años después de la llegada de Pedro Salinas a Wellesley: “En 1947, Jaime, el hijo de don Pedro, me habló de la amante de su padre mientras caminábamos de noche en las montañas de Vermont”. Barnstone continúa:

Con la publicación de estas cartas oímos al otro Salinas, al profesor en España que impulsivamente corteja a su inteligente alumna, casi de su misma edad, candidata al doctorado, e instructora de Smith College [. . .] Los años de cartas revelan nuevos detalles: reuniones secretas en lugares apartados, seleccionados con cuidado. El poeta se pregunta en qué pueblo del estado de Massachusetts se pueden ver donde no haya posibilidad de que colegas de ambos en Smith o Wellesley puedan reconocerlos. Nos informan de horarios de trenes, de lugares en España o América donde encontrarse, nombres de edificios, ciudades, gentes, eventos y ambientes que los rodean. (XXVII-XXVIII)

La relación casi tiene un desenlace trágico “cuando la esposa de Pedro, Margarita Bonmatí, lo oye hablando [por teléfono] con Katherine desde el apartamento familiar, Margarita se tira a un río pero es rescatada justo a tiempo" (XXXI). Reding quiso poner fin a la relación, pero eso se hacía difícil, como escribe Bou (14), por el hecho de que ambos estaban ahora viviendo a setenta millas uno de otro en el estado de Massachusetts. Katherine decidió aceptar el puesto de directora del programa que Smith College abrió en México en 1937 cuando la guerra hizo imposible enviar estudiantes y profesores a España. En marzo de 1939, se casó con otro profesor de Smith College, Brewer Whitmore, y asumió su nombre de casada.

Katherine debió haber sido una persona extraordinaria, a juzgar por la impresión que causó en los amigos de Salinas. En el prólogo a la edición de las cartas, el editor Enric Bou se pregunta: “¿Quién era Katherine Whitmore?”, y contesta de esta manera:

Julián Marías [filósofo español quien años después enseñaría en el programa de Madrid de Middlebury] escribió lo siguiente acerca de ella en sus memorias, recordando una estancia en la Nueva Inglaterra durante el curso 1951-1952, como profesor visitante en Wellesley College: “Había renovado mi amistad con Katherine Whitmore, a quien había conocido en Madrid, excelente profesora de Smith College, mujer de gran distinción y belleza, every inch a lady  [. . .]  que había conocido a casi todos los grandes intelectuales españoles y había sido amiga de ellos [ . . . ]. Se ha dicho que "La voz a ti debida" se había escrito pensando en ella; no lo sé; lo único que puedo decir es que lo merecía”. (Bou 45-6)

Whitmore es, pues, la musa que despertó la pasión amorosa que trajo a Salinas a Wellesley, y por tanto a Middlebury.

No cabe duda de que Juan Centeno se debe haber puesto en contacto con Salinas bien pronto después de la llegada de éste a Wellesley:

Consta por la correspondencia y primera epístola de Juan Centeno a Salinas, de 26 de octubre de 1936, que hubo una propuesta inicial en el transcurso de una entrevista casual o concertada en el tren en el que viajaban ambos y luego ya, formalmente, en la carta mencionada, para que Pedro dirigiera en el verano de 1937 los cursos de Poesía Contemporánea y de Romanticismo, y diera seis conferencias, con un sueldo de 750 dólares y gastos de residencia. (Garrido Domínguez 121)

En una carta del 8 de marzo de 1937, dirigida a Germaine Cahen, esposa de Jorge Guillén, Salinas anuncia ya que pasará el verano en Middlebury como visiting professor (Crispin 1974, 92). A Centeno ahora se le presentaba la oportunidad de ayudar a un compatriota que era el primer refugiado de distinción en llegar a estas costas. Salinas no sólo era un famoso poeta, sino alguien que conocía a los estudiantes americanos, con infinitos contactos en el mundo del hispanismo y con experiencia administrativa en una escuela para extranjeros. Con el tiempo, y debido a las trágicas circunstancias por las que pasaba España, Salinas sería uno de los enlaces por medio del cual los que iban llegando a los Estados Unidos podrían ponerse en contacto con Centeno. Si su experiencia en Middlebury ese verano era de su gusto, nadie mejor que él para recomendarla a otros. Y en efecto, así fue.


Después del primer mes de estancia en Middlebury, el 21 de julio de 1937, Salinas escribe a su esposa:

Desde que estoy en América no me he encontrado tan acompañado como aquí. Centeno y Casalduero, sobre todo el primero son personas inteligentes, y gratas, y los demás profesores no descomponen  [. . . ] Centeno es de Ronda, amigo de Federico [García Lorca] y Dámaso [Alonso], hombre fino y discreto: su mujer es una americana  [. . .]  lista y muy amable. Después de cenar, (a las seis se cena) charlamos en el jardín media hora si hace bueno, o jugamos al ajedrez Centeno y yo, y luego vamos al pueblo, que está a cinco minutos de distancia, a beber un bock de cerveza, hasta las nueve y media: es casi la tertulia. (Salinas 1991, 93)

Es más que probable que al menos algunas de esas conversaciones con Centeno versarían sobre la situación en España, que empeoraba de día en día para la causa republicana, y sobre los amigos en común, como Federico García Lorca, cuyo asesinato ya sería conocido. Freeman nos da buena cuenta del estado de ánimo en que se encontraban todos en la Escuela: “Profesores y estudiantes en Middlebury se reunían alrededor del radio de onda corta de ‘Mother Mason’ en Hepburn para oir los últimos comunicados. Los profesores eran todos leales a la República aunque había mucha variedad de opiniones” (1975, 95).

Al final del verano, Salinas recibió un doctorado honoris causa de Middlebury, probablemente el primer doctorado que recibiría en los Estados Unidos; poco después partiría hacia Argelia para recoger a su familia y traerlos a Wellesley sin pasar por España. Desde París, donde hizo escala y visitó el pabellón español en la Exposition Internationale que se celebraba en esa ciudad en esos momentos, escribe Salinas a Centeno: “En nuestro pabellón lo primero que me encontré fué un retrato de dos metros, de Federico [García Lorca], sonriendo. Tuve que salirme, claro. Ya rehecho, volví y ví un cuadro estupendo de Picasso sobre Guernica” (Salinas 1991, 95). Se refería, desde luego, al Guernica, comisionado por el gobierno republicano español para colocar en su pabellón en la Feria.

1938

Salinas regresó a Middlebury el verano siguiente, y esta vez vino con toda su familia. El hijo del poeta, Jaime Salinas, escribe en su autobiografía que Centeno no solamente los invitó, sino que le dio a él y a su hermana Soledad, Solita, trabajos en la Escuela. Solita, la mayor, fue contratada como ayudante de Sofía Novoa, que había sido profesora de música de ambos niños en el Instituto-Escuela de Madrid, la rama primaria de la Institución Libre de Enseñanza. A Jaime, que ya tenía trece años, se le asignó el trabajo de ir a buscar la correspondencia a la oficina de correos en el centro del pueblo. Estaba feliz con su empleo y con el cheque de $25 dólares que recibió al final de la sesión, el primero que había recibido en su vida como producto de su trabajo. Varias otras primeras experiencias le ocurrieron ese verano. Para acortarle el viaje al centro del pueblo, que no era muy largo en todo caso, Catherine Centeno le regaló una bicicleta. Catherine también se hizo cargo de enseñarle inglés, y le hacía leer en voz alta todas las mañanas una novela de Jack London, The Call of the Wild. Cuando terminaron de leer ese libro, le llevó a la biblioteca municipal, le sacó una tarjeta, y Jaime pudo pasar su tiempo libre el resto del verano leyendo otras novelas de London. Fue también Catherine quien le compró sus primeros pantalones largos, con los que remplazó los pantalones cortos, bombachas, que había traído de Wellesley (Jaime Salinas 120-21, 310). Con razón Jaime escribe en su autobiografía: “Nunca me cansaré de insistir en lo mucho que el grupo de exiliados que acabamos en Estados Unidos debemos al matrimonio Centeno” (489).

El profesorado de la Escuela ese verano de 1938 ya mostraba la influencia de Salinas y las consecuencias de la Guerra Civil aunque ésta aún no había terminado. Escribe Jaime Salinas: “Aquel verano numerosos españoles habían venido a refugiarse, como nosotros, a América: las hermanas Arroyo, Adolfo Salazar, Joaquín Nin[ . . .] y otros que no recuerdo” (121). Salazar era un musicólogo español que después de su verano en Middlebury se radicó en México, donde enseñó en el Conservatorio Nacional.

Entre los profesores nuevos ese verano se encontraba Joaquín Nin-Culmell, quien no era español. Su padre y madre eran cubanos, y Joaquín pasó parte de su infancia en Cuba y después del divorcio de sus padres, en Estados Unidos. Completó su educación musical en París, donde estudió con Paul Dukas, y también en España, donde fue alumno de composición de Manuel de Falla. Volvió a los Estados Unidos en 1936, y enseñó en Middlebury en el “college de invierno” y los veranos de 1938 a 1940, pero no exclusivamente en la Escuela Española. Durante unos veranos a partir de 1938, Middlebury tuvo una escuela de música donde se impartían cursos avanzados de teoría y composición, y donde músicos de renombre enseñaban la parte instrumental. Nin-Culmell fue uno de ellos, y su tiempo en Middlebury era compartido con la Escuela Española, para la que enseñaba cursos de historia de la música. Su carrera después de Middlebury lo llevó a Williams College, donde Stephen Sondheim fue uno de sus estudiantes, y luego pasó a la Universidad de California en Berkeley. Sus composiciones fueron interpretadas por, entre otros, Alicia de Larrocha (Nin-Culmell). La hermana de Joaquín, Anaīs Nin, fue novelista aunque es más conocida por sus diarios, que fueron publicados con prólogos de Joaquín. De ella dice su biografía en American Writers: “Sin duda uno de los autores del siglo veinte que han sido más entrevistados” (Knox).

Otra de las profesoras invitadas ese verano fue Margot Arce, quien ya había enseñado en la sesión de 1933. Había conocido a “don Pedro” cuando fue su estudiante en Madrid y el reencuentro en Middlebury llevaría en poco tiempo a una invitación a Salinas para enseñar en la Universidad de Puerto Rico, que fue una experiencia que tanto agradó al poeta, que pidió ser enterrado en la isla en un cementerio frente al mar Caribe, como en efecto se hizo.

1939

Salinas pasó el verano de 1939 en la Universidad de Southern California, en Los Ángeles, pero su familia vino a Middlebury a pasar el verano, como también ocurriría los dos veranos siguientes (Salinas 1996, 143, 170). Don Pedro había sugerido a Centeno que contratara a su amigo Jorge Guillén para sustituirlo, lo cual había ocurido antes y ocurriría otra vez. Cuando Salinas dejó su puesto en París fue Guillén quien lo sustituyó; ahora sucedía lo mismo en Middlebury, y al año siguiente, cuando Salinas dejara Wellesley, Guillén ocuparía su puesto. Guillén había hecho amistad con Salinas en Madrid hacia 1922 (Salinas 1991, 43) y ambos serían “la pareja de poetas de más edad de su generación,” (González Nieto 11) la “del 27”. Desde Madrid le escribe Salinas a Guillén en mayo de 1923 una carta donde enumera lo que ha estado haciendo y que muestra cómo se fue formando el grupo, propiciado por los encuentros en la Residencia, por su común veneración por uno de los grandes poetas que les precedía y que seguía activo, Antonio Machado, y por su admiración por un joven poeta que empezaba a darse a conocer:

2. Visita a Machado, organizada por Bacarisse. No fue casi nadie, pero pasamos un buen día en Segovia, con Don Antonio.  3. Estancia de Federico García Lorca, en Madrid, que me ha dado ocasión de conocer sus últimas cosas, vivaces, frescas y espontáneas hasta en lo rebuscado, como ningunas otras  [. . .]  Es un chico al que le falta aún severidad y cernido, pero la Materia prima es espléndida y abundantísima. Total: Un descubrimiento de esta primavera. (Salinas 1991, 45)

A diferencia de Salinas, cuyos contactos con la Residencia de Estudiantes habían sido como conferenciante, administrador y como promotor de su filosofía de la educación, Guillén había vivido en la Residencia desde su creación en la calle Fortuny, y continuó siendo asiduo de ella cuando sus instalaciones se establecieron en sus nuevos locales en la colina de los chopos. Había nacido en Valladolid, ciudad castellana, en 1893, y allí había estudiado hasta que en 1909 pasó dos años en Suiza y luego volvió a Madrid a seguir sus estudios y a visitar la Residencia, y en ocasiones vivir en ella. Centeno debió haber coincidido con él allí y ambos tendrían muchos amigos en común. Guillén no salió de España hasta 1938. Su esposa, Germaine Cahen, a quien había conocido en Francia, de ascendencia judía,, había regresado a su país natal anteriormente con los dos hijos del matrimonio, Claudio y Teresa, y de allí partieron todos al exilio.

Ahora en Norteamérica, Guillén se encontraba sin trabajo después de su verano en Middlebury, pero afortunadamente, Centeno tenía planeado un sabático para el otoño de 1939 y Guillén lo sustituyó en Middlebury el semestre de otoño después de su primer verano. Para el semestre de primavera encontró empleo en Montreal, en la Universidad McGill y cuando en agosto de 1940 Salinas dejó su puesto en Wellesley College para aceptar una cátedra en la Universidad de Johns Hopkins en Baltimore, en el estado de Maryland, fue otra vez Guillén quien lo sustituyó, como ya hemos visto. En Wellesley permaneció hasta su jubilación en 1957 aunque siguió viniendo a Middlebury los veranos por muchos años más, algunas veces a enseñar, otras a dar conferencias, y siempre, a ver a los amigos. Guillén causó muy buena impresión a Freeman, quien lo describe elogiosamente como “amable, de suave habla, genuinamente amistoso, un verdadero aristócrata del intelecto” (97).

También se incorporó a la Escuela ese año Richard Pattee, profesor de historia en la Universidad de Puerto Rico. Era senior assistant de la Division of Cultural Relations for Latin America del Departamento de Estado del gobierno federal. La gran previsión de Centeno con este nombramiento se muestra en su Report to the President de ese año, donde dice que la presencia de Pattee fue “muy satisfactoria” no solamente por la calidad de su trabajo como profesor, sino también porque “nos ha permitido establecer contactos con Hispanoamérica que espero serán de gran provecho para la Escuela en el futuro”, como de hecho fue el caso (Centeno 1939). Pattee regresaría como profesor en 1942 y 1943 (Freeman 1975, 97).

1940

Para el verano de 1940, terminada ya la Guerra Civil española, llegan a los Estados Unidos exiliados de la contienda y de la dictadura establecida por el general Franco. Algunos de los que durante el resto del año habían encontrado trabajos en diversos lugares del país, e incluso del continente, comenzarían a venir los veranos a Middlebury, invitados por Centeno. Pronto se establecería en el campus una comunidad muy similar a la que antes en Madrid unían lazos de amistad. Era como recrear el sueño de Pedro Salinas cuando fundó la universidad de verano en el palacio de La Magdalena, en Santander. Tal es así que Salinas llegó a llamar a la escuela de verano de Middlebury “la segunda Magdalena” (Rivero Taravillo). Entre los que entonces llegaron y que son identificados en la foto del grupo se encontraba un historiador del arte español, José López Rey, profesor especializado en la obra de los pintores Velázquez y Goya, que fue protagonista del primer romance a nivel de profesores del verano del que tengamos noticia, pues aquí conoció a Justa Arroyo, con quien se casaría. López Rey llegaría a ser profesor en el Institute of Fine Arts de New York University.

También se encontraban otras personalidades que no figuran en el boletín de la Escuela para ese año ni en la foto, como parece ser el caso de Isabel García Lorca y la familia De los Ríos. Aunque es posible establecer 1940 como el año en que ambas familias, la de los García Lorca y la de De los Ríos, o miembros de ellas, comenzaron a venir a Middlebury, la dificultad en determinar la fecha exacta resulta de que en la lista de profesores del boletín de las Escuelas para el verano de 1940, no aparece nadie con esos apellidos. Esto puede deberse a que los boletines de los programas de verano se publicaban en marzo del año respectivo, por lo que el material para su impresión tenía que estar listo a más tardar a finales de enero. Desde ese momento hasta que se abría el curso de verano en la segunda mitad de junio, podía haber muchos cambios en el personal, como añadidos o bajas. Tampoco se ponía siempre en la lista los nombres de personas que ayudaban con los cursos dando una clase de conversación para complementar un curso de gramática, por ejemplo, como parece haber sido el primer trabajo de Isabel, o enseñar canciones y bailes folclóricos, que según Freeman (1975, 98), fue el trabajo de las hermanas Arroyo. Además, las fotos de grupo que aparecen en el boletín para un verano específico siempre son del grupo del verano anterior. Por ejemplo, en el boletín con la lista de profesores y sus cursos para 1940, la foto del profesorado es la de 1939. Pero aún teniendo eso en cuenta, una determinada persona puede no haber estado en el preciso momento en que se sacó la foto. Por otra parte, algunas de las esposas de los profesores más destacados, como la señora de Guillén y la de Casalduero, se encuentran en las fotos aunque no enseñaban.

Para Isabel García Lorca y la familia De los Ríos tenemos otros medios de establecer la fecha de su primer contrato en Middlebury. Isabel no menciona en sus memorias el año específico en que comenzó a venir; sí recuerda otras circunstancias, sin embargo:

 [Centeno] me invitó, con un sueldo bajísimo, a dar una clase especial por la tarde a los alumnos más retrasados: al pelotón de los torpes [. . .] Así me puso Juanito a prueba. A mí me pareció muy extraño, pero acepté, porque era una manera de alejarme seis semanas del sofocante calor de Nueva York. Creo que debí superar bastante bien la prueba, porque después Juanito me llamaba todos los años para hacer algo parecido, pero ya con créditos y más sueldo. (Isabel García Lorca 214)

Tampoco menciona Isabel que vino acompañada ese verano por numerosos miembros de la familia De los Ríos, la cual, desde la llegada de Isabel a los Estados Unidos, la había acogido como a una hija, y es verdad que casi lo era, y en cierto modo lo sería de hecho en un par de años. La familia De los Ríos tendrá un papel importantísimo en el resto de este relato, pero antes de situarla en su contexto, será útil hacer un aparte de explicación sobre los nombres y los apellidos porque, a partir de este punto, aparecerán con frecuencia variantes en su forma y su posición, lo que se puede prestar a confusión.

En las culturas hispánicas es común que una persona lleve dos apellidos en el siguiente orden: el primer apellido del hombre, el que pasa a sus hijos, corresponde al primer apellido del padre de ese hombre (apellido paterno); el segundo apellido es el primero de la madre (apellido materno). Tomemos por ejemplo el de Isabel García Lorca. Los padres de Isabel y sus hermanos, Federico, Francisco (Paco) y Concepción (Concha), se llamaban Federico García Rodríguez y Vicenta Lorca Romero. Los hijos de éstos tienen por nombre completo Isabel (o Federico, Francisco, Concepción) García Lorca. Ahora bien, en ocasiones, cuando el primer apellido, el paterno, es muy antiguo y tan extendido en la población que puede ser compartido por muchos, y el segundo apellido, el materno, lo es menos, la persona que los lleva, si es famoso, como es el caso de Federico García Lorca, es conocida por el apellido menos común, que lo hace más distinguible  —en este caso, Lorca. Otra solución es fusionar los dos apellidos, que de esa manera pasan a los descendientes, como es el caso de las hijas del hermano del poeta, Francisco (Paco). Paco se casaría con Laura de los Ríos Giner, y las hijas de ambos normalmente tendrían como apellidos García de los Ríos, pero Francisco usaba sus dos apellidos fusionados y de esa manera, una hija de Francisco y de Laura llamada tambien Laura como su madre, usa fusionados los dos apellidos de su padre, García Lorca, y luego el de su madre, lo que da como resultado el nombre por el que es conocida: Laura García Lorca de los Ríos. Otra nota importante: hasta muy recientemente, era común que una mujer casada dejara de usar su segundo apellido, el materno, y añadiera el primero de su esposo precedido por “de”. Así resulta que la madre de la mencionada Laura García Lorca de los Ríos, Laura de los Ríos Giner, firmara los libros que escribía de esta manera: Laura de los Ríos de García Lorca.

En el caso particular de la familia García Lorca-de los Ríos es conveniente dar más explicación. Laura de los Ríos de García Lorca era sobrina-nieta de alguien que ya hemos encontrado en estas páginas, don Francisco Giner de los Ríos (1839-1915). Era don Francisco natural de la ciudad de Ronda, en Andalucía, al sureste del país. Sus padres eran Francisco Giner de la Fuente y Bernarda de los Ríos Rosas. El matrimonio tuvo seis hijos, de quienes, para los efectos de nuestro relato, conviene recordar a dos, el ya mencionado Francisco y Hermenegildo Giner de los Ríos. Hermenegildo Giner de los Ríos y su esposa, Laura García Hoppe (1853-1946), tuvieron dos hijos: una hija, Gloria Giner García (1886-1972), y un hijo, Bernardo Giner de los Ríos García (1888-1970). Notemos que Bernardo ha decidido fusionar los dos apellidos de su padre y hacerlos uno —el que pasará a sus herederos— y luego añadir el de su madre; su hermana Gloria también hará otro tanto (Jiménez-Landi Martínez 110). A Hermenegildo Giner de los Ríos su trabajo de profesor lo llevó en 1898 a Barcelona, donde Gloria estudió y donde conoció a Fernando del Río Urruti, andaluz y también natural de Ronda. La madre de Fernando, Fernanda Urruti, estaba emparentada con los Giner de los Ríos, por lo que Fernando era “primo lejano” de Gloria (Ruiz-Manjón 267). Fernando del Río era un brillante profesor que había estudiado en Madrid en escuelas institucionistas, como era de esperar, y que recibió una beca de la Junta para Ampliación de Estudios para estudiar en Alemania en 1908.

A su regreso de Alemania, en 1912, Fernando del Río obtuvo una cátedra de Derecho en la Universidad de Granada y, poco después cambió legalmente su nombre a Fernando de los Ríos “alegando la común procedencia de ambos apellidos y la frecuencia con la que dichos cambios tuvieron lugar en la familia”, nos dice la página de la red de la Fundación Fernando de los Ríos (Ríos, “Fernando de los Rios: Biografía”). Quizá también como homenaje al hombre a quien intelectualmente estaba tan ligado y con quien su madre, Fernanda Urruti, estaba emparentada, Francisco Giner de los Ríos. De esta manera, puede decirse que Fernando asumió una parte del apellido de la que sería su esposa, Gloria Giner de los Ríos García.

Otro dato curioso con referencia a estos nombres: el primero de ellos que hemos encontrado es el de Julián Sanz del Río (1814-1869), el introductor del krausismo en España, que nació en Soria, pequeña ciudad de Castilla, en el noroeste de la península. Hacia el final de este informe nos encontraremos con el último “Del Río”, Ángel del Río, también originario de Soria, pero al parecer no relacionado con Julián Sanz del Río. Ángel llegaría a ser director de la Escuela.

Volvemos ahora a nuestro relato: en el año de 1912, Fernando de los Ríos se casó con Gloria Giner de los Ríos García, su “prima lejana”, el 1 de julio, en la iglesia de San José de la calle de Alcalá en Madrid, y Francisco Giner de los Ríos acudió a felicitarlos, momento que describe Gloria:

Al terminar la ceremonia de mi boda, después de habernos despedido de la familia, única concurrencia que había asistido, ya casi en la calle, oimos unos pasos presurosos que nos alcanzaron y, al volver la cara, nos encontramos con [la de Francisco Giner de los Ríos], turbada por la emoción. Y, con los ojos llenos de lágrimas nos dijo: “¡Dios os bendiga, hijos míos!” (Ruiz-Manjón 268)

El nuevo matrimonio se mudó a Granada y tiene una hija, que llaman Laura, como la abuela materna. Fernando comienza a enseñar y conoce a los García Lorca. Gloria Giner enseñaba en la Escuela Normal, pero como el tipo de educación primaria que era ofrecido en la ciudad no era de su agrado, decide escolarizar en su casa a su hija, Laura, y a su nueva amiga, Isabel García Lorca. Entre las dos niñas se establece una estrecha amistad que las hará inseparables por el resto de sus vidas.

Fernando de los Ríos se mete de lleno en la actividad política como miembro del Partido Socialista Obrero Español y en 1919 fue elegido diputado a la legislatura, por lo que la familia se trasladó a Madrid. Cuando se estableció la República en 1931, Fernando ocupó entre otros importantes cargos el de ministro de Instrucción Pública, lo que hizo posible la fundación de la universidad de verano de Santander en el antiguo palacio de La Magdalena, para la que nombró como rector a Ramón Menéndez Pidal, y como secretario general a Pedro Salinas (UIMP Universidad Internacional Menendez Pelayo). También propició iniciativas como las Misiones Pedagógicas y el grupo de teatro ambulante La Barraca, creado por Federico García Lorca.

Como ya hemos visto, casi inmediatamente que estalla la Guerra Civil, Federico García Lorca fue asesinado en agosto de 1936 por los insurrectos que se sublevan en Granada. Isabel se encontraba en Madrid cuando ocurrieron los hechos, y no mucho después salió de España para unirse a su hermano Francisco en Bruselas, donde era primer secretario de la embajada española en Bélgica. Allí pasaron juntos casi los próximos tres años de la Guerra Civil. Temiendo, como de hecho ocurrió, que su hermano Paco se viera obligado a regresar al ministerio que ahora tenía su sede en Barcelona, donde se encontraba el gobierno republicano, Isabel había encontrado trabajo enseñando español en una escuela en las afueras de Londres. Se sentía venir ya la próxima guerra mundial; Fernando de los Ríos, que para entonces era embajador de la República en Washington, convenció a Isabel a que fuera a vivir con ellos en los Estados Unidos y así lo hace. Llegó a Nueva York el verano de 1938, donde la esperaban Laura y su madre, Gloria, quienes la llevaron a la que sería su nueva residencia, la embajada española en Washington. Allí vivió Isabel con la familia De los Ríos hasta que se mudaron a Nueva York donde, terminada la Guerra Civil, don Fernando comenzó a enseñar en The New School, una nueva universidd que dio abierta acogida a los intelectuales refugiados de regímenes dictatoriales de Europa y otros países. Paco llegó a Nueva York en mayo de 1939 (Isabel García Lorca 212) y con su hermana alquiló un piso en la vecindad de la Universidad de Columbia, a la que antes había asistido Federico cuando vino a Nueva York casi exactamente diez años antes, supuestamente a aprender inglés (Gibson 245). La conexión con Columbia no era pura coincidencia. El director del programa de español de la universidad era todavía el institucionista don Federico de Onís, quien había acogido a Federico García Lorca durante su estancia en Nueva York en 1929.

No sabemos a ciencia cierta cómo supo Centeno que Isabel estaba en Nueva York, pero es de esperar que entre los exiliados, la llegada a los Estados Unidos de la hermana de Federico no podía pasar desapercibida, sobre todo para Pedro Salinas, que era gran amigo de Fernando de los Ríos. Isabel no da fechas exactas sobre ese verano de 1940 en sus memorias (213) pero en una colección de cartas escritas desde el exilio a su familia en Madrid por Fernanda Urruti, madre de Fernando de los Ríos, encontramos tres fechadas desde Middlebury el verano de 1940. En la primera describe la casa donde viven, que durante el resto del año es el hogar de los Centeno, y explica con detalle la distribución de los cuartos. Notemos que usa iniciales y otros medios para despistar a la censura franquista:

Laura [García Hoppe, que como recordaremos fue esposa de Hermenegildo Giner de los Ríos y era madre de Gloria Giner de los Ríos García] y yo [Fernanda Urruti, madre de Fernando de los Ríos] tenemos cada una nuestra habitación iguales (las mejores) y G[loria Giner de los Ríos García, esposa de Fernando de los Ríos Urruti] en un bonito despacho y Lauri [Laura de los Ríos Giner] e Isabel [García Lorca], en otro dormitorio [ . . .]. La casa la tienen muy bien y con mucho gusto puesta; se nota en todos los detalles lo mujer de su casa que [Catherine Centeno] es. Y aquí nos tenéis hasta que Juan [Centeno] concluya en la universidad [Middlebury] el curso de verano que le obliga a salir de su casa y por lo que nos la han dado. (Poco a poco 91-92)

Esto nos deja constancia de que todas ellas se encontraban en Middlebury el verano de 1940. Pero queda sin explicación por qué vino a Middlebury toda la familia de Laura cuando Fernando de los Ríos estaba dando conferencias en México y en la Universidad de California-Berkeley en los meses de junio y julio de 1940 y no viene a Middlebury sino hasta finales de julio o principios de agosto, quizá a dar una o varias conferencias, lo cual no figuraría en el Bulletin.

Una posible respuesta es que Laura fue contratada para hacer lo mismo que Isabel, o sea, conversar con los estudiantes para darles más práctica en el uso del español, pero no hay nada que así lo indique en lo que hasta ahora hemos encontrado sobre ese período. Sí queda constancia de la gran generosidad de los Centeno hacia esa familia y hacia todos los exiliados. Con razón Isabel García Lorca escribiría en sus memorias: “En la vida de los exiliados españoles [la Escuela Española] jugó un papel importante, y en nuestra familia muy especialmente” (214), palabras que hacen eco a las de Jaime Salinas en su autobiografia. Isabel escribe que “era el final del verano de 1940” cuando recibió una llamada de Paco que le informaba que el resto de la familia: los padres, la hermana Concha y sus tres hijos, llegaban a Nueva York el 28 de agosto (213).

Notable ese verano fue también el hecho de que otro exiliado español sería el segundo en un período de cuatro años en recibir un doctorado honoris causa de Middlebury. El primero lo había sido Salinas, en 1937, y en 1940 el homenajeado fue Tomás Navarro Tomás, un gran especialista en la fonética castellana (Zamora Vicente). De joven, como ya vimos, sus estudios habían sido muy favorecidos por las distintas organizaciones que fueron productos de las iniciativas de la Institución Libre de Enseñanza, pues fue becario de la Junta para Ampliación de Estudios, que lo envió a Francia, Alemania y Suiza a estudiar fonética y dialectología. A su regreso, introdujo las nuevas metodologías de investigación lingüística en España, y en 1918 publica un libro que sería el texto fundamental en esa materia por casi medio siglo, el Manual de pronunciación española. Pero aún antes, al menos en 1915, era ya suficientemente conocido en los Estados Unidos como para que el presidente de Columbia, Nicholas Butler, pusiera el nombre de Navarro como el primero en la lista de cinco que envió en una carta a Archer Huntington preguntando su opinión con vistas a una posible contratación (Butler, 23 December 1915). Navarro colaboró con su antiguo profesor, Ramón Menéndez Pidal, en la creación de dos entidades de gran valor cultural, el laboratorio de fonética del Centro de Estudios Históricos y la Revista de Filología Española. Sus investigaciones y publicaciones sobre temas de lingüística fueron reconocidas con el ingreso en la Real Academia Española de la lengua en 1934. Como profesor en la Universidad de Madrid tuvo entre sus muchos estudiantes a Margot Arce. Cuando estalló la Guerra Civil, dirigió la Biblioteca Nacional y protegió sus tesoros bibliográficos durante los bombardeos de Madrid por la aviación franquista, pero en enero de 1939, con el ejército franquista a punto de completar el cerco de Barcelona y cerrar la salida de España desde esa ciudad, Navarro Tomás escapa y en el camino se encuentra con el gran poeta, Antonio Machado, que se encontraba gravemente enfermo.

Hay testimonio de primera mano de ese azaroso viaje. Antonio Sánchez Barbudo era un joven poeta quien durante la guerra publicó la importante revista Hora de España. En una carta de 1952, Sánchez Barbudo le pidió información a Navarro sobre su viaje al exilio francés para incluir en un libro que preparaba sobre Machado. La respuesta de Navarro da una idea del ánimo de los que sabían que abandonaban su país probablemente para siempre, como fue el caso de Machado, quien murió a pocos días de haber cruzado la frontera francesa, y de Navarro Tomás, quien viviría en los Estados Unidos hasta su muerte en 1979, 40 años después de haber abandonado España:

No sé si mis recuerdos le serán útiles para el estudio que prepara sobre Antonio Machado. Tome de ellos lo que le pueda servir. Deseo escribir a usted de manera privada, sin propósito de redactar estas líneas con vistas a la publicidad.
Efectivamente acompañé a Machado con frecuencia en 1938, mientras vivimos en Barcelona. Conservo recuerdo imborrable de las reuniones que celebrábamos en su casa.
Él y su familia salieron de aquella ciudad en una camioneta de la Generalitat de Cataluña. El día 24 de enero cuando fui a su casa, encontré que se habían marchado. La determinación debió de ser repentina ante la noticia de que las tropas enemigas entrarían de un momento a otro.
Yo salí aquella misma tarde para Gerona en un coche de la Subsecretaría de Propaganda. Cuando llegué al mas Faixat, entre Gerona y Port Bou, el 27 por la noche, estaban ya allí Machado, su familia y varias otras personas. El 28 de madrugada salimos para Port Bou en una ambulancia militar. Llegamos a este pueblo a la caída de la tarde, pero hasta media noche no pudimos cruzar la frontera.
En el mas Faixat pasamos toda la noche en vela en una amplia habitación donde había una chimenea encendida. Machado, en un sillón, al lado de su madre, estuvo todo el tiempo silencioso. Durante las largas horas de camino en la ambulancia, al día siguiente, se mantuvo igualmente callado. (Sánchez-Barbudo 1980, 34-35)

Una vez en los Estados Unidos, Navarro continuó su labor académica en su cátedra en la Universidad de Columbia, en Nueva York hasta su jubilación en 1952. (“Falleció el filólogo Tomás Navarro Tomás”) Su hija, Joaquina, profesora en Smith College, se incorporaría también al cuadro de profesores de la Escuela a partir de 1945. Navarro Tomás volvió el verano de 1941 y muchos otros como profesor o visiting professor (Freeman 1975, 98). Sánchez Barbudo, por su parte, también enseñaría en la Escuela los veranos de 1946 y 1947, y por muchos en la Universidad de Wisconsin en Madison, la misma que García Solalinde hizo prominente en los estudios medievales. En 1968, recién publicado su libro sobre la poesía de Machado, Sánchez Barbudo enseñaría en Wisconsin un curso sobre el poeta en el que fue estudiante el que esto escribe.

1941

En 1941 se da un extraordinario aumento en el número de estudiantes de la Escuela, que ese verano alcanzó a tener 238. Es probable que Centeno no anticipara una matrícula tan elevada y que por eso el boletín para ese año no incluyera más nombres. Según Manuel Fernández-Montesinos García, ese verano “impartieron clases Fernando de los Ríos, su mujer, Gloria Giner, su hija Laura, mi tío Francisco [“Paco” García Lorca], mi tía Isabel [García Lorca] y hasta mi madre [Concha García Lorca] dio un curso de conversación aquel verano” (Fernández-Montesinos 43).

Otro antiguo profesor de Margot Arce que vino en 1941 pero no aparece en la foto del grupo fue Américo Castro, antiguo colega de Navarro Tomás en Madrid. Castro vino como invitado especial a dar una serie de conferencias las dos últimas semanas de la sesión. Don Américo, como era conocido, era una figura de gran relieve en España y fuera de ella. Había sido uno de los primeros en beneficiarse de las innovaciones pedagógicas puestas en marcha por la Institución Libre de Enseñanza. Junto con Ramón Menéndez Pidal, Castro fundó el Centro de Estudios Históricos. Para cuando llegó a Middlebury, Castro era ya un influyente historiador de la cultura hispánica desde su posición en el Centro, y también como profesor en la Universidad de Madrid. En los Estados Unidos amplió y desarrolló sus teorías desde sus cátedras en la Universidad de Wisconsin (1937-1939), en Princeton (1940-1953), y luego en el campus de San Diego de la Universidad de California (King ix-xv).

Las ideas de Castro sobre el “origen, ser y existir de los españoles”, como él lo presenta en uno de sus títulos de 1966, tratan de refutar el concepto de que el “ser español” viene formándose desde la invasión romana o aún antes. Para Castro, la verdadera España surge de la mezcla de las culturas cristiana, hebrea y musulmana que convivieron en la península desde 711 hasta 1492. En sus varios puestos universitarios, pero sobre todo en Princeton, Castro tuvo discípulos que diseminaron sus ideas, entre ellos algunos que luego enseñarían en la Escuela, como Juan Marichal y Stephen Gilman.  Éste ya había venido a la Escuela como estudiante de maestría en 1940 y luego en 1941. En Middlebury, Gilman conoció a Teresa, la hija del poeta Jorge Guillén, con quien se casaría. En una cariñosa carta de Guillén a Centeno del 3 de febrero de 1943, el poeta le atribuye a éste la responsabilidad de ese matrimonio:

La boda, en efecto, no puede ser más Middlebury, mejor dicho, más Centeno. En su puesto [el de Juan Marichal, que no pudo enseñar ese verano] fue Gilman a la Escuela de Verano. Por usted fuimos nosotros. ¡Y eso fue todo! Estamos contentos. Y nos confirma en nuestra completa satisfacción al ver a Teresa con la mejor alegría! (citada por Garrido Domínguez 187)

Gilman pasó los últimos treinta años de su carrera como profesor en Harvard y murió en 1986, siempre considerando a Américo Castro como “my master”, y fue a Castro y a su esposa, Teresa Guillén, a quienes dedicó el que probablemente fue su libro más influyente, The Spain of Fernando de Rojas (Gilman xii). Una futura profesora de la Escuela, Magrit Frenk, traduciría este texto.

Las teorías de Castro no fueron universalmente aceptadas. Según uno de sus críticos, John Beverley, de la Universidad de Pittsburgh:

Castro vino a los Estados Unidos en vísperas de la guerra fría. Su visión de la historia y la civilización de España, con su rechazo de la historiografía basada en el marxismo y el análisis de clase, estaba a tono con los postulados del liberalismo público y privado en los Estados Unidos del período de la posguerra. En ese sentido se puede decir que su historiografīa construyó una ideología para el hispanismo en Norte América. (Beverley 148)

Tampoco era muy positiva la opinión que de Castro tenía una de las profesoras ese verano que en la Universidad de Madrid había sido estudiante suya. Se trata nada menos que de Isabel García Lorca, que además de enseñar, asistía como estudiante a los cursos graduados de algunos profesores. Sus desacuerdos con Castro tenían más que ver con la personalidad de éste que con diferencias de opinión sobre sus ideas. En su autobiografía, Recuerdos míos, Isabel relata una de sus experiencias como estudiante de Castro en Madrid:

Yo me llevaba bien con todos mis profesores, si exceptúo a don Américo Castro. Nos teníamos, no sé por qué, un odio mortal. Un día me pidió que resumiera oralmente el primer acto de La Celestina. Yo lo hice y me dijo: “Está bien, bastante bien, pero tiene usted un acento granadino insoportable, que no tiene más remedio que corregir”. Se pasó un buen rato despotricando contra los granadinos, y eso que su familia era de Granada. Yo le contesté, bastante dolida y molesta, que no pensaba hacer nada con mi modo de hablar y que nadie me había dicho nunca que fuera insoportable. (165)

Isabel sugiere que el director de la Escuela, Juan Centeno, “no volvió a invitar a Américo Castro porque hablaba en inglés con unos y otros, cosa totalmente prohibida en aquella escuela española” (235). Es estupendo imaginar que uno de los hispanistas más influyentes de esa época no fuera invitado a volver a Middlebury por haber faltado contra la palabra de honor.

La reacción de Castro al acento granadino de Isabel era normal para esos tiempos en los que solamente se consideraba como modelo aceptable la lengua hablada por las clases superiores en la capital del país en cuestión, ya fuera París, o Madrid, o Londres, y las diferentes variedades de pronunciación de la misma eran tildadas  de inferiores —el Pygmalion de Shaw se puso en escena por primera vez no en Londres, sino en una traducción al alemán en Viena, en 1913, que luego se presentó en marzo del año siguiente en Nueva York, también en un teatro alemán y también antes del estreno londinense en octubre de ese año. (“Herr. G. B. Shaw …”). Incluso el Bulletin de 1917 que anuncia la sesion inaugural de la Escuela Española especifica categóricamente: “Castilian Spanish will be the language of the school” (21). Esta actitud, muy generalizada, Castro la había aprendido del fundador del institucionismo y de la nueva y más flexible pedagogía, don Francisco Giner de los Ríos. Nos lo revela Rafael Lapesa:

Américo Castro era maestro con magisterio que se ejercía sobre la totalidad vital del discípulo. Ese sentido del magisterio lo había recibido don Américo de su formación en la Institución Libre de Enseñanza, de don Francisco Giner de los Ríos. Castro contaba que don Francisco le dijo en una ocasión: “Américo, usted que es tan inteligente, ¿cómo no se quita ese acento provinciano?” Y don Américo se quitó su acento granadino, y hablaba un castellano correctísimo, central. Don Américo seguía esa línea integral de don Francisco Giner al ejercer su magisterio. (Lapesa 93)

Lo curioso en la reacción de Isabel a la reconvención de Castro es que en su propia casa se compartía la opinión de su profesor. En sus memorias, Manuel Fernández Montesinos, sobrino de Isabel, nos cuenta de su familia en el exilio de Nueva York:

Se abominaba del andalucismo chabacano, de esa “Andalucía horrible de los teatros” que se mencionaba en la obra inconclusa de tío Federico Los sueños de mi prima Aurelia. No gustaba demasiado el acento andaluz, y estaba prohibidísimo, desde luego, decir “Graná”. Y Granada … ¡Ay! A Granada y a los granadinos había que echarles de comer aparte. Los granadinos eran los otros, como el infierno de Sartre. Nosotros parece que habíamos dejado de serlo. (48)

Es irónico que Américo Castro, durante su exilio en los Estados Unidos, regresara en lo que parecen ser momentos de debilidad, a sus raíces andaluzas. Cuando Lapesa coincidió con Castro en la Universidad de Princeton durante el semestre de primavera de 1948, los dos tenían largas conversaciones al final del día: “En el coloquio distendido de las veladas, a eso de las diez y media de la noche, afloraba a veces su andalucismo reprimido; empezaban a escapársele eses aspiradas y algún seseo o ceceo, evocaba sus años granadinos y terminaba recordando charadas” (109).

Con quien sí tenía Isabel una vieja amistad, aunque no tan antigua como la que la unía a la familia de los Del Río, era con los Salinas. Federico y Francisco conocían bien a don Pedro como parte que eran del grupo de la Residencia, y en una ocasión, el matrimonio Salinas había visitado en Granada a los García Lorca. Fue entonces cuando los conoció Isabel y luego, en 1933, cuando los García Lorca fueron a vivir a Madrid, Isabel fue estudiante de Salinas en la universidad y en el Centro de Estudios Históricos (165). Pero Isabel no llegó a intimar con la familia Salinas hasta el verano de 1935, cuando fue a Santander para asistir a la Universidad de Verano que Salinas había fundado. Describiendo un día típico en La Magdalena en su autobiografía, escribe Isabel:

Yo casi siempre iba a la playa con Margarita [Bonmatí, la esposa de Salinas] y los niños. Ella era cariñosísima conmigo, y a mí me gustaba mucho aquella hora familiar y bañarme y jugar con Solita [la hija de Salinas, Soledad], que ya era mayorcita, y con Jaime, que era un encanto de simpatía y espontaneidad. Esos momentos con la familia Salinas hacían que me sintiera en la universidad como en casa. (181-2)

Otro de los nuevos contratados ese año de 1941 fue el chileno Eduardo Neale-Silva, que había cursado estudios graduados en la Universidad de Wisconsin, en Madison, donde coincidió con Centeno. Cuando el que esto escribe hizo el doctorado en la Universidad de Wisconsin a finales de la década de los sesenta y principio de la de los setenta del siglo pasado, el profesor Neale-Silva seguía en Madison dando clases. Neale-Silva era especialista en la literatura hispanoamericana, y tal parece que las instrucciones de Centeno a sus profesores para ese verano de 1941 fueron las de ofrecer cursos cuya temática fuera Hispanoamérica, pues incluso los españoles así lo hicieron. La serie de conferencias ofrecida por el mismo Américo Castro, por ejemplo, versaron sobre la conquista de América y las grandes figuras de la literatura hispanoamericana. El lingüista Tomás Navarro Tomás dio un curso sobre el español de América (Freeman 100).

1942
Para el verano de 1942, con Europa ya enfrascada en otra guerra, y los Estados Unidos entrando de lleno en ella, muchos de los exiliados de la Guerra Civil española que habían venido a este país, viendo la imposibilidad de un pronto regreso a España, hicieron arreglos más permanentes. Varios se habían establecido en la costa atlántica, repartidos desde Baltimore, donde Salinas trabajaba en la Universidad Johns Hopkins, hasta las cercanías de Boston, donde Guillén enseñaba en Wellesley College. Una invitación de Centeno para enseñar en la Escuela era una oportunidad de reunirse todos en un mismo sitio y reestablecer contactos personales más directos aunque fuera por unas semanas. La precariedad económica en que se encontraban y el calor en las ciudades durante los meses de verano hacían de Middlebury un lugar ideal porque combinaba la frescura del clima con la oportunidad de ganar algo y, last but not least, el volver a estar cerca de amigos. Ahora también se verían acompañados por más colegas hispanoamericanos, aunque la presencia de éstos en el profesorado no era una novedad.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, el estudio de la literatura y cultura del mundo hispanohablante en las universidades norteamericanas se limitaba a España casi de forma exclusiva. En la década de 1930 comenzaron a fomentarse los estudios latinoamericanos propiamente dichos (Cline 57), pero lo que le dio verdadero impulso a esta rama del saber en las universidades fue el cambio radical que implicaba para los Estados Unidos la política del Buen Vecino (Good Neighbor Policy) del presidente Franklin Delano Roosevelt. Este cambio “se aceleró cuando en 1941 los Estados Unidos se vieron directamente implicados [en la Segunda Guerra Mundial] El entusiasmo en el país por Latinoamérica dio lugar a que surgieran muchos programas de intercambio de intelectuales libros, ideas, y la abundancia de subsidios y becas” (Cline 59). La Escuela Española, desde sus inicios en 1917, había incluido a profesores hispanoamericanos, Freeman nos informa con orgullo (1975, 99). Centeno continuó esta tradición de que el profesorado reflejara la diversidad del mundo hispano aún antes de que la política del Buen Vecino comenzara a surtir efecto. En su informe al presidente de Middlebury College, Samuel Stratton, sobre el verano de 1939, escribe Centeno: “A juzgar tanto por los comentarios sobre este curso [“Present Day Political, Economic and Social Development of Spanish America”] como por la creciente tendencia en el país hacia un mayor contacto con Hispano América, estoy convencido de que, en la medida de nuestras posibilidades, debemos tratar de ampliar el campo de estudios hispanoamericanos” (Centeno).

El creciente interés en Hispano América puede haber sido la causa de que el número de estudiantes en la Escuela se quintuplicara en apenas 3 años: “De una matrícula de 60 en 1939, la Escuela Española […] llegó a un total de 326 en 1942” (Freeman 1975, 101). Es el mayor número de estudiantes que la Escuela ha tenido desde su fundación hasta el presente, lo que hizo posible contratar a más profesores: “En 1940, de una plantilla de 14, entre profesores y personal administrativo, y que incluía a esposas de profesores [que tenían algún trabajo en su mayoría] el número llegó a 46, incluyendo profesores, esposas y becarios” (101). El chileno Neale-Silva regresó el verano de 1942, pero ya en compañía de otros hispanoamericanistas, algunos subvencionados por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, como Raimundo Lazo, profesor de la Universidad de La Habana, quien enseñó un curso sobre la novela hispanoamericana. Había sido recomendado, como tantos otros lo serían antes y después, por Pedro Salinas (Garrido Domínguez 170). A lo largo de los años, Lazo llegaría a ser un gran divulgador de la literatura del continente con sus ediciones populares de los clásicos de distintos países; su decisión de quedarse en Cuba enseñando después del triunfo de la revolución castrista lo convertiría en un maestro de futuras generaciones en la isla hasta su muerte, en 1976.

Algo similar sucedió con Camila Henríquez Ureña, colega de Lazo en Middlebury y luego en la Universidad de La Habana. Era dominicana de nacimiento, pero cuando tenía nueve años, su familia, por razones políticas, se exilió en Cuba, donde Camila hizo la carrera universitaria. Luego amplió sus estudios en los Estados Unidos y se quedó en el país como profesora en Vassar College, y durante varios veranos en Middlebury. Al llegar Fidel Castro al poder en Cuba, Camila regresa a ese país y comienza a trabajar en la Universidad de La Habana. En 1979 vuelve de visita a Santo Domingo, y allí muere. Julia Álvarez, novelista, ensayista, poeta, y profesora de Middlebury, publicó en 2000 una biografía novelada de Camila y de su madre, la gran poeta dominicana Salomé Ureña, In the Name of Salomé, en la que algunos episodios toman lugar en Middlebury (Álvarez).

 “Don Pedro” Salinas regresó acompañado de su esposa, Margarita, y sus dos hijos, Soledad (Solita) y Jaime, que fueron empleados por Centeno como ayudantes para diversas tareas. Además de los que ya habían venido antes, como Casalduero e Isabel García Lorca, otros refugiados españoles se unieron al grupo.
Centeno escogió a dos profesores visitantes ese verano. Una fue Concha de Albornoz cuyo padre había sido embajador y ministro en los gobiernos republicanos. Concha había sido educada en escuelas de la Institución Libre de Enseñanza y después de graduarse de la universidad en Madrid enseñó por algún tiempo. Fue amiga y promotora de varios intelectuales y poetas, sobre todo del poeta alicantino Miguel Hernández, a quien ayudó a establecer contactos cuando llegó a Madrid por primera vez; Luis Cernuda fue también un gran amigo. Albornoz desempeñó varios cargos durante la República y pasó parte de la Guerra Civil en Grecia en un consulado español en ese país. Al final de la guerra su familia se exilió en México, y ella vino a Estados Unidos a enseñar en Mount Holyoke College.

El otro profesor visitante ese verano fue Enrique Díez-Canedo, poeta español, diplomático y crítico de teatro que se especializaba en la literatura hispanoamericana. Había sido miembro del Ateneo de Madrid, donde con Salinas, entre otros, en la década de 1920, había emprendido la reforma de la poesía española, con miras a liberarla de la métrica. Era embajador de España en Uruguay cuando visitó el país Federico García Lorca en enero de 1934 y uno de sus hijos fue parte del grupo teatral ambulante La Barraca (Gibson 363).

No es de extrañar que un estudioso del teatro como Díez-Canedo, y un ferviente amante del género, como lo era Salinas, se unieran a Casalduero y otros para confeccionar un “Juego cómico en ocho escenas y proscenio para estudiantes de español”, obrita en un acto titulada Doña Gramática, en la que las dificultades en el aprendizaje del uso de los modos verbales indicativo y subjuntivo, las preposiciones “por” y “para”, y los verbos “ser” y “estar” se personificaban con gran comicidad. El editor de la versión en la red, Emilio Quintana, escribe:

La realidad es que se trató de un trabajo colectivo, de un divertimento en el que todos, aunque es imposible saber en qué grado, tomaron parte. El ambiente fue, además, “cordialísimo”. Soledad Salinas nos recuerda que, mientras estaban escribiendo Doña Gramática, las risas de los amigos resonaban por toda la Escuela. (Quintana 7)

En los archivos de la Davis Library se encuentran dos fotos de la presentación original:



Al parecer, la experiencia de escribir teatro estimuló a Salinas a seguir haciéndolo, pues en una carta a Centeno escrita dos años más tarde desde Puerto Rico le dice: “También tengo a cargo de mi conciencia cuatro piececitas dramáticas que me he divertido mucho en escribir. Naturalmente sin salida” (Salinas 1991,120).

La profesora catalana Montserrat Escartín, especialista en la obra de Salinas, da más detalles de la composición de la obrita, cuyo manuscrito ha estudiado en la Houghton Library de Harvard, donde se guardan los papeles de Salinas. En el mismo se menciona a cuatro autores y la lista que da Escartín es la siguiente: “Pedro Salinas, Enrique Díez Canedo, José [sic] Casalduero y Augusto Centeno” (Escartín Gual 6). Este Augusto Centeno era el hermano mayor de Juan quien, como ya hemos visto, fue gran amigo de Luis Buñuel en la Residencia de Estudiantes, y fue quien invitó al cineasta aragonés, cuando éste se encontró sin cuarto, a quedarse en el de su hermano. En cuanto Augusto terminó la licenciatura en letras en la Universidad Central en 1923, pasó a los Estados Unidos y comenzó a enseñar en Princeton, donde permanecería por muchos años. En 1933 publicó A Graded Spanish Review Grammar with Composition, un libro que se convertiría en texto casi obligatorio a nivel universitario intermedio de enseñanza de la lengua hasta la década de los setenta. Augusto no aparece en las listas de profesores de la Escuela, quizá porque fue añadido en el último momento cuando empezó a crecer la matrícula. La relación entre Juan y Augusto fue objeto de preocupación entre Salinas y Guillén, como veremos.

Otra gran novedad de 1942 fue la presencia “oficial” de Fernando de los Ríos para dar una serie de conferencias. Como sabemos, su familia había estado viniendo desde 1940, pero don Fernando todavía estaba muy ocupado con su labor en el gobierno republicano en el exilio, que implicaba muchos viajes tratando de conseguir ayuda de los gobiernos americanos en la lucha contra Franco, que él y muchos esperaban que fuera otro de los perdedores de la gran guerra. Don Fernando tuvo otros alicientes para ese verano. Al final de la sesión, recibió un doctorado honoris causa de Middlebury, y un mes antes, el 16 de julio, dio en matrimonio a su única hija, Laura, a Francisco García Lorca.

Hemos visto que las dos familias se habían conocido en los años en que ambas vivían en Granada.  Una carta que Fernanda Urruti, la madre de don Fernando, llamada por todos la Bisa (apócope de bisabuela), escribe desde Nueva York en mayo de 1942 a un hijo que vive en Puerto Rico, muestra hasta qué punto llegaba esa amistad. Describe la petición que hizo Francisco, o Paco, a don Fernando, de la mano de su única hija, Laura. Tuvo lugar en el piso de la familia en el Upper West Side de Manhattan:

Ha venido toda la familia y todos a cual más cariñosos. Los pobres padres emocionados hasta un punto que apenas podían hablar. Es natural el recuerdo del otro hijo [Federico], que quería a Lauri como a una hermana menor y que hubiera sido tan feliz de ver la boda [que será] Dios mediante, en Middlebury, porque aquí ya sabes las muchas relaciones que tienen y serían muchos los compromisos. (Poco a poco 123)

Efectivamente, toda la familia del poeta asesinado, que incluía a sus padres, su hermano y sus dos hermanas, Isabel y Concha con sus tres hijos, cuyo padre también había sido asesinado, así como la familia de los Ríos, que incluía a los padres de la novia, Fernando de los Ríos Urruti y Gloria Giner de los Ríos García, su abuela por parte de padre, la Bisa y la abuela por parte de madre, Laura García, se encontraban presentes en la boda que se celebró en el jardín de la casa de Middlebury donde vivían ambas familias. Era probablemente la casona que albergaba la fraternidad conocida como K.D.R., que estaba y sigue estando rodeada de un amplio jardín, y que para la ocasión había sido arreglada por la siempre atenta Catherine Centeno, como describe la Bisa: “La casa (que es preciosa) hecha un jardín: por todas partes flores blancas magníficas que en la mañana trajo la mujer de Juanito Centeno. Tenía el auto llena de ellas completamente” (Poco a poco 126-7). El mismo momento de tristeza de la petición de mano se dio en la boda, pero esta vez visto a través de los ojos del sobrino de 10 años, Manuel Fernández-Montesinos García, que la recuerda así: 

Lo que más presente tengo de aquel día es la impresión de ver a mi madre [Concha, que había perdido esposo y hermano a pocos días de comenzar la Guerra Civil] llorar desconsolada sobre el hombro de Juan Centeno durante la ceremonia. No eran lágrimas de alegría por lo que estaba pasando, eso hasta un niño como yo era capaz de notarlo; eran de pena por lo que había pasado. (Fernández-Montesinos 52)


[Para una versión de esta boda, hacer click este enlace al libro de Tica, la hermana menor de Manolo Fernández-Montesinos.]

La foto del grupo de profesores y ayudantes ese verano muestra también a una persona de interés. Vemos, en la última fila y a la extrema derecha, a un jovencísimo Samuel Guarnaccia, quien se había graduado de Middlebury College en 1930, donde había sido estudiante de Centeno. Recibió su maestría en 1936 y comenzó a enseñar en el winter college en 1940. Hace aquí su primera aparición en el verano, y pronto se convertiría en un pilar de la vida y la misión de la Escuela después de su servicio militar en la marina de guerra norteamericana.

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