José Gómez-Asencio

Conociendo a José Gómez-Asencio

Daniel Sefami



¿Dónde naciste y creciste? ¿Cómo fueron tus estudios?

Yo soy de Estepa, un pueblo del sur de España, de Andalucía, de la provincia de Sevilla. Es un pueblo muy famoso en España porque allí se fabrican unos dulces que comen todos los españoles en Navidad. Es como si criáramos los pavos de Thanksgiving, algo parecido. Es como si todo el mundo tuviera que pasar metafóricamente por mi pueblo si quiere tener una Navidad como Dios manda. Los dulces en cuestión se llaman polvorones o mantecaos, depende, y yo soy de ese pueblo. Nací en ese pueblo porque mis padres se habían trasladado desde otra ciudad de Sevilla y se instalaron allí; allí nacimos dos de los cuatro hermanos de los que se compone la familia; yo soy el más pequeño.

Estudié en ese pueblo hasta los catorce años; si se quería seguir estudiando, había que salir del pueblo; mis padres decidieron que el mejor sitio era Sevilla. Entonces salté a Sevilla para hacer la enseñanza secundaria y en esa impresionante ciudad me quedé cinco años. Luego, tuve que saltar a Salamanca porque quise estudiar una cosa que no se podía estudiar en Sevilla, que era Filología Románica. En Sevilla había Clásicas y una cosa que entonces llamaban Filología Moderna, que era un combinado de español con dos lenguas modernas, pero a mí eso no me acababa de atraer. Me interesaba más lo hispánico, y lo hispánico en aquel momento estaba concentrado en una especialidad, que todavía se estudia en universidades centroeuropeas, que es romanística. Digamos que soy de una generación cuyo plan de estudios estaba diseñado por romanistas. Y, bueno, nos formaron mal que bien, en varias lenguas románicas, pero todas en perspectiva histórica. Lo que importaba era la lingüística, la Romania como conjunto lingüístico y cultural, y la diversidad lingüística de la Romania desde un punto de vista histórico; cuáles son los resultados locales de la evolución del latín, digamos, “mal hablado” en las diversas zonas y cómo las lenguas van divergiendo, o convergiendo, qué soluciones adopta cada lengua a partir de una base latina común.

¿Te quedaste en Salamanca?

Sí, salto de Sevilla a Salamanca y en Salamanca acabo la carrera, me licencio, que es como se llamaba entonces. Me licencié en Filología románica. La primera oportunidad laboral vino de la mano de la enseñanza de español como lengua extranjera en verano; algo parecido a lo que hacemos aquí durante los dos meses de julio y agosto. Y esa fue la primera opción laboral que yo tuve. Había sido un estudiante razonablemente bueno y a los que cumplían con ciertas características se nos ofrecía la posibilidad de trabajar en ese ámbito; a mí aquello me vino muy bien porque me apetecía (no sé bien en qué orden) ganar dinero para vivir mi vida sin tener que pedirlo y curtirme. O sea, lanzarme a ese ruedo y torear con eso. Pues nada, me encargaron un curso muy complicado, un curso que ninguno de los veteranos quería. Aprendí muchísimo ese verano, trabajé muchísimo y, como por lo visto salió medio bien, pues, ya me tocó unos cuantos años. Cuando ese verano acabó, me quedé sin nada de nada. Ese sin nada de nada luego… –no sé si esta historia pueda interesar a alguien.–

Sí, sí, por favor

Después de quedarme sin nada de nada, mi jefe, o el que luego sería mi jefe, un profesor llamado Antonio Llorente, al que le tengo mucho cariño e hizo mucho por mí, desde un punto de vista humano e intelectual, aprendí mucho con él en verdad; mi jefe, Antonio Llorente, me dijo que, si quería, podíamos pensar en la posibilidad de que yo hiciera encuestas dialectales, que él tenía un proyecto con don Manuel Alvar y que, en fin, podía ir con él primero a aprender a hacerlas y ayudarlo a transcribir y en tareas auxiliares, ver cómo las hacía: aprendí dialectología y a hacer encuestas dialectológicas con uno de los mejores dialectólogos que hemos tenido en España. Aprendí mucho de cómo enfocar las preguntas… y luego a interesarme por el léxico dialectal, a transcribir los sonidos del español, no de memoria (según Navarro Tomás), sino según lo que el informante había efectivamente dicho; había que estar allí pendiente, con los cinco sentidos: ¿cómo ha sido la “s”?, ¿qué ha dicho?, ¿ha aspirado o no ha aspirado? Más o menos cuando aprendí a hacerlo solo, tras esa fase de aprendizaje en la que hicimos como veinte o veinticinco encuestas por Salamanca, me propuso: “Si usted quiere, se puede marchar ya solo, hace las encuestas completas, y así también gana algo de dinero, que falta le hace”. Y cogí un autobús y una maleta y un magnetófono y una cámara de fotos que eran del proyecto y me fui a Extremadura a hacer encuestas. Hacer encuestas es un trabajo muy duro. Cada encuesta lleva al menos ocho horas; tenías al pobre informante ahí ocho horas contestando preguntas sobre cómo se llamaban las cosas en el pueblo y cómo conjugaban allí los verbos, y acababan muertos, y tú también. Era imposible hacer más de diez o doce de una tacada. Iba un par de semanas, luego descansaba otras dos semanas, planeábamos otra serie y volvía a marcharme. Me pasé en eso casi un año.

Mientras hacía eso salió la posibilidad de pedir una beca de investigación al Ministerio y ahí fue cuando ya entré en lo que es la actividad en la que más o menos me he movido después. Ahí me metí a hacer una tesis con Llorente. Primero empezamos a trabajar con un gramático del latín muy famoso, Francisco Sánchez de las Brozas, y estuve con eso casi un año; como todavía ni siquiera había sido traducido al español, me puse con la traducción. Me puse con la Minerva (así se llama esta gramática latina), un texto que estaba muy de moda entonces porque Chomsky (1967) mostraba coincidencias con algunos aspectos teóricos defendidos en este texto. No se podría afirmar, sin embargo, que Chomsky conociera o hubiese leído el texto del Brocense. A mí me interesaba la historiografía lingüística, más o menos lo que se sabía del latín en aquel momento y la teoría lingüística construida para explicarlo. El Brocense era un latinista poco descriptivista de usos concretos y altamente dotado, en cambio, de una teoría fuerte que los integrara: eso es lo que me llamó la atención. Pero cuando ya llevaba un año con eso, se defendió una tesis doctoral en Colorado sobre el mismo tema y el mismo autor… nos quedamos sin tesis doctoral. “Don Antonio, mire usted lo que acabo de encontrar, ya tenemos aquí el libro…”- “¡Hombre! Siempre se puede hacer otra tesis sobre el mismo asunto”.

¿Y era suficientemente contundente para…?

Creo que en apenas dos o tres años sacar otra tesis doctoral sobre el mismo gramático era un poco fuerte. Llorente me decía “Siempre se puede hacer otra, seguro que usted tiene otros puntos de vista, pero es verdad Pepe, es verdad, ¿qué necesidad tenemos cuando hay tanto mundo por descubrir?”. Entonces, nada, el año no se perdió, aprendí mucho, y lo rentabilicé a largo plazo, no a corto plazo. Cambiamos de tema. “Bueno, entonces a ver qué hacemos, don Antonio, porque a mí me gustaría seguir trabajando en historiografía”, y me dijo: “Hay un gramático que yo no he leído, que se llama Vicente Salvá, y últimamente he visto que hay dos o tres personas que lo citan. Léalo usted a ver si tiene enjundia”. Y efectivamente tenía mucha enjundia. Entonces me metí con él y cuando lo tenía más o menos controlado me interesó comprobar si las ideas eran suyas o venían de otro lado, de otros gramáticos anteriores. Entonces eché a andar para atrás a ver de dónde podían proceder sus puntos de vista, en qué tradición se había movido, y acabó saliendo una tesis que ya no era específicamente sobre Salvá, sino sobre la historia de las categorías verbales en la tradición española durante los setenta años que van de 1771 a 1847. Fue duro, pero creo el resultado fue razonablemente bueno.

Por último, Pepe, ¿cómo fue tu conexión directa con Middlebury?

¿Mi conexión con Middlebury? Te cuento. Yo estoy convencido de que casi todo tiene que ver con hacer un trabajo razonablemente bien y tener amigos que son capaces de apreciar eso. Creo que hacen falta las dos condiciones. Dartmouth College tenía un programa de otoño en Salamanca; estaban allí desde septiembre hasta diciembre, más o menos. En el 76 me parece, o el 77, el director del programa de Dartmouth en Salamanca necesitó a alguien que diera clases de gramática y conversación de español como lengua extranjera, y nos pusimos a ello. Un par de años después apareció por allí en calidad de director un profesor que se llamaba Randolph Pope: nos conocimos y nos hicimos buenos amigos. La casualidad de la vida es que Randolph en el 83 fue nombrado director de la Escuela española de Middlebury. Al llegar aquí a Middlebury necesitó profesores de gramática y volvió a llamarme: “Pepe, ¿estarías dispuesto a venirte aquí?” De hecho vinimos. Creo que aterricé aquí en el 83 porque previamente Pope había ido a Salamanca y en ese interim andando por Salamanca aquello rodó bien; en el año 83 tuvo necesidad de un tipo confiable que le hiciera un trabajo que él pensada que yo sabía hacer. Nos vinimos los dos, quiero decir mi esposa y yo; ella venía embarazada de nuestro hijo Rafael (quien ahora anda por Harvard, ¡qué cosas tiene la vida!). Ross no existía, Proctor sí, pero no era como ahora y había un árbol allí, en la terraza. Vivíamos todos hacia Hepburn, todos, donde ahora están los japoneses. Allí estaba la secretaría, Audrey, en fin, allí estaba todo.

Vinimos unos cuantos años seguidos; luego Randolph dejó el trabajo, pero Roberto Véguez, que estuvo un año como director interino, me volvió a invitar, y luego el nuevo director, Frank Casa, a quien yo también había conocido en Salamanca cuando él oficiaba allí de director del programa de verano de Ann Arbor. “Pepe, por Dios, no me dejes ahora. Me gustaría continuar contigo”. Y seguimos aquí hasta el 88. Quisimos que nuestros hijos tuvieran veranos que no fueran necesariamente en Middlebury, que sus vidas estuvieran más diversificadas y dejamos de venir durante cuatro años. A los cuatro años le dije a Casa que si necesitaba un tipo, yo estaba disponible y Frank me volvió a invitar; así vinimos también en el 92 y luego otra vez en el 96. Creo que en el 96 entendimos que (en el mejor de los sentidos) esto estaba saturado. Frank Casa ya iba a dejar de ser director; “ya está, yo he venido contigo, tú te marchas, yo me marcho contigo; ya está, todo bien”.

Salimos de aquí en el 96 pensando que el ciclo estaba concluido y que no volveríamos jamás. Un cierre definitivo. Pero nunca digas nunca jamás: en el año 2010, Jacobo (yo nunca he sabido bien la causa, pero creo que tiene que ver con el hueco estructural que dejó Pepe Moreno de Alba) me convocó. Jacobo, a quien yo había conocido aquí en el 87, debió de pensar: “Bueno pues, este tío igual se viene”. En aquel preciso momento nos pareció una oportunidad muy buena salir de Salamanca y venir aquí, que nuestros hijos volvieran de otra manera, ya de grandes, con otros ojos. Y aquí estamos. Ya no hemos vuelto a parar, este ya es nuestro séptimo año de lo que podríamos llamar nuestra segunda época. Y eso: aquí estamos.

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