En Las Montañas De Vermont: Los Exiliados En La Escuela Española De Middlebury College (1937-1963)

Capítulo 2. Los Inicios: de 1917 a 1930

Coincidiendo casi exactamente con la iniciativa de Nicholas Murray Butler en Columbia, aunque por motivos al parecer muy diferentes, la administración académica de Middlebury College tomó una decisión similar. Nos narra Freeman:

Durante el invierno de 1916-17, el Dr. Collins, presidente en funciones del college, y el profesor McFarland, director de la sesión de verano, estaban muy al tanto de que el éxito de las Escuelas de Alemán y Francés [que habían comenzado en 1915 y 1916 respectivamente] justificaba experimentar con otra lengua. Aún más evidente era la reacción popular contra el alemán y a favor del español. Por ejemplo, la Junta de Educación de la ciudad de Nueva York canceló la enseñanza del alemán en las escuelas, y aconsejó a los maestros que se prepararan a enseñar español a partir de septiembre. La oportunidad que esto le brindada a Middlebury era obvia. (Freeman 1975, 49)

Esto era consecuencia, desde luego, de la entrada de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial contra Alemania. Como resultado, la primera sesión de la Escuela Española comenzaría ese verano de 1917 bajo la dirección de Julián Moreno-Lacalle. El desarrollo paralelo de los dos programas, el de Columbia y el de Middlebury, los llevaría a estrechar sus relaciones y ese encuentro hallaría raíces comunes en otro organismo de inspiración institucionista, la Residencia de Estudiantes.

La idea de los fundadores de la Residencia era crear un espacio donde pudieran vivir estudiantes universitarios que, con el contacto diario con otros estudiantes e intelectuales progresistas, se beneficiaran de estar en un ambiente basado en los principios de la Institución Libre de Enseñanza. Los estudiantes en dicha residencia tendrían a su disposición laboratorios y bibliotecas que se crearían para ellos. También habría conferencias y charlas con invitados de todas las ramas del saber. El modelo a seguir era el de los colleges de universidades prestigiosas de la Gran Bretaña como Oxford y Cambridge (Crispin 1981). La Residencia de Estudiantes abrió sus puertas en octubre de 1910 con 17 residentes en una casa de la calle Fortuny, en Madrid, justo detrás del Instituto Internacional, que estaba y sigue estando en el número 8 de la calle Miguel Ángel. Casi medio siglo después, el programa de Madrid de Middlebury College comenzaría su andadura en Miguel Ángel, 8 (Guardia). La Residencia también fue, desde sus principios, un lugar donde podían quedarse estudiosos e intelectuales de dentro y fuera del país que estuvieran de paso o por algún tiempo en Madrid. Uno de los primeros hombres ilustres en hacer uso de la Residencia de esa manera fue quien había sido profesor de Federico de Onís en Salamanca, Miguel de Unamuno, cuya hija, María, obtendría su master en Middlebury y enseñaría varios años después en la Escuela Española. También fueron residentes desde 1911 hasta 1913 otro futuro profesor de la Escuela, Jorge Guillén, y el filólogo Antonio García Solalinde, cuya relación con la Escuela Española, donde enseñó en 1924, sería valiosísima (Soria Olmedo 144-5).

Aunque las instalaciones estaban muy lejos de ser de hotel de lujo, lo que atraía a muchos a la Residencia eran los programas que complementaban la labor académica propiamente dicha y que hoy llamaríamos “co-curriculares”. Federico de Onís fue el primer “director de Estudios” (Formetín Ibáñez 301). Recitales, conferencias, un proyecto de publicaciones, laboratorios de biología, una biblioteca y aun deportes eran parte del día a día. Muy pronto la demanda superó la oferta y el Ministerio de Instrucción Pública concedió a la Residencia unos terrenos un poco más al norte de la casa en Fortuny, en lo que entonces era el fin del Paseo de la Castellana y las afueras de la ciudad, en una colina muy cerca del hipódromo con vistas al campo y las montañas de la Sierra de Guadarrama. Allí se construyeron cinco edificios que albergaban dormitorios, laboratorios, salones de conferencias, comedores y otras dependencias. Para no perder el sentido de comunidad y de misión compartida, el número de residentes, todos varones, se limitó a 150 (Crispin 1981, 34).

En los sitios que quedaban vacantes en la calle Fortuny, se estableció entonces la Residencia de Señoritas, que pronto estaría estrechamente ligada a otra institución para mujeres que se encontraba literalmente al otro lado de la tapia, el ya mencionado International Institute for Girls (Zulueta 1993, 73). La Residencia de Señoritas, como corresponde a sus lazos con el institucionismo, tenía el mismo ideario y seguía las mismas prácticas pedagógicas que la de Estudiantes. La primera directora fue María de Maeztu, pionera de la educación de la mujer en España, y becaria en Alemania por la Junta para Ampliación de Estudios (Moreno Luzón 160). Era hermana de Ramiro de Maeztu, uno de los miembros de la Generación del 98, quien años después sería el primer escritor de renombre que informaría sobre la Escuela Española a los lectores de un periódico de Madrid. No sería el último.

La colina en la que estaban situadas las nuevas edificaciones de la Residencia fue llamada por el poeta Juan Ramón Jiménez la “colina de los chopos”, dada la vegetación imperante. Los edificios se encontraban entre jardines y zonas verdes, tal como un campus norteamericano; los estudiantes vivían en celdas casi monásticas, con el mobiliario básico, y las comidas se hacían en mesas largas con asientos previamente asignados. No es de extrañar que años después, muchos de los que habían vivido allí encontrarían en Middlebury un ambiente reconocible. 

Los estudiantes seguían clases en la universidad, que todavía en aquellos tiempos estaba en el casco urbano de Madrid. Aunque los había de muchas disciplinas, el grupo mayoritario era el de la Facultad de Medicina, atraídos a la Residencia por sus nuevos laboratorios, seguidos por los de Ingeniería. La presencia de estudiantes de ciencia en la Residencia estaba en consonancia con las ideas de la Institución, como escribe Crispin:

la Residencia se propuso fomentar una formación verdaderamente humanista, luchando siempre contra la excesiva especialización. Para realizar esta meta, se organizaron cursos cortos, ciclos de conferencias y visitas de personalidades importantes en disciplinas de todo tipo: poesía —Paul Valery, Paul Claudel, Louis Aragon, Filippo Marinetti; física y química — Albert Einstein, Marie Curie; arqueología — Howard Carter; música — Maurice Ravel, Darius Milhaud, Francis Poulenc; economía —John M. Keynes, etc. (Crispin 1981, 50-53)

Las visitas de tales personalidades eran objeto de artículos en la prensa de Madrid, y en ocasiones las conferencias eran tan populares que desbordaban la capacidad de los auditorios de la Residencia, por lo que algunos de los conferenciantes tenían que repetir sus presentaciones en salones más amplios de la capital, como sucedió con Carter, quien recientemente había descubierto la tumba de Tutankhamun. Como resume John Crispin: “Gracias, en gran parte, a la labor de integración cultural mantenida a lo largo de veinticinco años, y de las increíblemente diversas actividades intelectuales que ofrecía el ambiente de la Residencia, las décadas de los veinte y de los treinta se caracterizaron por una síntesis cultural jamás alcanzada en España ni antes ni después” (Crispin 1981, 88).

Pero es quizá la presencia de tres jóvenes de provincia en esos años de la segunda y tercera décadas del siglo veinte la que daría a la Residencia resonancia internacional. Aunque todavía no se habían dedicado por entero a las profesiones que les darían fama, fue en la Residencia donde se conocieron y se influyeron uno al otro Federico García Lorca, poeta y dramaturgo de Andalucía, Salvador Dalí, pintor de Cataluña, y Luis Buñuel, director de cine y natural de Aragón. Federico García Lorca llegó en 1919 con cartas de recomendación de su profesor en la escuela de Derecho en Granada, Fernando de los Ríos. De los Ríos era también andaluz, de Ronda, y pariente del fundador de la Institución y de la Residencia, Francisco Giner de los Ríos. Fernando de los Ríos vivió en Granada por unos años a partir de 1911, y comenzó allí su gran amistad y eventual parentesco con la familia de García Lorca (Gibson 78). Su carrera lo llevaría a las más altas esferas del gobierno, al exilio y a la Escuela Española de Middlebury, como veremos.

Apenas llegó García Lorca a Madrid en la primavera de 1919, comenzó a conocer a poetas y artistas y profesores que luego encontraremos en Middlebury, como Ángel del Río, Amado Alonso y Pedro Salinas (Gibson 84), y con los años, ese círculo de amigos se ampliaría para formar lo que luego se llamaría la Generación del 27. Poco tiempo después de haberse instalado García Lorca en la Residencia para continuar en Madrid sus estudios de Derecho, llegaría otro joven andaluz a vivir allí para estudiar Medicina en la universidad. Se llamaba Juan Centeno, y tanto él como su hermano Augusto, también huésped de la Residencia, eran de Ronda, como lo eran Giner de los Ríos y Fernando de los Ríos. Hay amplio testimonio fotográfico que demuestra la amistad entre García Lorca y Juan Centeno.



Juan Centeno, su hermano Augusto, y todos los estudiantes que vivían o frecuentaban la Residencia se beneficiaron enormemente de esa integración cultural que era la fórmula de vida allí, pues les permitía codearse con personas que o ya eran o pronto serían conocidas por sus logros en muchas áreas del arte y las ciencias. Apenas cinco años después de la fecha de las fotos, por ejemplo, cuando Centeno ya había viajado a los Estados Unidos para ampliar sus estudios de medicina, Salvador Dalí y Luis Buñuel completarían en París una de las primeras películas surrealistas y quizás la más famosa, Un chien andalou.
Buñuel, quien vivió en la Residencia de 1917 a 1925, también fue amigo de Juan Centeno y dejó un singular testimonio en su autobiografía que muestra lo peregrino del caracter del cineasta, y también la generosidad y hospitalidad de Centeno, que tan obvia sería años después. En una ocasión, Buñuel dejó la Residencia para ir de vacaciones y no avisó a la directiva de su intención de regresar. Al volver, se encontró con que ya no había habitación disponible y recurrió a Juan, hermano de su amigo Augusto Centeno. Juan inmediatamente accedió a compartir su pequeña habitación con Buñuel hasta que éste encontrara un cuarto libre. La cita de Buñuel sigue aquí en mi traducción de la versión inglesa de su autobiografía:
 

Juan era un estudiante de medicina y se levantaba temprano todas las mañanas, aunque no antes de haber pasado un buen período de tiempo peinándose. Lo curioso es que siempre dejaba de pasar el peine donde ya no se veía el pelo, dejando la parte de atrás de la cabeza, donde no lo mostraba el espejo, completamente despeinada. Esta absurda costumbre, repetida diariamente, me irritaba tanto que al cabo de un par de semanas comencé a odiarle. Le agradecía que compartiera su cuarto conmigo, pero no lo podía evitar; era una aversión irracional producida, a no dudarlo, en algún oscuro rincón de mi subconsciente. Años después, todavía no lo había olvidado; hay una escena en "El ángel exterminador" que hace alusión a esa excentricidad de Juan. (52-53)

La película a la que se refiere Buñuel se considera una de sus obras maestras surrealistas y la escena en cuestión se produce así: después de una cena en un palacete de la ciudad de México, los elegantes invitados se dan cuenta de que no pueden salir del salón donde han ido a hacer la sobremesa. Están atrapados allí por varios días sin que nada obvio les impida irse. Las convenciones sociales comienzan a deteriorarse primero paulatinamente y luego con suma rapidez. Aproximadamente en el minuto 48 de la película vemos a una mujer, que como aturdida por lo que está ocurriendo, se mira en un espejo y peina su cabello con movimientos mecánicos. Un hombre joven, que parece tener una relación incestuosa con su hermana, le dice a ésta: “No resisto a esa harpía peinándose nada más media cabeza. La odio”. La hermana le dice a la mujer que deje de peinarse, le arranca el peine de las manos y con fuerza se lo pasa por los cabellos hasta el final del pelo, diciéndole que es así como se hace. El joven entonces le quita el peine y lo rompe. La película apareció en las carteleras en 1962, por lo que puede decirse que por casi 40 años Buñuel tuvo esa obsesión con la forma de peinarse de Juan Centeno, que había muerto trece años antes.

Hacia el final de la década de los veinte, ya muchos de estos jóvenes habían completado sus estudios, aunque la Residencia seguía siendo el foco de actividades intelectuales y artísticas y lugar de encuentros para ese grupo de la Generación del 27.

Paralelamente a la instalación de la Residencia en la colina de los chopos, y a menos de un año de la llegada de Federico de Onís a la Universidad de Columbia, en Middlebury, Vermont, se pone en marcha la Escuela Española en el verano de 1917. Su primer director y fundador, Julián Moreno-Lacalle, establece desde el primer verano no solamente lo que sería el modelo de organización de la instrucción académica, sino también de la vida en la Escuela durante las semanas que desarrollaba sus funciones, porque es ahí donde se hace posible el proyecto de total immersion que caracteriza las Escuelas de lengua de Middlebury College. Nos narra Freeman de ese primer verano: “El programa co-curricular estaba muy lleno, había algo todas las noches de la semana: canciones folclóricas, lecturas al aire libre, juegos de salón, conferencias ilustradas, pícnics y excursiones, un acto en beneficio de la Cruz Roja con espectáculo y baile” (1975, 51). De la misma manera que la Residencia propiciaba la confraternización entre estudiantes de muchas disciplinas por medio de un nutrido programa de actividades culturales, deportivas, de divulgación, etc., la Escuela Española usaba su apretado programa co-curricular como lugar de encuentros de profesores y alumnos para poner en práctica fuera del aula de clases lo aprendido en la parte académica del programa. Para el año siguiente, la actividad teatral, que tan importante sería en la vida de la Escuela, comenzó con varias obras representadas por estudiantes y profesores (Freeman 1975, 52-53). En 1921, la Escuela se atrevió con una zarzuela, La Revoltosa (56), y aunque no sabemos cómo se presentaron sus números musicales, otras en el futuro cercano se cantaban acompañadas al piano.

Es muy probable que Julián Moreno-Lacalle tuviera conocimiento de las ideas institucionistas, pues había estudiado en España a principios del siglo XX (Freeman 1975, 49). Independientemente de la orientación ideológica del director, el hecho es que lo que pretendía hacer la Residencia de Estudiantes como implementación de las ideas institucionistas: el desarrollo del individuo en todos sus aspectos — físicos, intelectuales, artísticos —, se encontraba ya en la propia naturaleza de lo que podría llamarse el “sistema” de las Escuelas de Middlebury en el campo específico del aprendizaje de las lenguas, pues desbordaba las aulas e incluía todo eso — paseos en el campo, actividades culturales, incluso servicios religiosos — en alemán, francés, y ahora en español (60).

Estas coincidencias entre la Institución Libre y la Escuela Española fueron reforzadas por contactos personales que se establecieron casi desde el principio. La primera figura relacionada con la Residencia en enseñar en Middlebury parece haber sido María Díez de Oñate, quien fue contratada originalmente para la “escuela de invierno” (O winter college, el curso académico de septiembre a mayo), como vemos en un artículo de la primera plana del periódico estudiantil, Middlebury Campus del miércoles 1 de diciembre de 1920:

Senorita [sic] Maria Diez de Onate [sic], graduada de la Universidad de Madrid, y que ha sido contratada como parte del profesorado del Departamento de Español de Middlebury College, ha llegado a Middlebury y ha asumido sus funciones. Por cinco años la Senorita de Onate fue secretaria de la “Residencia de Estudiantes” en Madrid, una institución mantenida por la Junta para Ampliación de Estudios bajo el Ministerio de Instrucción Pública de España [. . . ] Senorita de Onate tendrá un importante papel en la vida social de la Escuela Española de verano. (“New Spanish Instructor”)

Díez de Oñate era pianista, y sus acompañamientos musicales serían parte importante de las actividades co-curriculares de la Escuela en el futuro. Es muy probable que fuera la pianista de La Revoltosa. Una vez establecido ese lazo con la Residencia, comienzan otros. En el prólogo al libro Diario de viaje a Estados Unidos: Un año en Smith College (1921-1922), de Carmen Castilla, el editor, Santiago López-Ríos Moreno, escribe: “No es descabellado imaginar que las gestiones de María [Díez de] Oñate fueron decisivas para que a Carmen (Castilla) le ofrecieran un puesto de trabajo para enseñar español en Middlebury College” (López-Ríos Moreno 44). Tanto Carmen Castilla como Díez de Oñate habían vivido en la Residencia de Señoritas. Sobre todo durante la década de 1920 a 1931, los becarios y pensionados de la Junta comenzaron a llegar a los colleges y universidades de Estados Unidos en números crecientes. Las becarias españolas eran enviadas principalmente a los colleges de mujeres que tanto abundan en la costa este--sobre todo Smith, Mount Holyoke, Connecticut College, Vassar (Fomentín)--y muchas de dichas becarias eran contratadas por Moreno-Lacalle para dar cursos o para organizar actividades co-curriculares en la Escuela.

No solamente mujeres vinieron de ese grupo de colleges. Justamente otro beneficiario de beca de la Junta para Ampliación de Estudios que se unió al profesorado ese verano de 1920 y el de 1921, vino mientras era profesor de Connecticut College y luego de Smith College. Se trata del gallego César Barja quien, como tantos otros, había estudiado derecho en Madrid y había hecho estudios de posgrado por dos años en Leipzig, y luego en Harvard. Al terminar en esta universidad en 1917, aceptó un puesto como instructor de español en Connecticut College y reorientó su carrera hacia la enseñanza de la lengua y literatura españolas. En 1924 pasó a la Universidad de California en Los Angeles, donde permaneció hasta su muerte en 1951 (Corbató).

Desde sus primeros años, la Escuela atrajo a profesores y conferenciantes de renombre. El primero de esos visiting professors fue Víctor Andrés Belaúnde, profesor universitario en Lima y embajador de Perú en varios países hispanoamericanos, quien fue profesor en la sesión de 1922. Como tantos otros que lo seguirían en ese puesto, se encontraba exiliado en los Estados Unidos por razones políticas. Volvería a su país y ocuparía diversos cargos allí y en el extranjero, llegando a ser presidente de la asamblea general de las Naciones Unidas en 1959 (Belaúnde). Siete años después de haber enseñado en la Escuela, Belaúnde conocería a Federico García Lorca. Esto ocurriría en 1929, cuando ambos, amigos de Federico de Onís, estaban en Nueva York y en la Universidad de Columbia (García Belaúnde). Cuando Belaúnde estuvo en España en 1936, se retrató acompañado de su familia, en una visita en la que el poeta los llevó a Toledo poco antes de ser asesinado. Un sobrino de Belaúnde, Fernando Belaúnde Terry, llegaría a ser presidente de Perú en dos ocasiones.

Dos años después, en 1924, otro profesor invitado, Antonio García Solalinde, reforzaría los lazos directos con el institucionismo. García Solalinde era de la provincia de Zamora, estudió en la Universidad de Madrid, y fue uno de los primeros huéspedes de la Residencia cuando abrió sus puertas en la calle Fortuny. Allí vivió de 1911 a 1914, y al año entre 1913-14, becado por la Junta para Ampliación de Estudios, fue a estudiar a Francia, Italia y Alemania. A su regreso, comenzó a trabajar en el Centro de Estudios Históricos bajo la dirección de Menéndez Pidal hasta que vino a Middlebury. Del año anterior, 1923, es esta foto de García Solalinde con Federico García Lorca:


García Solalinde vino muy bien recomendado. De acuerdo a unas notas en los archivos de la Davis Library, Moreno-Lacalle invitó a Américo Castro, aprovechando que éste se encontraba por entonces en la Universidad de Columbia, pero Castro ya se había comprometido a ir a la Universidad de Puerto Rico, y sugirió a García Solalinde (Moreno-Lacalle). Después del verano en Middlebury, García Solalinde partió a la Universidad de Wisconsin, en Madison. Allí continuaría su labor de divulgación con la fundación del Seminario de Estudios Medievales Españoles, que se convirtió en el foco del medievalismo español en los Estados Unidos, “una como prolongación del Centro de Estudios Históricos” (Ortega 352). La personalidad de García Solalinde, según la describe un colega, autor de la nota necrológica, denota las cualidades de un institucionista y discípulo de Giner:

“Paciencia, y trabajar,” y “lo importante no es hablar, sino hacer,” nos decía a menudo. Tenía fe en sí mismo y en los otros hombres, y por eso se empeñó en una tarea gigantesca que estaba seguro había de agotarle. Directo y puro, no admitía vacilaciones con el deber [. . .]. Fue uno de los españoles que silenciosamente, sin gestos en el aire, levantan los valores. (Ortega 352)

Es notable la coincidencia de esta descripción del caracter de García Solalinde con la que hizo el poeta Antonio Machado de Giner de los Ríos para una ocasión similar, una nota necrológica de 1915. Giner había sido maestro de Machado en la escuela primaria en la que ambos coincidieron en su nativa Andalucía:

[C]arecía de vanidades, pero no de orgullo; convencido de ser, desdeñaba el aparentar. Era sencillo, austero hasta la santidad, amigo de las proporciones justas y de las medidas cabales. Era un místico, pero no contemplativo ni extático, sino laborioso y activo. Tenía el alma fundadora de Teresa de Ávila y de Iñigo de Loyola; pero él se adueñaba de los espíritus por la libertad y por el amor. Toda la España viva, joven y fecunda acabó por agruparse en torno al imán invisible de aquél alma tan fuerte y tan pura. (Machado)

Como veremos, similar lenguaje sería usado muchos años después para describir a Juan Centeno por los colegas que llegaron a conocerle en Middlebury.

Durante el verano siguiente al de García Solalinde, el de 1925, la Escuela recibió como profesor invitado especial al escritor Ramiro de Maeztu, hermano de la directora de la Residencia de Señoritas en Madrid, María de Maeztu. Parece que Maeztu no fue la primera opción de Moreno-Lacalle, pues en los archivos de la biblioteca Davis, encontramos la siguiente carta-telegrama del director a Miguel de Unamuno:

Understanding you desire to visit United States am pleased to invite you to lecture Spanish Summer Session Middlebury College, seven weeks from July 3 August 21, 1925. Compensation $1000 plus $250 for travel expenses. We would also organize for you lecture tour through United States for fall and winter 1925. M. René Lalou [un profesor de la Escuela Francesa que también lo era del Lycée Henri IV en Paris durante el año escolar] will call on you to give you information regarding Middlebury College. J. Moreno-Lacalle”. (Moreno-Lacalle) [En conocimiento de su deseo de visitar Estados Unidos me place invitarle a dar conferencias en sesión verano Escuela española Middlebury College, siete semanas 3 julio  21 agosto 1925. Compensación $1000 más $250 para gastos de viaje. También organizaríamos una serie de conferencias por Estados Unidos durante otoño e invierno 1925. M. René Lalou le visitará para darle información sobre Middlebury College. J. Moreno-Lacalle]

El cable fue enviado al Novelty Hotel, 2, rue de la Perouse, Paris, donde se encontraba Unamuno al principio de su destierro por la dictadura de Primo de Rivera. No sabemos cómo llegó a conocer el director del deseo de Unamuno de visitar los Estados Unidos, pero es evidente que éste no pudo o no quiso aceptar la oferta. Su hija, María, como veremos, sería profesora en la Escuela por muchos años.
Maeztu era, como Unamuno, miembro del grupo de intelectuales que integraban la Generación del 98, de la que conviene recordar que, buscando las causas del “desastre” de la guerra entre España y los Estados Unidos, pidió cambios en España. Según Ángel del Río, Maeztu había sido uno de los más radicales en sus posiciones: “[F]ue en su juventud el escritor más agresivo, nietzscheano y revolucionario de todos [los de su grupo generacional]”. Después de la Primera Guerra Mundial, sin embargo, su pensamiento dio un viraje radical y “se pasó al extremo opuesto y fue evolucionando hacia una filosofía de sentido conservador hasta llegar a ser paladín de la tradición nacional y católica en su último libro, Defensa de la Hispanidad” (Río 1963, II, 276). Durante esta etapa de su desarrollo intelectual se produjo la visita a Middlebury. El periódico estudiantil la había anunciado ya en febrero y anticipaba lo que luego en efecto ocurrió: “Sus artículos sobre política, sociología, y educación son publicados no solamente en ‘El Sol’—influyente diario madrileño—sino también en los grandes periódicos en Londres, París y Berlín.” El artículo también daba una somera valorización del pensamiento de Maeztu en esos momentos: “En la intensa campaña que ahora lleva a cabo por la reforma de la educación en España, apoya el regreso a los clásicos, pues cree que en el estudio del latín y el griego lleva ‘a serenidad compatible con las exigencias de la vida moderna’ (“Senor de Maeztu”)”.  O sea, que el pensamiento de Maeztu con respecto a lo que se necesitaba hacer sobre la educación en España era algo diferente de lo que promovían los institucionistas. Sin embargo, a Maeztu le halagó el énfasis de la Escuela en lo hispánico y en el uso del lenguaje español contemporáneo, y se dio cuenta de la importancia para el futuro del español en los Estados Unidos de lo que se hacía en la Escuela. Escribió dos artículos sobre su visita para El Sol, periódico madrileño en el que también colaboraba Federico de Onís (Formentín Ibáñez 303). El primero, del 28 de julio de 1925, describe Vermont y el pueblo de Middlebury, con algunos detalles sobre la Escuela. El segundo es exclusivamente sobre la Escuela, y comienza con un párrafo en el que destaca acertadamente la característica más importante de la misma, la palabra de honor:

En este rinconcito de América del Norte hay un español [Moreno-Lacalle era de Filipinas, pero nació cuando todavía el archipiélago era posesión española. A juzgar por lo que escribe Maeztu, todavía mantenía la ciudadanía española] que ha prohibido a ciudadanos y ciudadanas de los Estados Unidos el uso de su idioma nativo. En esta escuela veraniega de español no se habla otro idioma que el de Cervantes desde la mañana hasta la noche [. . .] Así se perfeccionan en el conocimiento de nuestro idioma los que en los Estados Unidos lo enseñan. (Maeztu)

Las metas de la Escuela son ya patentes para Maeztu, quien las enumera en el mismo artículo: “La Escuela Española se fundó en 1917: Primero, para mejorar la preparación de los maestros de español; segundo, para propagar el estudio del español en los Estados Unidos, y tercero, para mejorar los métodos de enseñanza”. Con aguda perspicacia, Maeztu acierta a definir los fundamentos de la Escuela, que continúan hasta el presente. Maeztu, como Federico García Lorca, fue asesinado al principio de la Guerra Civil, pero en su caso, al contrario que Federico, por soldados republicanos, el 20 de octubre de 1936.

Ese mismo verano de la visita de Maeztu, 1925, Moreno-Lacalle emprendió un segundo intento de comenzar un programa de verano en España, esta vez en Madrid, y con la cooperación del Centro de Estudios Históricos, con el que establece una relación más bien informal, pero como resultado de la cual, en el período de 1925 a 1927, hasta seis profesores con lazos con el Centro de Estudios Históricos vinieron a enseñar en la Escuela (Garrido Domínguez 101).  Dos años antes, en 1923, Moreno-Lacalle había tratado de poner en marcha un programa en Granada, pero como solamente se matricularon tres estudiantes, el proyecto fue cancelado (Freeman 1975, 56). En este nuevo intento los estudiantes —solamente siete— permanecieron en Madrid y sus clases fueron ofrecidas en las aulas del Centro. No parece haber habido nada en 1928, pero en 1929 se anunció un programa en la ciudad de Jaca que tampoco se llegó a ofrecer (61). Tres décadas pasarían antes de que se hiciera realidad esta iniciativa del muy emprendedor primer director.

Es muy probable que García Solalinde, ya para entonces instalado en la Universidad de Wisconsin en Madison, hubiera recomendado como profesores invitados a Miguel Herrero García en el verano de 1926, y a José Vallejo, en el de 1928. Ambos, como García Solalinde, eran filólogos en el Centro de Estudios Históricos de Madrid.
Para el siguiente verano de 1929, Moreno-Lacalle decidió apostar por la escritura creativa e invitó a Concha Espina. Espina era famosa en todo el mundo de habla hispana mayormente por sus novelas, aunque también era ensayista y articulista. En 1927 los reyes de España habían inaugurado un monumento a la escritora con el que su ciudad natal, Santander, quería homenajearla, y dos años después, al saber que Espina iba a pasar por las Antillas en su viaje a Vermont, el mismo rey, Alfonso XIII, le pidió a Espina que llevara un mensaje suyo de saludo a los hispanohablantes que iba a visitar (Díaz Castañón 21; Bretz). Espina vino acompañada por su hija, Josefina de la Maza, y el viaje debió haber sido agotador para la escritora pues incluía estancias en Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico. En Nueva York, fueron recibidas con todos los honores por Archer Huntington, a quien ya hemos visto como posible iniciador del contacto entre Nicholas Murray Butler, presidente de la Universidad de Columbia, y Federico de Onís.

De la estancia en Middlebury de Concha Espina hay dos versiones escritas por la propia escritora. La primera es un diario de viaje publicado en 1932 bajo el título de Singladuras; la otra vendría en forma novelada. El encuentro de la escritora, que en su propio país era defensora de los derechos de la mujer, con la mujer estadounidense que conoció en Middlebury produce una reacción condicionada más por la clase social que por la preocupación por la igualdad de los géneros, como veremos con un ejemplo. Era costumbre en aquellos primeros años de la vida de la Escuela que las comidas fueran servidas en mesas asignadas a profesores y los estudiantes cambiaran de mesa a mesa según un horario pre-establecido. La idea era que los estudiantes llegaran a conocer a los profesores en un ambiente más informal. Freeman lo describe así:

Para facilitar los intercambios entre profesores y estudiantes se estableció un elaborado sistema que requería que al menos un profesor presidiera una determinada mesa en todas las comidas y a los estudiantes se les hacía rotar de mesa en mesa y aun en la misma mesa de manera que al menos una vez un determinado estudiante se pudiera sentar al lado de un profesor. (1975, 58)

La comida era servida por estudiantes de ambos sexos que trabajaban para ayudarse a sufragar los gastos del verano.

El conocimiento de primera mano de una cultura en la que la independencia económica se valora desde temprana edad, choca con las ideas de Espina, que considera el desdén por el dinero como seña de “refinamiento espiritual”. La sección de su libro donde describe el trabajo de los estudiantes está titulada “¿Servilismo?”: 

Es una costumbre aquí la de prestar estos servicios los estudiantes que así lo desean, para obtener gratuita la pensión correspondiente a los alimentos [. . .]. Pero el aire alegre que dan a su ínfimo trabajo no les impone dignidad, al menos ante nosotros, que nunca hubiéramos servido a la mesa de nadie, sin precisarlo, y que sólo concebimos el goce de servir por amor [. . .]. Y todos estos camareros intelectuales del comedor disfrutan sueldos y rentas capaces para darnos limosnas [. . .].  Se trata de una concepción de las virtudes ínclitamente señoriles, tan distinta a la nuestra, que nunca aquel país nos habrá parecido “otro mundo” como en ocasiones semejantes [. . .] (1932, 252-3)

A pesar de esto, Espina presenta una visión positiva de Vermont y el College en las descripciones que hace de ambos, aunque no faltan exageraciones, típicas de su ampuloso estilo.  Las tres residencias de las lenguas que se enseñaban ese verano eran “grandes palacios” (240); el lago Champlain, que en su parte más ancha tiene apenas doce millas (19 kilómetros), es para ella de “amplitud oceánica” (245); la biblioteca Starr tiene “galerías suntuosas” (259) desde cuyas ventanas se ven montañas con “nieves perpetuas” (259). Inesperadamente, y casi al final del libro, da una revalorización de la mujer estadounidense que es más congruente con su afamado feminismo:

Hay un designio de aliento y de pasión que nos une con ellas entrañablemente [. . .]. Y que nos lleva, como reacción colectiva, a encontrar muy bien lo que en las norteamericanas nos ha parecido mal. ¿Son mujeres? Pues tienen razón. ¿En qué? En todo; nada importan los análisis a estas alturas de vehemencia. Sí, señores. Tienen razón en ‘esto’, en ‘aquello’ y en lo de ‘más allá’. (298-99)

Pero en una de sus últimas novelas, con el tendencioso título de Victoria en América, publicada en 1944, quince años después del verano en Middelbury y doce de la publicación de Singladuras, la opinión de la autora sobre la “mujer americana” vuelve a dar otro giro, quizá porque ahora son éstas ciudadanas del adversario en la guerra entre el fascismo y los que a él se oponen. Ahora a las estadounidenses las considera “diosas de placer y de lujo, tiranas del hombre por el hábil soborno de la Libido” (1955, I, 1124), con un corazón donde se nota “ausencia de inquietudes, vacío el espacio que allí debe ocupar Dios con su grávido peso; excluidas las creencias perdurables que punzan con el aguijón de lo sagrativo y oscuro. Toda una juventud calculadora y fría saciándose de las cosas de la tierra” (1125). Y a pesar de que el paisaje de Vermont es “paradisíaco”, no es suficiente para compensar las faltas de los que en él habitan, sobre todo en los veranos: “Esto es formidable sin la gente anodina que lo puebla en los veranos” (1130). Aunque estas palabras son dichas por un personaje de la novela, las tres “compañeras”, entre las que se encontraba la protagonista, “coinciden […] en la misma opinión”.

Por contraste, tenemos el testimonio de otro español, el periodista, director de cine y guionista Miguel de Zárraga, que se encontraba aquí al mismo tiempo que Espina, y a quien vemos cerca de ella en la foto del grupo de 1929, sentado a extrema derecha en la primera fila.

Ese verano de 1929, Zárraga recibió un grado honorífico de las Escuelas de lengua, un Master of Arts, la primera persona así honrada en la historia de las Escuelas. La próxima vez que se otorgaría un honoris causa sería a nivel doctoral y no hasta 1937, cuando se le daría a Pedro Salinas. Zárraga había estado viniendo al campus desde el verano de 1925, y como profesor los veranos de 1927 y 1928. Como resultado había publicado una serie de artículos muy elogiosos en el periódico ABC de Madrid. Había ido más allá: “Sinceramente emocionado ante la múltiple y sólida labor que por España, y no precisamente por españoles, aquí se realiza, me permití llamar la atención de nuestro Gobierno […]”. A sus instancias, el gobierno español le concedió la Orden de Isabel la Católica al presidente del College, P. Dwight Moody, y a Julián Moreno-Lacalle. En el artículo del ABC del domingo 26 de agosto de 1926, en el que informa de la ceremonia de imposición de las insignias a los nuevos Caballeros, escribe Zárraga: “aunque sólo se ostentarán [las insignias] sobre los corazones de dos personalidades eminentes, condecoran a la vez, por extensión de legítimo orgullo, a todo el cultísimo profesorado de esta Escuela Española y a todos sus alumnos, profesores también la mayoría de ellos” (Zárraga). Muy lejos está Zárraga de considerar “anodinos” a todos los que conoció durante sus veranos en Middlebury. Cabe preguntarse si en el juicio de la novelista sobre los que vivían en la Escuela entraba un joven andaluz, Juan Centeno que, como ella, se estrenaba ese verano como profesor de la Escuela, pero que en palabras de Freeman, era el “más importante de todos los recién llegados” de ese verano, “que estaba destinado a enriquecer la Escuela Española de Middlebury con veinte años de servicio en invierno y en verano” (1975, 61).

Moreno-Lacalle habría usado buena parte de su presupuesto de instrucción para ese verano de 1929 en la invitación a Espina y a su hija, Josefina de la Maza. Le haría falta otro profesor de lengua y seguramente el director preferiría a alguien que no tuviera que venir de España. García Solalinde volvería a ayudarle proporcionándole el nombre de alguien que conocía de la Residencia de Estudiantes y que había vuelto a encontrar en Madison, Juan Centeno (Freeman 1975, 92). Freeman ya había oído hablar de Centeno a un profesor de la Escuela francesa que era colega del español en la Universidad de Oregon, donde ambos enseñaban en 1928-29. Centeno, una vez terminados sus estudios de Medicina en Madrid, había venido a los Estados Unidos, como becario de la Junta para la Ampliación de Estudios, a ampliar sus estudios en bacteriología en la Universidad de Wisconsin en Madison, cuya escuela de medicina tenía la reputación de haber sido la primera en el país en enseñar la materia (Garrido Domínguez 91-92). Freeman describe lo que ocurrió entonces:

Desencantado con las oportunidades que encontró [en la Universidad de Wisconsin] para continuar su investigación en el campo de la medicina, y ya sin familia en España, su interés fue derivando gradualmente, y gracias a la influencia del Dr. [García] Solalinde, hacia la enseñanza de la lengua y la cultura de España, en las que había recibido una sólida preparación en Madrid. (1975, 92)

En Madison, Centeno descubrió no solamente su verdadera vocación, sino también a su futura esposa, Catherine Tripp, con quien se casaría en Toledo, Ohio, en junio de 1929, probablemente camino de Middlebury (comunicación personal de Tana Centeno). Después de ese primer verano de 1929 Centeno obtuvo un trabajo en la Universidad de Syracuse, en el estado de Nueva York.
Al final del verano de 1929 Moreno-Lacalle renunció a sus cargos en Middlebury para ir a enseñar en Rutgers University. Esto tuvo como resultado que se dieran varios cambios en la administración de la Escuela Española. Un miembro de la facultad de verano desde 1923, el profesor Carlos Concha, que durante el año enseñaba en Yale, fue invitado por el presidente Moody a dirigir la Escuela como decano y a ser profesor en el departamento de español del College durante el año. Concha había sido profesor en Perú y secretario del presidente del país pero se había exiliado por razones políticas. En su primer verano como decano, 1930, no hizo cambios en la facultad — volvió Centeno, entre otros ya conocidos, y dos visiting professors, una de Hispano-América, la poetisa chilena Gabriela Mistral, cuyo nombre y foto aparecen en el Bulletin (7) pero quien por último no pudo venir, y el visiting professor de España fue el gran gramático Samuel Gili Gaya, quien había estudiado con Menéndez Pidal y colaborado con él en el Centro de Estudios Históricos.
Inesperadamente, la situación política en Perú cambió y Concha renunció en octubre para regresar a su país y servir como su embajador en Bolivia, primero, y luego como ministro de Relaciones Exteriores. El presidente Moody invitó a Gili Gaya a hacerse cargo de la Escuela, y éste aceptó, pero como vivía en España y la distancia dificultaba las comunicaciones necesarias para la preparación de la sesión de verano, Moody decidió nombrar un asistente de decano residente, esto es, alguien que fuera profesor durante el año en el “college de invierno” y que llevara a cabo los menesteres administrativos imprescindibles. Moody escogió para ese cargo a alguien que ya era un profesor del invierno, “un joven puertorriqueño, Clemente Pereda, graduado del Peabody College for Teachers, y con un master de Columbia” (Freeman 1975, 92). Gili Gaya, otro producto del institucionismo, asumía la dirección, pero en condiciones tales que, dadas las distancias y la dificultad en las comunicaciones, su influencia en la contratación de profesores y el desarrollo del plan de estudios no podía ser mucha. Un buen ejemplo de eso en la distribución del trabajo lo tenemos en esta carta del 6 de marzo de 1931 de Pereda al presidente Moody. En ella vemos que Pereda tomó la iniciativa de buscar a un profesor cuando hubo una vacante inesperada; notable es también la mención del salario de Gabriela Mistral y cómo tanto su remuneración como la cantidad de trabajo que se pedía de ella se comparan con las de otros profesores; al final, vemos constancia de la generosidad de Pereda al renunciar a parte de su salario para poder aumentar el de Mistral.

 

This page has paths:

This page references: