Roberto Véguez

Conociendo a Roberto Véguez

Daniel Sefami


Roberto Veguez. Photograph by Caleb Kenna

¿De dónde eres y dónde creciste?

Yo crecí en Cuba, pero en la parte de Cuba que nadie conoce, que es la parte oriental, porque todo el mundo cuando piensa en Cuba piensa en la Habana. Salí en el 61 y tenía 18 años y si sacas cuenta, ya verás cuántos tengo. Ya había terminado la secundaria y había empezado la universidad pero las cosas se pusieron muy difíciles después de lo que en Cuba se llama Playa Girón, lo que aquí se conoce como la Invasión de Bahía de Cochinos. Estar en la universidad se hizo un poco difícil porque ya exigían que hicieras servicio militar y entonces dije: “hasta ahí llega mi dedicación a la universidad y a la Revolución” y me fui.

¿Y qué estabas estudiando?

En realidad lo que me gustaba era la arquitectura pero en la universidad provincial donde yo estaba no había nada como arquitectura. Había las ingenierías y derecho, que es lo que hay en todas partes. Entonces comencé con química, porque me gustaba mucho la química, me sigue gustando. Cuando salí vine a los Estados Unidos e inmediatamente pasé a vivir a Nueva York en el 62. Y ahí empecé a trabajar tiempo completo durante el día y también iba a la escuela por la noche tiempo completo. En los años 70, comencé a estudiar Letras en la Universidad de Columbia, en la escuela de General Studies que era la escuela para gente ya mayor de veintiún años, o sea que no eran los chicos típicos de college de entre dieciocho y veintiuno. Y entonces esa escuela funcionaba de noche. La ventaja de haber ido a esa rama de la universidad es que el estudiantado era adulto, y de mucha madurez que o eran hablantes nativos o habían  estudiado, viajado o vivido en España.  Resultado: que no  había problemas con el idioma. Los cursos avanzados nuestros de nivel subgraduado eran de nivel graduado. Eran unos cursos excelentes y además eran enseñados por profesores que estaban de una u otra manera conectados con Middlebury. Lo que yo en mi libro llamo la etapa colombina o neoyorquina de la Escuela Española, que empezó en 1950 hasta el 70, fue porque Ángel del Río y Paco García Lorca, antiguos directores de la escuela, eran profesores en Columbia y llegaron a ser jefes de departamento allí. Y el otro fue Emilio González López, que fue director del programa graduado de CUNY – City University of New York.

¿Cuándo empezaste a trabajar en Middlebury? 

Después de acabar la escuela subgraduada me fui a la escuela graduada en Wisconsin. Ahí estuve hasta el 72. Cuando terminé los cursos, hice lo que hace todo estudiante graduado y comencé a enviar cartas a escuelas que estaban buscando profesores y mandé una a Middlebury y Middlebury me dijo: “Sí, vamos, te entrevistamos” y de ahí vine para acá en el 72 y desde entonces estoy aquí.

Y has sido profesor y director…

Administrador, director de todas la escuelas, de esta escuela en dos ocasiones, director de la escuela en Madrid,  jefe de departamento…

¿Cuándo fue que empezaste a llamarte a ti mismo o que alguien te puso el mote de “Dr. No”?

Cuando Jacobo me hizo director de asuntos no académicos, que quiere decir que yo doy los permisos. De entrada todo el mundo sabe que la respuesta va a ser “NO”. “Ahora negociemos, vamos a ver”. Pero fue entonces cuando empezamos con eso.

¿Nos puedes contar sobre tu libro? 

Es un libro que comencé a trabajar hace como veinte años cuando los familiares de los famosos exiliados de la Guerra Civil española, como los García Lorca, los Salinas, los Guillén, que habían pasado aquí muchos veranos comenzaron a escriir libros sobre sus recuerdos de esa época. En ellos lamentaban que no hubiera una historia dedicada a esos años, que para ellos habían sido tan importantes. Lo que empecé a hacer fue entrevistarlos. Eso se fue transformando poco a poco en una historia de una época que yo llamo la Época de Oro de la Escuela y que defino del 37 al 63, que fue el último año de Paco García Lorca como director. Un hilo en común que encontré entre todos los grandes que enseñaron aquí es que casi todo  el mundo llegó a conocer a Federico. Entonces Federico era como el aglutinante de todo ese grupo de gente. Después de González López ya el  próximo director fue un colombiano, Camacho, el padre de Juan, y luego un chileno, después un americano, las dos siguientes fueron directoras estadounidenses y ahora un mexicano.

¿Algún consejo para los estudiantes? 

El eje de la Escuela o la “unique idea”, que llama Freeman, es la total inmersión en la Palabra de Honor. Antes era muy fácil poner eso en práctica; la Escuela se fundó porque la señora que tuvo la idea de que eso funcionaría en una escuela de verano por un tiempo limitado, que era alemana, Lilian Stroebe, tenía una amiga que pasó en tren por aquí y vio que estaban construyendo Hepburn. Se lo informó a Stroebe y ésta le escribió al Presidente del college y ahí comenzó la Escuela Alemana. Lo ideal era que este lugar era totalmente inaccesible, prácticamente tenías que venir aquí o en tren o en coche. No había tantas distracciones como ahora ni manera de comunicarse, lo que hacía más fácil mantener la Palabra de Honor. Ahora es todo lo opuesto. Todas las comunicaciones son muy fáciles, lo cual quiere decir que el compromiso tiene que venir de parte del estudiante mismo, y no del medio. El medio es mucho más reacio a la manutención de la Palabra, entonces el estudiante tiene que proporcionar esa disciplina, porque si no mejor se quedan en casa y usan Babble o Duolingo. Ese es mi consejo.

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