Estampas Históricas

 

Estampas Históricas

Roberto Véguez

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El próximo verano celebraremos el centenario de la Escuela Española de Middlebury College, todo un siglo en el que estudiantes y profesores de todas partes se han reunido en este pueblito en las faldas de las Montañas Verdes de Vermont para enriquecerse mutuamente con el conocimiento de la lengua y la cultura del mundo hispánico. ¿Cómo nació este proyecto? ¿Quiénes lo hicieron posible? ¿Por qué se hizo tan famoso? Para contestar éstas y otras preguntas que puedas tener comenzamos en este Boletín una serie de viñetas que se continuarán durante este verano y el siguiente. En ellas presentaremos datos, anécdotas, semblanzas de algunos de los famosos visitantes y profesores que han pasado por el campus en los últimos 100 años. Si tienes curiosidad de saber más sobre algo que tenga que ver con la historia de la Escuela, envíame un correo electrónico y contestaré por este medio o en respuesta personal (veguez@middlebury.edu).

1915 Los principios: Si estuviste aquí el verano pasado recordarás que celebramos el centenario de la primera escuela, la Alemana.  La fundadora de esa Escuela, la profesora Lilian Stroebe, de Vassar College, creó la exitosa fórmula que ha sido aplicada a todas las Escuelas que siguieron, que consistió en “sumergir” a los estudiantes en un ambiente en el que no solamente se estudia la lengua, sino se vive en ella. Esto tuvo tanto éxito que en 1916 comenzó la Escuela Francesa, y al verano siguiente, la Española.

Julián Moreno Lacalle

1917 El primer director: La administración del College contrató como primer director (y como profesor durante el año académico) a Julián Moreno Lacalle, un profesor en la Academia Naval de los Estados Unidos en Annapolis, MD.  Era de Filipinas, pero como había nacido cuando todavía su país era colonia de España, su nacionalidad era española. Moreno Lacalle creó un programa académico que daba énfasis al español hablado por medio del estudio de la fonética; también diseñó un denso programa de actividades co-curriculares que incluía el teatro, la música, competiciones de poesía, conferencias de invitados expertos en diferentes campos. Uno de los primeros invitados fue el escritor español Ramiro de Maeztu.

Ramiro de Maeztu

1925 Ramiro de Maeztu: Fue uno de los escritores españoles de la llamada “generación del 98”, la que fue muy afectada por la guerra entre los Estados Unidos y España. Maeztu era ensayista y periodista y vino a Middlebury en 1925 como profesor invitado por el director Moreno Lacalle. Publicó sus impresiones en varios artículos para los periódicos El Sol, de Madrid, y La Nación, de Buenos Aires en el verano de 1925.

La palabra de honor: Lo que más impresionó a Maeztu de Middlebury fue, ¡claro!, la palabra de honor. Comienza uno de sus artículos así: “En este rinconcito de la América del Norte hay un español que ha prohibido a ciudadanos y ciudadanas de los Estados Unidos el uso de su idioma nativo. En esta escuela veraniega de español no se habla otro idioma que el de Cervantes desde la mañana hasta la noche. Y no se trata de una prohibición arbitraria. El reglamente de la escuela pide a los estudiantes que no hablen, ni entre sí, más que español. Hasta para enterarse de las noticias del día han de leer diarios, como La Prensa, de Nueva York, redactados en castellano.”

Profesores de la Escuela Española, 1925
Maeztu, sentado en la primera fila, el tercero de izquierda a derecha.

Las metas de la Escuela: Maeztu destaca las metas de la Escuela desde sus principios, y que siguen vigentes: “La Escuela Española de Middlebury se fundó en 1917: Primero, para mejorar la preparación de los maestros de español; segundo, para propagar el estudio del español en los Estados Unidos, y tercero para mejorar los métodos de enseñanza.”

Orden de Isabel la Católica

Hay competencia: Ese mismo verano de 1925, el periodista Miguel de Zárraga, de otro periódico madrileño, el ABC, estaba en Middlebury estudiando y también escribió artículos. Pero fue más allá, porque estaba tan impresionado por Middlebury y por lo que aquí se hacía que le pidió al rey de España, Alfonso XIII, que le diera al presidente del College, Paul Dwight Moody, y al director de la Escuela Española, Julián Moreno Lacalle, una condecoración al mérito civil. Se trata de la Orden de Isabel la Católica, creada para premiar a aquellos que contribuyen a favorecer las relaciones de amistad de España con el resto del mundo. En 1926 volvió Zárraga para entregar la orden, que aquí vemos ilustrada, y escribió en un artículo que aunque “sólo se ostentarán sobre los corazones de dos personalidades eminentes, condecoran a la vez, por extensión […] a todo el cultísimo profesorado de esta Escuela Española, y a todos sus alumnos […] que difunden el idioma y la literatura de España por los más apartados rincones de esta inmensa República”. De esa manera, todos los que estamos en la Escuela podemos decir que somos Damas o Caballeros de la Orden de Isabel la Católica.

Fragmento de la columna de Miguel de Zárraga “A B C en Middlebury. Honrando a los Americanos”. Agosto de 1926, p. 31. © DIARIO ABC S.L.


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Belaúnde como diplomático
en la ONU.

1919 El primer director de la Escuela, Julián Moreno-Lacalle, inició la costumbre de invitar a alguien de renombre a dar conferencias o a enseñar cursos. Uno de los primeros, en 1919, fue un diplomático peruano, Víctor Andrés Belaúnde, que llegaría a ser presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, y cuyo sobrino, Fernando Belaúnde Terry, fue presidente de Perú en dos ocasiones.

1924 La costumbre de designar a esos invitados como “Visiting Professors” se inició en 1924 con el profesor Antonio García Solalinde, español y especialista en la Edad Media, que inmediatamente después de enseñar en la Escuela iría a la Universidad de Wisconsin, Madison, donde fundó el Instituto de Estudios Medievales y alentaría la carrera de un futuro director, Juan Centeno.

1929 Para la sesión de 1929, Moreno invitó a una mujer, una novelista española muy famosa en su país y en Hispanoamérica, y quien, como Maeztu, escribía artículos para periódicos en ambos lados del Atlántico. Su nombre era Concha Espina, y, también como Maeztu, que era vasco, nuestra escritora era del norte de España, de Santander, donde nació en 1869.

Comenzó a publicar muy pronto. Aunque casada y con cinco hijos, su actividad como escritora fue enorme. Desde 1930 a 1943 escribió un libro por año, la mayoría novelas. Era tan famosa antes de venir a Middlebury que la ciudad de Santander ya le había erigido un monumento en 1927, dedicado por el rey Alfonso XIII.

Monumento

El propio rey, cuando supo que Espina vendría a Middlebury ese verano, le encargó que pasara por algunos países del Caribe, Puerto Rico y Cuba, llevando un mensaje personal de él a los pueblos de esas antiguas colonias.

Espina era feminista en ciertos aspectos, pero su conocimiento de la mujer en los Estados Unidos le vino de su estancia en Middlebury, y su reacción fue ambivalente. Unos ejemplos: en esos años, las comidas en los comedores eran servidas por estudiantes de las respectivas escuelas, la mayoría mujeres, que así se ayudaban a pagar los gastos de su educación. A Espina, que era de la clase alta, eso le chocó. En un diario de viaje que publicó tres años después, escribe: “El aire alegre que [esos camareros] dan a su ínfimo trabajo no les impone dignidad, al menos ante nosotros, que nunca hubiéramos servido a la mesa de nadie, sin precisarlo, y que sólo concebimos el goce de servir por amor […]. Se trata de una concepción de las virtudes ínclitamente señoriles, tan distinta a la nuestra, que nunca aquel país nos habrá parecido ‘otro mundo’ como en ocasiones semejantes.” Sin embargo, al final de ese diario, su solidaridad con la mujer se impone, y concluye: “Hay un designio de aliento y de pasión que nos une con ellas [las estadounidenses] entrañablemente […]. Y que nos lleva, como reacción colectiva, a encontrar muy bien lo que en las norteamericanas nos ha parecido mal. ¿Son mujeres? Pues tienen razón. ¿En qué? En todo; nada importan los análisis a estas alturas de vehemencia. Sí, señores. Tienen razón en ‘esto’, en ‘aquello’ y en lo de ‘más allá’.”

Concha Espina

Durante la Guerra Civil española, el general Franco había recibido ayuda de Italia y Alemania, y como era de esperar favoreció a esos países durante la Segunda Guerra mundial, aunque oficialmente era neutral. Concha Espina, que apoyaba a Franco, publicó una novela en 1944 con el sugerente título de Victoria en América. La protagonista, Victoria, viene a Middlebury, y es tanta su belleza, integridad, pureza, etc., que dos profesores del College se enamoran de ella y la prefieren a las mujeres del país. Para Victoria, las mujeres estadounidense eran “diosas de placer y de lujo, tiranas del hombre por el hábil soborno de la Libido,” con un corazón donde se nota “ausencia de inquietudes, vacío el espacio que allí debe ocupar Dios con su grávido peso; excluidas las creencias perdurables que punzan con el aguijón de lo sagrativo y oscuro. Toda una juventud calculadora y fría saciándose de las cosas de la tierra.” Y en cuanto al resto del personal, aunque encuentra que el paisaje de Vermont es “paradisíaco,” eso no compensa las faltas de los que en él habitan, sobre todo los veranos: “Esto es formidable sin la gente anodina que lo puebla en los veranos.” ¡Uff! ¡Qué gran contraste con el escritor que conocimos en el número 1 de este Boletín, Miguel de Zumárraga, para quien todos los que estamos en la Escuela somos merecedores de la Orden de Isabel la Católica! ¿Qué opinión tendría Concha Espina de que en la calle que lleva su nombre en Madrid esté situado el estadio del Real Madrid, el Santiago Bernabéu?


3

Gili Gaya

En los países hispanoamericanos, los gobiernos premian a sus escritores y artistas con puestos en instituciones oficiales, como en embajadas y consulados en el extranjero. En el Boletín anterior, vimos que la Escuela Española, desde sus primeros años, ha invitado a profesores que también se han destacado en el campo de la política en sus respectivos países. Víctor Andrés Belaúnde fue el primero. Habría otros. Hoy vamos a conocer a tres de ellos, uno de España y dos del Caribe, uno de Puerto Rico y el otro de Cuba, islas que, en palabras de la poeta puertorriqueña, Lola Rodríguez de Tió, “son de un pájaro las dos alas”. Pero antes conviene aclarar algo sobre cómo se administran las Escuelas. Al principio de su historia, cuando los directores de algunas Escuelas de lengua trabajaban durante el año académico en otras universidades o incluso en otros países, uno de los profesores de Middlebury era nombrado “decano”, y esa persona se encargaba de la administración, lo que no era fácil en esa época de pre-internet. Cuando el primer director, Moreno-Lacalle acepta un puesto en Rutgers, lo sustituye un profesor del college, peruano, que renuncia al cabo de un par de veranos para regresar a su país y ser embajador en Bolivia y luego Ministro de Relaciones Exteriores. El presidente del College nombra entonces a un gran lingüista, Samuel Gili Gaya, pero como vivía en España, un profesor del año académico, Clemente Pereda, se hizo cargo de la parte administrativa. Pereda, que era puertorriqueño de nacimiento, trabajó como decano dos años y luego regresó a la isla. Allí se dedicó a luchar por la independencia de Puerto Rico por medios pacíficos y se declaró en huelga de hambre durante la Semana Santa de 1934. Instaló una cama en una plaza de San Juan y gente de todas partes de la isla comenzaron a visitarle. La huelga tuvo un gran impacto entre jóvenes independentistas pero no dio los resultados deseados y Pereda se fue a Venezuela, donde trabajaría como profesor en las universidades de ese país. Nunca regresaría a Puerto Rico.

Jorge Mañach Robato

1947 Otro caribeño, el cubano Jorge Mañach, vino su primer verano en 1947 y siguió viniendo, aunque no continuamente, hasta 1955. Mañach había estudiado en Harvard, donde fue compañero de promoción del director de todas las Escuelas, Stephen Freeman. Era ensayista, profesor de filosofía en la Universidad de La Habana, redactor, y había ayudado a elaborar la Constitución cubana de 1940, que luego firmó. En 1952 un general se hizo dictador de Cuba. Un año después, un antiguo estudiante de Mañach, Fidel Castro, lanzó con un grupo un cuartel militar de provincias que fracasó.

 

Castro arrestado. Segundo de izquierda a derecha mirando a la cámara.

Castro acabó en prisión, y allí escribió su defensa (era abogado), que Mañach revisó y para cuya edición clandestina escribió una introducción. Fue el texto fundacional de la Revolución Cubana, pero cuando Castro llegó al poder en 1959, abolió la constitución de 1940 y echó a andar un régimen comunista que forzó la jubilación de Mañach de su cátedra en la universidad y cerró los periódicos donde Mañach publicaba sus artículos. A finales de 1960, Mañach marcha otra vez al exilio (su cuarto) y muere en junio de 1961 en San Juan de Puerto Rico.

A Coruña a D. Emilio Gonzalez Lopez.

De España era Emilio González López, quien comenzó a venir en 1947. Había sido profesor de ciencias sociales en varias universidades de su país, y participado en el gobierno de la República con varios cargos, entre ellos la elaboración del estatuto de autonomía de Galicia, de donde era natural. Un profesor que lo conoció aquí en 1956, escribe de él: “Un gallego muy especial […] quien pretendía nada menos que organizar contra Franco a TODOS los gallegos de América, desde Nueva York hasta Buenos Aires, adonde viajaba a menudo, según contaba asombrado Paco García Lorca” . En el exilio neoyorquino, González López se había dedicado a la literatura, sobre todo la de su Galicia natal. Llegaría a ser director del programa graduado de la City University of New York, y director de la Escuela Española en los años 1964-1971. Vivía muy cerca del Parque Central de New York, y conocía por su canto a todas las especies de pájaro en el mismo—nuestro primer (ya hasta ahora, único) director-ornitólogo. Su ciudad natal, A Coruña, hizo un busto a su memoria.


Profesoras y directoras

Margot Arce

En la Estampa anterior, aprendimos algo sobre Clemente Pereda, que fue decano (subdirector) de la Escuela Española y que dejó su trabajo en Vermont para regresar a su Puerto Rico natal, donde declaró una huelga de hambre de una semana como protesta por el proyecto de ley ante la legislatura puertorriqueña de solicitar ser un estado más de los Estados Unidos. Pereda quería que Puerto Rico fuera independiente, y su huelga influyó mucho en el pensamiento de otros independentistas, como Pedro Albizu Campo, y una joven profesora de la Universidad de Puerto Rico, Margot Arce.

Cementerio de Santa María Magdalena de San Juan.

Arce había hecho su doctorado en Madrid, donde había estudiado con profesores como Tomás Navarro Tomás, Américo Castro y Pedro Salinas. En Middlebury, Arce enseño en 1933 y en 1938. En este último año coincidió con su antiguo profesor, Pedro Salinas. Fue ella la que organizó el viaje de Salinas a Puerto Rico, donde el poeta enseñó durante varios años en la Universidad. Le gustó tanto la isla que pidió que lo enterraran allí cuando muriera, lo que ocurrió en 1951. Y allí descansa hoy, frente al mar, como él quería, en el cementerio de Santa María Magdalena de San Juan.

 

Tapa del libro con el retrato de Garcilaso.

La tesis con la que Margot Arce recibió su doctorado en la Universidad de Madrid en 1930 era sobre el príncipe de los poetas españoles, Garcilaso de la Vega, que vivió en el siglo XVI. El libro que Arce hizo de su tesis fue, durante muchos años, un texto imprescindible en los estudios del renacimiento español, y el hecho de que lo haya escrito una mujer, y encima, no española, nos dice mucho sobre su calidad.

 

Arce vino a Middlebury porque una amiga que había conocido en Madrid, la poeta chilena Gabriela Mistral, que había sido profesora en la Escuela en 1931, no pudo venir en 1933 y la recomendó. Mistral es la poeta de los niños y de los maestros. Ella misma había sido maestra en Chile. De su largo poema “La maestra rural”, citamos dos estrofas:

La  maestra era alegre. ¡Pobre mujer herida!

Su sonrisa fue un medio de llorar con bondad.

Por sobre la sandalia rota y enrojecida,

Tal sonrisa, la insigne flor de su santidad.

Campesina, ¿recuerdas que alguna vez prendiste

Su nombre a un comentario brutal o baladí?

Cien veces la miraste, ninguna vez la viste.

¡Y en el solar de tu hijo, de ella hay más que de ti!

El siguiente poema es quizá uno de los más conocidos de Mistral, pues aparece en muchas antologías:

El mar sus millares de olas

mece divino.

Oyendo a los mares amantes

mezo a mi niño.

El viento errabundo en la noche

mece los trigos.

Oyendo a los vientos amantes

mezo a mi niño.

Dios padre sus miles de mundos

mece sin ruido.

Sintiendo su mano en la sombra

mezo a mi niño.

Gabriela Mistral recibendo el Premio Nobel de Literatura, 1945.

Gabriela Mistral recibiría el Premio Nobel de Literatura en 1945, la primera ganadora de ese premio en Hispanoamérica, y la primera de nuestros profesores.

1999 La Escuela ha tenido dos directoras. La primera fue Karen Breiner-Sanders, de Georgetown University, quien dirigió el programa de 1999 a 2001.

Susan Carvalho.

2003 La segunda directora fue la profesora Susan Carvalho, por muchos años “Assistant Provost” de la Universidad de Kentucky. Acaba de ser nombrada decana de las escuelas graduadas de la Universidad de Alabama en Birmingham y “Associate Provost” de la Universidad. Fue directora de la Escuela de 2003 a 2008.

 

 

 


 

5  ¡Teatro, puro teatro!

Juegos florales, 1919.

Hoy la Escuela presenta su obra de teatro de este verano. Se continúa así una larga tradición que empezó con la Escuela hace 100 años. El teatro siempre se ha considerado como parte necesaria del plan de estudios, ya sea como lectura en los cursos de literatura y lengua, ya sea representado en un escenario. Y por “teatro” se puede entender muchas cosas—lecturas de obras en público pero sin representación, presentaciones de bailes, y hasta juegos florales. Los juegos florales eran a imitación de competiciones medievales de poesía que se hacían en honor de una reina de las flores y su corte de honor. Eran muy populares en la Provenza francesa, y en Cataluña y Valencia. La reina tenía su “mantenedor”, un poeta que cantaba su belleza. Si el mantenedor lo hacía bien ganaba un premio, por lo general una flor. Aquí tenemos una foto de los juegos florales de 1919, con la reina Teodora en el centro y sus damas de honor a su alrededor. La reina por lo común era la esposa de un profesor de la Escuela. Al principio, las representaciones se hacían en un espacio llamado “el Zoológico”, en el edificio Hepburn Hall, en que estuvo la Escuela por muchos años. De ese local es la foto de abajo de los juegos florales de 1919.

Para los juegos florales del 31 de julio de 1924, el “mantenedor” escribió un poema de 13 estrofas, del cual citamos las tres primeras:

Majestad; Reina y señora;

la de los negros cabellos,

la de los ojos de mora, 

que hacen pálida la aurora

con sus vívidos destellos.

Ante el trono de belleza

nunca mejor ocupado,

con perdón de vuestra alteza,

viene a inclinar la cabeza,

un poeta enamorado.

Princesas encantadoras;

las de la Corte de Amor,

las que sois a todas horas

tan bellas y seductoras;

escuchad a este cantor.

Fachada del Play House

Otras representaciones se hacían en el teatro del College, que estaba en la calle Weybridge. Allí se presentaban obras que requerían más aparato escénico. El teatro se quemó en 1953 y hasta que se terminó la construcción del teatro Wright en 1958, las obras se daban en otros lugares, como McCullough, el Zoo de Hepburn, o al aire libre, bajo los árboles.

Y se presentaban muchas obras cada verano. Con el tiempo se estableció un ritmo que incluía:

1. Una lectura dramática o poética, sobre todo cuando se eliminó la costumbre de los juegos florales;

2. Una obra presentada por estudiantes, con participación de profesores,

3. Una obra mayormente con profesores, con participación de estudiantes

4. Además, de vez en cuando algunos profesores escribían sus propias obras en la que muchos participaban.

Cartel Luisa Fernanda, 1990.

¿Sabes lo que es una zarzuela? Es el nombre que se da a una obra de teatro español con música, un “musical”. Pero la zarzuela se comenzó a desarrollar mucho antes que los “musicals” de Broadway, en el siglo XVII y en el Palacio de la Zarzuela en las afueras de Madrid, de ahí le viene el nombre. El género alcanzó sus mayores éxitos a finales del siglo XIX y primera mitad del XX. En 1921 la Escuela presentó una zarzuela que había sido estrenada en Madrid en 1897. Se titulaba “La Revoltosa” y parece que en ella los participantes cantaban acompañados al piano por María Diez de Oñate, una profesora que enseñaría en las Escuela por muchos años más. No hubo más intento de presentar otras zarzuelas de esa manera, o sea, con la música cantada por los actores; debe haber sido muy difícil encontrar entre estudiantes y profesores actores que cantaran y bailaran. Muchos años después, en las décadas de finales del siglo pasado y comienzos del presente, se comenzó de nuevo a presentar zarzuelas, pero ahora había discos de alta fidelidad y larga duración, y luego cassettes, lo que permitía que cualquiera pudiera participar, porque solamente tenía que hacer doblaje, o sea, hacer como si estuviera cantando, pero en realidad era el disco lo que el público oía. En esos años de finales del siglo pasado, el profesor de arte, Alfredo Ramón, se hizo cargo de los decorados para las obras de teatro y de los carteles que las anunciaban. Si han visitado las oficinas de los bilingües, habrán notado algunos carteles enmarcados en las paredes del pasillo. Si no los han notado, pasen por allí y los podrán admirar. Aquí tienen un ejemplo aunque sin los colores:

Los profesores siempre han participado activamente en las presentaciones de teatro, ya como actores o como miembros del equipo de producción. Aquí tenemos una foto de dos directores, donde el director del momento, Ángel de Río maquilla al futuro director, Francisco García Lorca.

Ángel del Río maquillando a Francisco García Lorca, 1951.

Y en una ocasión, nuestro programa de teatro hizo historia. En 1964, durante la dictadura de Franco, el dramaturgo español Antonio Buero Vallejo escribió una obra sobre la tortura, La doble historia del Dr. Valmy, y la censura franquista no permitió su publicación, y menos su puesta en escena. El director del programa de teatro en 1971, Alfonso Gil, la presentó como estreno mundial en español en el teatro Wright. No se estrenaría en Madrid sino hasta después de la muerte de Franco, en 1976. Aquí tenemos la tapa de la edición de la obra en la Colección Austral, y la página del prólogo donde se menciona el estreno en Middlebury.


6 ¡El cine y sus estrellas!

No es que seamos Middle-Wood, la capital del cine en Vermont, pero pronto se estrenará en nuestras pantallas la película de la Escuela Española de este año, que será la segunda entrega de la gran saga comenzada el verano pasado por el talentoso realizador, Andrés Peralta. ¡No se la pierdan! Los grandes actores estarán en el estreno y firmarán autógrafos a sus “fans”.

Miguel de Zárraga

Por cierto, que desde muy temprano en la historia de la Escuela hemos tenido representantes del mundo del cine. El primero fue Miguel de Zárraga, que estudió y enseñó de 1927 a 1929. Recibió el primer grado honorífico (honoris causa) que hayan concedido las Escuelas y marchó a Hollywood, donde escribió, tradujo, y fue ayudante de dirección de numerosas películas para los estudios Fox y MGM, como Only Angels Have Wings, con Cary Grant, Jean Arthur y Rita Hayworth.

Escena de la ópera

Nuestro próximo contacto con el mundo del cine fue por medio de un profesor que se encargó del programa de teatro en los años 1958 y 1959. Era un español cuyos padres se exiliaron en Cuba después de la Guerra Civil Española. Se llamaba Néstor Almendros. Néstor estudió cine en Italia pero en 1958 vino a trabajar en Vassar College y los veranos en Middlebury. Aquí dirigió muchas obras, incluyendo una ópera de Manuel de Falla, El retablo de maese Pedro, basada en un episodio de Don Quijote. Sacó muchas y muy buenas fotos de sus obras, como ésta de una escena en la ópera.

Y esta otra de la obra de Federico García Lorca, Los amores de don Perlimplín con Belisa en su jardín.

Los amores de don Perlimplín con Belisa en su jardín

Después de salir de Vermont, Néstor fue a Cuba, pero por desavenencias con el gobierno de Fidel Castro, tuvo que exiliarse otra vez. Trabajó mucho en Europa y con su primera película en Hollywood, Days of Heaven, con Richard Gere, ganó el Óscar por su cinematografía. De esa película seleccionamos este fotograma, pero sin los colores:

Days of Heaven

También trabajó en Kramer vs. Kramer y Sophie’s Choice, ambas con Meryl Streep, y con John Lennon en un documental. En Francia era el director de fotografía favorito de los directores más famosos, y ganó el César, la versión francesa del Óscar, por El último metro, del director François Truffaut, con quien hizo muchas otras películas. Néstor hizo documentales, el más conocido de los cuales es sobre la represión de los homosexuales en la Cuba de Castro, Conducta impropia.

Y estos últimos años hemos tenido la fortuna de tener entre nosotros a Antonio Saura, productor español. Podemos leer más datos sobre su biografía en la página web de la Escuela [http://www.middlebury.edu/ls/spanish/faculty/node/469840]. Pero no hay que leerlo—podemos verlo a él y su esposa, la actriz Ruth Gabriel, durante las comidas y las actividades de la Escuela y podemos preguntarles en persona cualquier cosa sobre cine, teatro, Madrid, etc. Ambos tienen la suerte de poder trabajar con el padre de Antonio, el gran director de cine Carlos Saura, que vino a Middlebury hace unos pocos años a recibir el Doctorado Honoris Causa.

 


 

7 Las colinas (de Vermont) están vivas con el sonido de la música

¡Bienvenidos! Ahora que estamos todos aquí y que hemos participado en las ceremonias de apertura de la Sesión del Centenario, nos habremos dado cuenta de que la música es una parte importante de la vida de la Escuela Española. Como disciplina académica, como actividad co-curricular, como esparcimiento y diversión, es la música más que importante–es imprescindible.

Cancionero de Díez de Oñate

Como disciplina académica encontramos que la música ha sido parte del currículo desde al menos 1921. El Bulletin de ese verano nos anuncia un curso: “Classical and Modern Spanish Music”. No sabemos mucho del contenido del curso más de lo que podemos deducir por el título, ¿Qué se entiende por “clásica” y “moderna”? ¿Incluye música popular y folclórica? De la profesora que lo enseñó tenemos más información. El boletín dice que su nombre era María Díez de Oñate, que había ganado un primer premio en el Conservatorio de Música de Madrid, que había estudiado pedagogía a nivel graduado, y que había trabajado para varias organizaciones educativas oficiales de su país, como la Junta de Ampliación de Estudios y la Residencia de Estudiantes, las mismas de las que luego saldría una gran parte de los profesores de nuestra Escuela. En 1920, Díez de Oñate comenzó a enseñar por unos años en el “Winter College” de Middlebury, o sea, de septiembre a mayo. Publicó un libro de canciones, un Cancionero, en 1924, y regresó a Madrid, donde enseñó en las escuelas de la Institución Libre de Enseñanza. Allí fue maestra de los niños del poeta Pedro Salinas, a los que volvería a encontrar al exilarse todos en los Estados Unidos y venir a Middlebury los veranos. 

De 1938 a 1941, el profesor de música fue el pianista cubano Joaquín Nin-Culmell, quien era hermano de la escritora feminista Anaïs Nin, famosa en los sesentas por sus Diarios. A Joaquín lo podemos ver en la recién descubierta película de la Escuela durante la sesión de 1939, que es parte de la exposición de la biblioteca Davis. Nin-Culmell enseñó en Williams College, donde fue profesor de Stephen Sondheim. Luego pasó a la Universidad de California en Berkeley. Fue compositor, y la famosa pianista Alicia de Larrocha, honoris causa de Middlebury, grabó varias de sus composiciones (Este enlace en YouTube tiene algunas https://www.youtube.com/watch?v=B9-XIENgcbc)

Emilio Núñez

Desde 1966 a 1991, Emilio Núñez fue el profesor de música. Además de sus cursos, Emilio dirigía el coro de la Escuela y las “canciones en la hierba”. Esta era una costumbre muy antigua que él continuó y rejuveneció. Todos los martes y jueves, a la salida de la cena en Proctor, Emilio y los estudiantes y profesores que así lo querían, se reunían bajo un árbol entre la capilla Mead y Hepburn, antigua residencia de la Escuela. Allí Emilio enseñaba canciones folclóricas de España e Hispanoamérica que él recogió en su propio cancionero. Emilio tenía muchos amigos entre estudiantes y profesores, y cuando murió muchos contribuyeron a que se instalara un banco de mármol en el lugar donde él reunía al grupo. Allí podemos ver una tarja con unas palabras muy emotivas de Emilio.

Y ahora nuestro maestro musical es otro gran pianista y profesor, Paco Álvarez, a quien todos conocemos. Además de enseñar cursos de historia de la música, Paco dirige el coro de la Escuela, al que ha llevado a un nivel muy alto de calidad y variedad en su programación. En los últimos años Paco ha sido acompañante de solistas que vienen a cantar a la Escuela como parte de esa oferta musical tan importante, que es una de las bases del éxito de los veranos en Middlebury.

 

Placa y banca dedicadas a Emilio Núñez, ubicada entre Mead Chapel y Hepburn Hall.

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