En Las Montañas De Vermont: Los Exiliados En La Escuela Española De Middlebury College (1937-1963)

Capítulo 3. Juan Centeno—Primera Parte: 1931-1936

1931

El verano de 1931, con dos nuevos administradores como responsables, la Escuela transcurrió bien, con la notable presencia de Gabriela Mistral, poetisa chilena que Federico de Onís había traído a Columbia University como profesora. El Instituto de las Españas, una creación de De Onís, había publicado en 1922 en Nueva York el primer gran libro de poemas de Mistral, Desolación, que aparecería en su país natal, Chile, al año siguiente. Catorce años después de su estancia en Middlebury, en 1945, Mistral sería la primera ganadora del Premio Nobel de Literatura en Hispanoamérica.

Pereda renunció al final del verano de 1931 para regresar a Puerto Rico, donde pronto se enfrascaría en la lucha por la independencia, llevando a cabo dos sonadas huelgas de hambre como protesta por el proyecto de hacer de Puerto Rico un estado más de los Estados Unidos. Pereda se autoexilió en Venezuela, y allí pasó el resto de sus días (Trigo).

Con caracter urgente, Moody llamó a Centeno en Syracuse ese mismo mes de agosto, al finalizar la sesión, y lo convenció de que viniera a Middlebury como profesor y decano de la Escuela. Centeno y su esposa vinieron inmediatamente. En opinión de Freeman, ambos Juan y Catherine formaban “una pareja ideal en la que ella era no solamente esposa y madre, sino tambiên dedicada secretaria, administradora asistente, y anfitriona de la Escuela Española. Cuando vinieron a Middlebury de Syracuse, Catherine se matriculó como estudiante y consiguió su licenciatura en 1933, y su masters en 1942” (1975, 92).

1932-34

Comienza así la ascendencia de los “institucionistas” en los veranos de Middlebury. Centeno, como hemos visto, era veterano de la Residencia de Estudiantes, y en Wisconsin fue estudiante de García Solalinde, otro institucionista. Ahora iba a trabajar con Gili Gaya, cuyos contactos con el institucionismo eran igualmente amplios, pues desde 1918 había comenzado a colaborar con el Centro de Estudios Históricos. En 1920 se incorporó al Instituto-Escuela, “experimento pedagógico todavía no superado hoy”, escribe Rafael Lapesa en 1976, y continúa, ahora sobre Gili Gaya:

Allí, con métodos entonces nuevos, logró que los alumnos llegaran a expresarse por escrito en buen castellano y les infundió amor a la literatura [. . .] pero además formó a muchos profesores jóvenes, que de él aprendieron el difícil arte de seleccionar y dosificar los conocimientos que habían de transmitir  [. . . .] Su comprensión, su capacidad para acomodarse a la mentalidad de adolescentes y profesores noveles, su pericia en distinguir lo esencial de lo accesorio, hicieron de él un excepcional pedagogo. (116-117)

La descripción que hace Lapesa de Gili Gaya, complementada con la habilidad de Centeno en las funciones administrativas, describen al director ideal para la Escuela. El que ambos fueran institucionistas aseguraba el trasvase e incorporación de esas ideas al acervo histórico de la Escuela. El propio Lapesa describe cómo funciona ese trasvase, y cómo se propaga, porque él mismo lo experimentó: “No pertenecí al Instituto Escuela, pero recibí indirectamente la orientación de Gili Gaya y traté de aprovecharla, tanto mientras fui catedrático de Instituto como después en la Universidad” (Lapesa 117). Para refrendar esa conexión, ese primer verano la administración Gili Gaya-Centeno invitó a dos profesores preparados en el Centro de Estudios Históricos. El primero fue Joaquín Casalduero, joven graduado de la Universidad de Madrid y, como Gili Gaya, maestro del Instituto Escuela, de donde pasó a enseñar en las universidades europeas de Strasbourg, Marbourg, Cambridge y Oxford, antes de venir a los Estados Unidos. Fue por muchos años profesor de la Escuela, y sería su director en años venideros en momentos de transición. También vino Manuel García Blanco, quien había estudiado en la Universidad de Salamanca con Miguel de Unamuno, y luego de pasar tiempo en Alemania, había completado la tesis en Madrid con Menéndez Pidal. Cuando Unamuno se jubiló, su joven discípulo pasó a ocupar su cátedra y allí permaneció por más de treinta años. Volvería a Middlebury los veranos de 1935, 1936 y 1951. Mientras tanto, su labor en Salamanca estableció esa universidad como importante centro del estudio de la lengua:

Fernando Lázaro [. . .]  ha puesto de relieve con gran justicia la importancia que el magisterio de García Blanco en Salamanca, juntamente con el de Dámaso Alonso en Madrid, tuvieron para que a las generaciones españolas de nuestra posguerra llegase, enriquecida, la tradición del saber filológico. (Lapesa 194)

Y Middlebury todavía se beneficia de la labor de García Blanco, pues grandes lingüistas y especialistas en la lengua que enseñan en Salamanca todavía son parte del profesorado de la Escuela.

El verano de 1932 transcurrió sin grandes novedades, a pesar de que el país se encontraba en medio de una depresión económica, pero en el de 1933 ya se empezaron a sentir los efectos de la misma, y esto se reflejó de inmediato en el número de estudiantes. Había 39 matriculados, y el enorme Hepburn Hall, donde solamente 28 de ellos convivían con siete profesores y sus familias debía haberles parecido algo tétrico en esas condiciones (Freeman 1975, 94). Gabriela Mistral, que había visitado Puerto Rico al finalizar el verano anterior, fue de nuevo invitada, pero tenía otros planes y recomendó a una profesora puertorriqueña que había conocido en España cuando ambas coincidieron en Madrid. Se trataba de Margot Arce, quien había hecho el doctorado en Madrid, donde se había vinculado con el Centro de Estudios Históricos y había estudiado con Américo Castro, Dámaso Alonso y Pedro Salinas. Su tesis, publicada en forma de libro por el Centro, era sobre el poeta español renacentista Garcilaso de la Vega y fue, y sigue siendo, obra de obligada consulta para los especialistas. El hecho de que hubiera sido escrita por una mujer e hispanoamericana, y que fuera tan bien recibida en los círculos académicos españoles da idea de la calidad de la misma. Arce fue también independentista y es muy probable que conociera a Celestino Pereda, de igual filiación política (“Arce de Vazquez”).

Al final de ese verano se presentó otro contratiempo administrativo: Gili Gaya decidió no regresar. El presidente Moody le ofreció el puesto a Centeno, pero este tomó la decisión de no aceptar por ser lo que Freeman califica de “demasiado modesto”, pero que responde más bien al compromiso de Centeno con lo que pensaba que era mejor para la Escuela, y que Freeman también reconoce: la necesidad de que la dirección de la Escuela estuviera en manos de “alguien de renombre que le diera prestigio” (1975, 94), lo cual es, y debería continuar siendo, una cualidad necesaria para el puesto. Un profesor de la Universidad de Pennsylvania, Miguel Romera Navarro, asume la dirección durante el verano de 1934, que desempeñó decorosamente hasta noviembre.  A partir de entonces, y en palabras de Freeman: “El ‘interregnum’ había terminado; la ‘era de Centeno’ estaba totalmente en sus manos”.

1935

La administración del College debió haber sentido un gran alivio de que terminara ese agitado período de transición que había comenzado con la renuncia de Moreno-Lacalle. Freeman se deshace en elogios hacia el nuevo director:

No era su naturaleza la de hacer cambios radicales o buscar publicidad [. . .].  Con apariencia externa tranquila y ecuánime, su intensidad era interiorizada, persuasivo más que enérgico, estimulaba de esa manera la amistad y la confianza de otros [. . .] [Era] conocido formalmente como ‘el decano’, pero con familiaridad cariñosa como ‘Juanito’. Su énfasis estaba en la comunidad y en la participación de todos. (1975, 94-95)


Sin saberlo, Freeman describe al perfecto institucionista, heredero de las ideas de Giner de los Ríos. Esas ideas, adquiridas en Madrid y en la Residencia, coincidían con lo que Moreno-Lacalle había establecido como modo de operación de la Escuela, que se basaba en vivir lo aprendido y aprender de lo vivido, en este caso circunscritos a la lengua y la cultura hispánicas. Centeno mantuvo y reactivó los detalles más emblemáticos de ese proceder, como las actividades co-curriculares. Las comidas, por ejemplo, eran eventos democráticos en el que profesores y estudiantes compartían las mesas en un sistema de rotación que garantizaba la convivencia.



Igual de importante eran también las fiestas, juegos, lecturas dramáticas, teatro de marionetas, deportes, picnics, viajes al lago Dunmore, caminatas y cuanta actividad fomentara la participación del individuo en la vida del grupo; era el modelo de la Residencia. Y justo a tiempo, porque al año siguiente, la Residencia y todo lo que representaba, dejó de existir en el lugar en que había florecido, la colina de los chopos en Madrid.

1936: El fin de la Residencia

El arreglo político que había gobernado España desde las últimas décadas del siglo XIX y que había producido el “desastre” de 1898, había continuado en el siglo XX sin que se resolvieran los graves problemas que afectaban el país. Durante la Primera Guerra Mundial, la economía española se había beneficiado de la neutralidad del país durante la contienda, pero una vez terminada ésta, la inestabilidad institucional se hizo más aparente, y en 1923, el ejército tomó las riendas del poder y estableció una dictadura apoyada por el rey, Alfonso XIII. Cuando los efectos de la crisis económica de 1929 se hicieron sentir, la inestabilidad volvió a las instituciones políticas y unas elecciones municipales dieron el triunfo a los que favorecían un sistema republicano, que se estableció en 1931. En medio de numerosos embates, la República sobrevivió hasta que un fallido golpe de estado en julio de 1936 desencadenó una Guerra Civil que dividió al país en las ideas y en su geografía y que culminó con la derrota republicana en marzo de 1939, cuando Madrid cayó en manos de los sublevados, conocidos como Nacionalistas. Según el historiador Henry Kamen:

Una destacada característica del bando republicano fue la casi unánime simpatía que tuvieron por su causa los intelectuales españoles, desde [Federico] García Lorca, asesinado en 1936 en Granada, a Antonio Machado, quien murió justo al cruzar la frontera francesa en 1939 como un refugiado de su martirizado país. La victoria de los Nacionalistas significó el exilio voluntario de todo importante pensador, poeta y artista con ideas progresivas. Una talentosa generación al completo se marchó afuera (principalmente a Francia y Latinoamérica) como protesta.  (106)

Otros de esos intelectuales vinieron a los Estados Unidos y se establecieron sobre todo en la costa este, donde había una mayor concentración de universidades y por tanto de oportunidades de trabajo. Fue una afortunada coincidencia el que al comienzo de la guerra en España, un antiguo residente de la Residencia de Estudiantes estuviera ya desempeñando el cargo de director de la Escuela Española de Middlebury. Centeno, quien ya había tenido los veranos de 1935 y 1936 para consolidar y encarrilar la Escuela, hizo posible que ésta fuera el refugio veraniego de muchos de esos exiliados, lo que inició lo que muchos consideran su “edad de oro”. 

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