Francisco Layna

 

Conociendo a Paco Layna

Daniel Sefami


Paco, ¿dónde naciste y en qué época?

Nací en los 50, un 18 de agosto de 1958, en la Ciudad de Madrid, en España. Así que soy de la década del Rock and Roll y, ¡madre mía! este año cumpliré 58 años, cosa que no me gusta nada, Daniel, nada. Eso de estar cerca de los sesenta no me gusta.

¿Cómo fue tu juventud en Madrid?

Mi juventud fue muy divertida, yo tuve la infinita suerte de conocer poco la época de Franco. Cuando Franco murió, yo estaba en el primer año de universidad y entonces tendría veinte o veintiún años y fue una explosión de alegría por muchas y múltiples razones. Y esa alegría se transformó en que muchas de las personas de mi generación nos echamos a la calle y, con una necesidad enorme de hacer cosas, nos reuníamos en los mismos bares, hacíamos las mismas cosas, nos unía la afición por la música, por la literatura, por la fotografía, por los comics y fue una juventud muy, muy divertida. En esa época, Madrid era una ciudad fantástica, del 77 al 82, 83 creo que era la ciudad más divertida del mundo. Incluso recuerdo una portada de la revista Rolling Stones que decía “¿Qué sucede en Madrid?” Yo tuve esa suerte, fue cuando entré en la universidad y aquellos años eran años de fervor, de vehemencia; dormíamos poco, comíamos poco, estudiábamos mucho. Yo creo que han sido los mejores años de mi vida. Todo va unido a que tienes juventud, salud. Claro todo eso se juntó con aquella explosión de felicidad de la muerte del tirano, pero fueron años gozosísimos.

¿Cómo fue tu acercamiento con lo que te gusta hacer ahora? 

Fui cambiando. Es curioso, fui cambiando porque yo cuando estaba en la escuela, en el instituto, estaba clarísimamente encaminado a hacer una carrera de ciencias, y de hecho mi afición era la física, siempre soñé con ser físico nuclear (nuclear quiere decir relativo al núcleo). En el colegio estaba decidido a hacer una carrera de ciencias pero fui cambiando por influencias de profesores que me fueron arrastrando hacia sus dinámicas de estudio, hacia sus especialidades y entré a la Facultad de Filología, a la Facultad de Periodismo, y bueno, hice dos carreras al mismo tiempo, dos Doctorados al mismo tiempo y sí que fui cambiando. Jamás, en ningún momento pensé que podría dedicarme a la literatura aunque yo sí era un fervoroso lector, muy jovencito. Pero era un gran lector porque quería parecerme a mi hermano que leía muchísimo y yo quería leer lo que él leía. Entonces yo recuerdo que con quince años leí todo Proust pero sin entender casi nada. Me sentaba cuatro horas como un ejercicio para parecerme a Vicente, mi hermano, porque él leía Proust. Aunque yo leía muchísimo en esa época, yo seguía pensando en que iba a hacer una carrera de ciencias, y estaba claramente decidido a hacer física.

¿Y ese camino de lecturas que estaba dictado por tu hermano te condujo a lo clásico? 

Mi hermano y mi padre leían grandes autores, había una buena biblioteca, mi hermano escribía poesía, yo muy prontito empecé a escribir poesía. Yo creo que escribí tres libros de los dieciocho a los veintitrés o veintidós años, que aún tengo guardados en casa. Además hay una cosa que quiero contarte porque fue muy fértil y es que recuerdo que un día, para aprender a escribir, decidí reescribir un libro. Entonces tomé un libro de Wenceslao Fernández Flórez, que se llama El bosque animado, y reescribí ese libro entero con sinónimos. Claro, el libro de Fernández Flores es un libro de 200 páginas y el mío tiene 800. Todo lo que sea una exégesis, es una ampliación y eso me enriqueció muchísimo. Yo creo que ahí empecé a aprender a escribir. Y ahora cuando escribo artículos académicos yo cuido mucho el estilo y la gente dice que son artículos muy bien escritos, algo que escasea en la academia y yo creo que viene de ese ejercicio. Al llegar a la Facultad de Filología en seguida me metí en un grupo de lectores y empecé a hacer relatos con intensidad, a ver a los clásicos, y nunca salí de los clásicos, es decir, me quedé atrapado en esa literatura. Jamás olvidaré cuando leí en profundidad a Garcilaso, cuando lo leí con intensidad y me quedé atrapado. A los tres años de entrar en la universidad, yo ya sabía que me iba a dedicar a los clásicos.

¿Cómo llegaste a Middlebury? ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Por qué decidieron venir?

Llevo nueve años. Llegué con muchísima ilusión pues yo sabía que esto existía y que tenía que venir alguna vez. ¿Por qué fue que decidimos venir? No lo recuerdo muy bien. El caso es que Marta, mi esposa, y yo decidimos venir y fue un hallazgo, fue estupendo. De hecho no hemos dejado nunca de venir. Nos encanta. Todo nos encanta. Me gustan mis colegas, es un regalo, mis compañeros, mis estudiantes, el sitio, lo sencillo que es todo, lo fácil que es encontrar ayuda. Duermo muy bien aquí, respiro muy bien. Es como un regalo: dejo de cocinar, dejo de comprar, eso de tener que pensar en casa qué compro, qué hago de comida para mi hija y para mi esposa, lavar cacharros. Eso de desayunar, comer, cenar todos los días y no tener que hacer nada, solamente dedicarte a lo que te gusta, que es la enseñanza, a mí me parece un regalo maravilloso. Y decidimos venir para acá hace nueve años. El padre de Marta estuvo aquí, estuvo tres años, en los finales de los 60. Y desde que llegamos son 6 semanas estupendas y lindísimas.

¿Siempre has dado los mismos cursos?

Empecé dando Quijote y Análisis Literario. Después de dos o tres años le propuse a Jacobo dar este curso de Obras Clásicas, le pareció bien y hasta ahora. El Quijote…, yo recuerdo alguna vez que le dije a Jacobo, “si te parece bien, algún año cambiamos el Quijote” y me dijo: “Paco, estás condenado al Quijote”, esa fue su respuesta (risas).

¿Tienes algún consejo o una palabra para los estudiantes?

El consejo de siempre es estudiar muchísimo, leer muchísimo, pero otras muchas cosas, es decir, no solamente se aprende en los libros. Yo les diría a mis estudiantes algo que es fundamental y es que salgan de sus casas. Una de las cosas más formidables en este mundo es dejar el sitio en que has nacido y moverte, porque viajar hace que el cerebro se ensanche, y viajando y moviéndote te das cuanta de que lo que es tuyo no es lo mejor, es lo mejor conocido, es lo más familiar pero marchándote fuera de casa es como compruebas que tu cultura, tu comida, tu música, tu religión no tiene por qué ser la mejor, eso sólo se aprende moviéndose. En Europa hay dos tragedias que son las dos Guerras Mundiales, y ahora mismo la vieja Europa sigue cometiendo las mismas estupideces de hace ochenta, noventa años, y es el exceso de orgullo de lo que son, o de lo que somos, esa capacidad para ensimismarse, y esto fue el origen de las dos Guerras Mundiales. Si uno se mueve, si uno viaja, si uno sale, este orgullo de lo propio desaparece, esa especie de suficiencia, de vanidad es una estupidez enorme y es muy peligrosa, y en Europa seguimos cometiendo los mismos errores. Entonces, a mis estudiantes les diría que estudien muchísimo, que lean muchísimo pero que se muevan, que salgan, que viajen, que no se queden en lo propio, la cerrazón de lo propio es peligrosísima. Yo siempre les diría eso: ¡viajen, salgan!


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